♦

21 de diciembre de 2017

Del enamoramiento (en el país de las últimas cosas)

Encontraste otro amor literario. De esos que te quitan el aliento con el primer roce, con la primera mirada. Que te cala hasta los huesos, que te desborda y te hace sentir un poco menos “vos”. De repente sos diferente y adquirís otros rasgos. Te transfiguras en algo nuevo y vivaz; empezas a creer que todo lo que viste-viviste hasta ese momento fue puro cuento. Porque te sumergís de lleno sin percatarte de las consecuencias, de lo nefasto que puede ser tirarse a la pileta sin tomar un buen trago de aire, sin preparación. Pero a esa altura no importa, porque vas a todo terreno, como en la mayoría de las cosas. Sabes en el fondo que esa cualidad puede saltar de virtud a defecto en un solo paso (en un breve instante), pero no podes luchar contra eso. No hay manera de ignorar el revuelo y la paz, de sentir que el mundo “deja de pasar” o pesar. Es tu momento, la introspección, el paréntesis que requiere la mentalidad.
Ahí estás a salvo (hasta que no). 
Atajas con tanta seguridad  que no tenés en cuenta el nudo ni el desenlace. Te olvidaste de la otra cara de la moneda; de lo terriblemente malo que puede ser algo bueno, o de lo bueno que puede resultar lo malo, de cómo ese universo te regala aventuras, pero volátiles y de profundidad momentánea. Entonces estás ahí (como un tiro al aire) hasta que el mundo “real” hace eco, hasta que algo te interrumpe o llega el imprevisto punto final. 
Lo bueno concluye (casi siempre), la sensación de libertad también. 
El primer golpe, el famoso “eso, vos, aquello; todo lo que estaba buscando”, el sentimiento precipitado, las fichas atolondradas, las palabras que endulzan el oído y después saltan feroces (dejándote en jaque). De  nuevo esa vocecita  reclama que no te arrastres por lo ilusorio, por esa sensación de éxtasis y enamoramiento. Volves a tu viejo yo-detestable y entendes que la línea que divide el amor-libro y amor-humano no es tan abismal como pensabas (sino todo lo contrario); que monstruosamente se chocan y laceran. Son dos caminos, dos túneles, dos fábulas fabulosas y un punto final irrevocable.

19 de diciembre de 2017

El día que le escribí.


Hace unos años, precisamente en el bachiller, me hicieron escribirle una carta a "la" muerte. Con artículo femenino, presencia intangible y una vaga imagen que lejos estaba de ser abominable. No voy a mentir, la primera reacción fue un espasmo mental. ¿Cómo iba a dedicarle palabras a «eso» que me había transfigurado la vida? Mejor dicho, a «esa» pedante que me había desdibujado la existencia. Inmediatamente me di cuenta que tenía mucho que decirle (como si realmente la tuviese enfrente mío, como si realmente me hubiese invitado a tomar el té dispuesta y predispuesta a todo). 
Pasé en ese momento del desconcierto a la rabia, a una mezcla de emociones indescriptible. Muchos se imaginaron a la mismísima parca, esa que te venden en la industria hegemónica y que está instalada en el imaginario colectivo, pero yo la tracé como una muchacha risueña y escéptica. Encantadora, como una sirena de rasgos humanos, rostro difuminado y de larga cabellera. Lo único que recuerdo (y eso que tengo buena memoria) es que le atribuí paradójicamente un aspecto vital; la muerte con más energía que los propios mortales. Entre la nebulosa de su expresión resaltaban sus ojos achinados (que nunca llegaron a mirarme) y una sonrisa incandescente. 
Qué siniestro fue asignarle tantas cualidades candorosas a una bestia que arrasa sin medida
Para ser sincera, no tenía fuerza de pronunciar ni garabatear una sola oración. Sin decir ni hacer nada, había logrado atarme de pies y manos. Así que tiré la hoja, el lápiz y la conciencia porque entendí que era una consigna-reto que me había sobrepasado. 
No poseía ninguna entereza frente a ella y sin preverlo estaba fuera del ring; me había aniquilado el pensamiento de un solo golpe. Me levanté de la silla abatida. Si no fuese porque tenía fecha límite y las horas contadas, probablemente hubiese dejado esa pelea postergada por mucho tiempo. Estaba ideando mil y un excusas para tirar la toalla; de inventar que lo mío eran los números, que los logaritmos me resultaban más atractivos (menos mal que no lo hice porque creo que hubiese causado un ataque epiléptico de risa generalizado. Ni mi profundidad más negadora hubiese aceptado tal disparate). Finalmente me di espacio y reflexión. Acudí a mi atroz estructuralismo para acomodar las ideas. Si disponía paso por paso de ellas ¿qué podía salir mal? Era cuestión de rellenar un esquema. ¿Pero cómo se procede con tanta sensatez a «eso» que nos sacude las emociones irracionales? Imposible. Era una tarea de esclavo. 
Ahora no puedo ubicar en qué momento dejé de dar tantas vueltas. Si fue un acto impulsivo, perspicaz o atolondrado. Pasó mucho tiempo de aquel encuentro (o re-encuentro, teniendo en cuenta mi primera huida trascendental). A pesar del revuelo, de escribir y borrar continuamente, esa personificación me seguía esperando impoluta. No tenía apuro ni preocupaciones, la única sádica que corría contrarreloj era yo; ella sólo soltaba una que otra risa aniñada y desquiciante. 
Ese día no entendí lo duro que era asignarles a los imaginarios una cara, un nombre o entidad. Pero que ilógico (y a la vez necesario) personificar eso que “nos mueve”. Jamás hubiese pensado que las vueltas de la vida (casualidad o causalidad) me llevarían a escribir una carta en pleno siglo XXI. Un papel resentido que iba hasta cierto punto contra mi voluntad. Sin embargo estaba ahí, rozando la reconciliación con “eso” que tiene nombre  y es muy difícil de explicar. Sorprendentemente concluí mis palabras y mi dedicatoria con una fluidez demencial, de todas ellas no recuerdo casi ninguna, pero si la “sensación” de alivio que me inundó al leerla en voz alta y la particular forma de dirigirme a ella: querida amiga. Como si tuviese un lazo premeditado. 
Por algún u otro motivo rememoré ese hecho, no porque tuviese a la parca presente, sino por la idea de ponerle presencia a algo que nos hace mal. En ese tiempo no lo asimilé y me pareció absurdamente oscuro. Hoy tengo otra perspectiva. Darle perfil-entidad al “no sé” o al famoso “mambo” te arrastra a mirarlo a los ojos. No podes posponer algo que te asecha latente o expectante (porque sino te convertís en un cagón in-humano). En este postmodernismo de puro descarte, carencia de palabras-comunicación, fragmentos y oídos sordos, me quedo con las ganas de materializar y generar empatía con la “mierda”; más allá que el mensaje “insulso” no llegue a ningún lado, caiga muerto o sea raqueteado olímpicamente, amigarse con “eso que está mal” y tener la entereza de mostrarlo es otra forma de accionar frente a tanto armazón repetitivo.

Hacerse cargo es, sin lugar a duda, una proeza demasiado heróica para los tiempos que corren.

13 de diciembre de 2017

Disparatado.


Procesando un soplo único e irrepetible que, como así llega, rápido se va.

Para ser honesta estuve muchas horas intentando acomodar las palabras (y los que me conocen pueden dar fe que soy bastante quisquillosa con eso), siempre falta un golpe de horno para que esté conforme (y en realidad nunca llego a estarlo). Me dije «maaah si, no importa» y automáticamente el cerebro me titiló en estado de alerta; lo que te mueve merece ser inmortalizado (más en este mundillo donde tenemos la costumbre de descartar todo ni bien entra a nuestras vidas). Si tuviera que titularlo sería algo así como «un día disparatado» porque sentí un vaivén brutal de emociones. Estaba en pausa. Me faltaban dos materias para saber si efectivamente este año me recibía, pero todo era bastante brumoso y no quería hacerme “la cabeza” antes de tiempo (aunque algunos aseguran que ya tengo un doctorado en eso). Incertidumbre espesa, hasta que no. Tajante. Una tarde pre-viaje-estelar-escapada utópica a otra provincia me avisaron de imprevisto que ambos finales coincidan en fecha. Empecé a repetirme que no iba a llegar, qué porqué justo me iba y después la insensatez del «ya fue». Mi coequiper estaba en la misma situación que yo  (o incluso peor, porque ella viajaba una semana antes de rendir y, en el medio, un desfasaje de horarios). Consuelo a la distancia, dejar todo listo y pirarlas. Cosa que hicimos, nos proclamamos kamicazes sabiendo que era el último tirón (que, para ser sincera, se había hecho más largo de lo que pensaba). Y ahí estaba, surfeando la practicidad, las sierras, la calma, la paz y lo que caduca. Duró lo que un suspiro y, de golpe, mis alpargatas patalearon en el asfalto. En una semana me calcé la lectura, el resumen, el resumen del resumen, videos y un centenar de oraciones que parecían interminables. (Hay grandes probabilidades de que haya perdido alguna que otra pestaña, pero a esta altura ya no importa). En el medio otras emociones y declives de decir «tiro todo y que sea lo que Dios quiera» (el problema es que no creo, así que no sé qué tanta bola me iba a dar el todopoderoso). Mala mía. Quedaba yo y solamente yo. Nuevamente. No importa, se supone que había pasado por situaciones peores, no? (el consuelo barato y minimizador).
Y parece que no, pero llegó el día (11 de diciembre). Ese que tenes perfectamente cronometrado y que termina siendo un tiro al aire. Y si, así sucedió: un poco de retraso, línea b de subte interrumpida, retiro, marea de gente, combinaciones, mi toc de llegar a tiempo (e incluso más temprano), náuseas, dos café circulando por las venas y un calor-húmedo-vomitivo. Llegar a San Martin, no encontrar ni la puerta de entrada (real), perderse en el delirio exagerado del «siamo fuori della copa». Y otra cachetada mental. Basta. Después encontrar el aula, una hora de examen, un primer bochado y nuestras caras de panic attack. El famoso terror de no “aparecer en lista de examen” que se hizo efectivo y la rapidez de solucionarlo (rezandole a esa altura a todo lo que fuese posible). Espera y más espera. El umbral de LA puerta como un purgatorio final de conocimientos. Silencio. Minutos. Un aclamado ocho y al toque otra sarta de corridas automáticas (porque teníamos que llegar al centro en una hora). En ese momento me sentí en el potrero, medio automatizada, esperando el remate. Estaba a medio paso. Último tramo, hojas y más hojas, un silencio sepulcral y el sabor de la ansiedad. El veredicto de la docente, la patada directa en el arco y la salida a trompicones de la sede. La sensación del alma volviendo al cuerpo y todos los afectos compartiendo mis cachetes kilométricos de satisfacción. Me había convertido o, como diría en mis épocas más remotas, digi-evolucionado en Licenciada, pero al mismo tiempo me percaté de algo significativo: yo también era eso, puro enchastre, huevos y barro. Ya no importaba cruzar la línea de meta como una desaforada porque ya había ganado.
Ser el proceso, los vaivenes, la compañía, el aprendizaje y el andar. De la vida y el camino (que recién empieza) espero eso, mucha mugre, a montones y estar rodeada de estas personas que me miran con ojos extraordinarios.

31 de octubre de 2017

La vida es..


Tengo la costumbre de asignarle a la vida definiciones, atributos, cualidades, analogías, como una especie de cliché mundano. “La vida es eso que pasa…”; “La vida es como…” ¿Qué te parece qué es la vida? Me calzo la aptitud de red social que reproduce una frase hacia el infinito. Viralizo la concepción, pero en este caso choca con las paredes (más mentales que palpables). La lógica diría que “la vida” es sólo una expresión que engloba todo lo que uno pretende (y quiere) meterle adentro. Como una especie de caja prefabricada, un hueco abismal, donde sumergís la cabeza y se te escapan todas las neuronas. Me inundo de repeticiones “Hacer tal cosa es mi vida…”, “Doy la vida por…”; “Que vida de mierda…” ¿Qué es una mierda? ¿La vida o esa oportunidad que no se te dio? ¿La vida o ese inepto que te arruinó el día? Calculo que esa “cosa” (objeto-vida-que-se-yo) es la mismísima subjetividad que juega a ser otra palabra. De vida a cosa, de cosa a amplitud, de amplitud a recorte, de corte a subjetividad, de subjetividad a sujeto, de sujeto a la nada. Mirá que monstruoso es el juego de la relación. Fue engendrado en los primeros años escolares como el “bichicho” de campo semántico. Ese (mi) tablero de luchas constantes, personal y exclusivo. Hoy me pregunté eso ¿cómo encausar algo que aparentemente no existe? ¡El bendito juego! El bendito punto de partida y la visualización del punto final ¡QUIERO llegar ahí! ¿Para qué? No sé, pero quiero llegar fervientemente y en el medio voy perdiendo los gajos sueltos de mi-persona (llámese cabeza, extremidades, salud, lógica, corazón, aliento, sensatez y un sinfín de etcéteras). Pierdo, pierdo, pierdo y gano ansiedad, a montones (como si estuviese en un casino y de repente la máquina se hubiese chanfleado; me regala m-i-e-r-da humana). Lotería.  Ganaste. “La vida es eso…”, en todo caso, la vida es eso que pasa cuando te morís de pensamiento. La vida es esa rueda que gira mientras vos tratas de ponerle palos (que animalito porfiado). Le gritas “bancame diez minutos que acá devuelvo todo” y se te caga de la risa en la cara. “Mirá si te voy a esperar, aguantá como puedas”. Quedate en el samba o bajate solo, porque nadie te va a sacar de ahí. Gira que gira; de un segundo a otro te encontras peor que un revuelto gramajo y la peste te dice “tirate acá”. Ya está. Y te caes, pero no como producto del intento, sino de cómodo y cagón. De nuevo mirá como la ansiedad te pasa el trapo, te lustra y te saca brillo. Así de indefenso estás divino, presa fácil y comestible. Ahora te convertiste en la excusa perfecta para ser descartable. Inutilidad, te tiraron. Entraste en el infierno de cuatro paredes de nuevo y te preguntas como saliste la última vez  ¿Cuál era el camino? Pero no guardaste esa información en tu almacenamiento caché.  404 not found (GPS desactivado). Te reís, volves un poco al mundo, pensas. La lógica dice que si en algún momento repuntaste, la salida está ahí nomás, pero no la podes ver (o en realidad no queres). Capaz no hay cura porque sos la misma enfermedad (lo que pasa es que se te piantó la vacuna de la racionalidad y terminaste en el barranco). Entonces cerras los ojos y dejas que lo externo te ubique en tiempo y lugar. Y de golpe un “basta, hasta acá”. Drenas abruptamente y volves a ser vos. “No me vuelvas a hacer eso” te reclamas, como si estuvieses levantándole la mano a tu infante interno. Te volvió el color y dejas el gris petrificado, sentís que ya no te calza bien. Te das cuenta que “la vida” es una nueva analogía (EUREKA!);  la bendita puerta de “tire y empuje”, sabes cuales son  las direcciones, pero cuando estás enfrente, ¡PAFFFF! Te volves un incompetente, estás atado de pies y manos. Al principio tiras para el lado erróneo (te cargas con el peso por amor al masoquismo), después recapacitas, aprendes y lo volves a intentar (porque ya tenes un poco más de certezas). Es verdad, siempre quedas como un boludo (expuesto a la mirada del otro que venía atrás), pero es el precio que tiene el movimiento..

Chím pum.

29 de octubre de 2017

Espera


Ser, sin parcialidades.
Sólo yo, en la recta final de la (in)quietud, aguardando a que me hierva la sangre.

18 de septiembre de 2017

Carta a una hermana, carta a la vida

Vuelvo al vicio recurrente, que flaquea entre aceptación y nostalgia; vuelvo al vicio de hurgar sobre momentos eternizados como golpe en seco. Una risa, un baile, una anécdota, ese viaje fugaz, la escapada, el crecimiento. Una palabra que se concatena con otra, destinadas a ser o a encontrarse. La hermandad del simbolismo lingüístico, que establece una relación con el mundo concreto (aunque este muy lejos de alcanzarlo) y este engranaje que me atraviesa. Vuelvo porque vale la pena, porque hoy (18 de septiembre) se abre una bifurcación en nuestro camino. Y por eso quise rememorar todo eso que fuimos, lo que hicimos, lo que escuchamos y lidiamos; todas esas rutas momentáneas o permanentes; los sentimientos que dejamos a flor de piel, los corazones entregados, el llanto partido al medio, el silencio, las impotencias, los vuelcos abruptos, los sincericidios, las noches que miramos todo lo ordinario como un regalo divino, las charlas presenciales o virtuales que saltaban de Platón a una nota bizarra sobre la convención de emojis (y con ella nuestros anhelos de formar parte), los replanteamientos sobre las cosas que nos pasaban (y nos van a seguir pasando), los porqué impotentes, las preguntas sin respuestas o las teorías reformuladas para dar lugar a un sentido que capaz sólo nosotras entendemos (un mensaje críptico). Un ejercicio exhaustivo que “no lleva a ningún lado”, porque la practicidad exige otra cosa (ese famoso rendimiento al cual estamos sometidas). Muchas veces me imaginé a los otros pensando “que al pedo ser vos” y otras tantas efectivamente me acusaron de “complicada”. Comentarios que me dejaron sin cuidado o que me hicieron sentir un poco descolocada. Me replanteé y acosé a mi círculo más cercano; todo un estudio de campo para dictaminar que al final es más feliz el mediocre que se revuelca en su zona de confort (porque en definitiva no conoce otra cosa). Buscarle la quinta pata al gato está pasado de moda y sospecho que sigue siendo algo retrogrado, pero a mí no me gustan las cosas dadas, aunque las tenga que aceptar y moverme con esa estructura. Paradójica (al palo) por querer romper las cuatro paredes y al mismo tiempo darme el lujo de abrazarlas. ¿Será que está en nuestra naturaleza ser duales? La diferencia radica en nuestra aceptación de “eso” que hace ruido: NO, quiero otra cosa. Llamalo expectativas, llamalo pelotudez, PUF, que lindo tenerlas e idearlas (sino ¿cómo te moves a la utopía? Los pasos los quiero dar). De nuestra queja quiere nacer la acción, de esta incongruencia construimos un universo de posibilidades. Así que tomo todo, esa línea cronológica que sólo está pasmada en el abismo de la nube, para repuntar este día clave. La puerta está acá, la estamos golpeando. Y si no es esto, será aquello. Vinimos al mundo para ensordecer de colores, para llegar a eso que nos mueve de miedo: lo desconocido. Después de muchas noches colmadas de añoranzas y lapsos oníricos, un 18 de septiembre tenemos la oportunidad de dar el primer paso a todo eso nuevo. Hoy pataleamos la existencia y nos llevamos todo por delante.
Cruzamos los dedos y tiramos (muertas de miedo y atestadas de preguntas), pero avanzamos.

17 de agosto de 2017

(Re)conocimiento

Si me preguntan cómo me siento no tengo ganas de responder con una premisa ordinaria, ese afamado “bien”, ese monosílabo que esconde todo un manojo de vida. Una vez me dije e hice eco de mi condición más allá de una imagen, de un nombre o una creencia. Si no queres saber cómo-realmente-me-siento y por consiguiente escuchar, no me interesa retenerte en mis días. Qué extremista, sí. Qué jodida, también. Pero gastar cartuchos para que me vean como todos me quieren ver no está dentro de mis aspiraciones. Si no te gusta, seguí de largo.
Hoy pensé, para no perder la costumbre, y me di cuenta que hace muy poco conseguí una estabilidad mental añorada (y ciertamente extraña). Como una conexión parcial del ser o una especie de cuestionamiento por la ruptura y la ausencia de desolación. Si, qué perplejidad abrupta. De repente me encontré buscando estar mal, hurgando pisos para toparme con el agujero negro; creo que no por gusto, sino costumbre (¿Nostalgia? Quién te entiende). Y la verdad es que no puedo concretar esa campaña de auto-boicot por el estado de superación y paz solidificada al que llegué. Como si todo lo externo y lo dañino me dejara sin cuidado. Cada vez que tuve la oportunidad de perder, aprendí y forjé otra cosa (que sigue siendo un absurdo). 
Acá estoy, habitada por un bienestar parcial que está acompañado por la incongruencia física; por la no aceptación ni reconocimiento de las partes. El sistema humano-dual. Por un lado el fragmento tangible y visual que quiere pasar desapercibido (como salvaguardándose de sí mismo y de los demás). Y por el otro, la parte celeste e ininteligible que pretende explotar, llamar la atención, ser escuchada y debatida. Una confrontación de ideas  que en definitiva no (me) llevan a ningún lado en esta practicidad. Qué fastidio. No se condice ni se alinean. Le doy la bienvenida a esta dicotomía y conflicto central. Y revelo el percibirme como mente en auge, pero como débil existencia física. Coalición que no genera tristeza, pero que marca un interrogante voluptuoso.
Y entiendo que no hay que salir de la frontera del mundo para encontrar la presencia del ser; no se puede escapar del conflicto cuando la existencia está en el bolsillo. Uno corre, pero se lleva (a uno mismo) a todas partes.  A mi entender, y después de debatir con gente-que-si-me-escucha, llegue a la conclusión de que la "totalidad" es el conocimiento profundo de uno; los gajos, los retazos desconocidos. La manifestación, la mirada, el movimiento y consecuente reconocimiento de “eso” que cargamos. Desde el pelo hasta las puntas de los pies. Uno no puede irse para escapar de la realidad que carga en la cabeza. Creí (hace muy poco) que dejar todo era equivalente a soltar un lugar común o el confort, pero en realidad el forcejeo está en otra parte (el centro de uno, el alma). Por eso “volver” (llámese de un viaje concreto o no) es sufrir, porque la construcción de esa falsa realidad en otro espacio no se puede sostener en el tiempo. Hoy la idea principal es poder existir en cualquier lado sin el peso de lidiar con lo externo. No se puede (ni quiero) armar la valija (interna) para “desaparecer” de los ojos ajenos (que poco saben lo que quieren y que encima son inquisidores). 
Si me voy es para vivir, para implosionar y emerger en consecuencia; tantear (SENTIR) los días contados. Construir lo trascendente y pintar ese lienzo blanco-de-la-vida.

4 de agosto de 2017

Danza la consciencia


Eso que cargo, que no tiene nombre ni figura. Ese “no sé qué” abrupto que se entremezcla con un sabor amargo. Me veo, pero no sé realmente qué veo; si son mis ojos o dos abismos insondables, oscuros y faltos de vida. Tengo un recuerdo tenue de una chispa pasada, pero percibo que sólo es un anhelo irrecuperable. Escarbo con pulso inestable, en una sintonía siniestra y repetida. Me pesan los ojos, los refriego y, de tanto en tanto, no puedo sostener la mirada, porque en el fondo este desencuentro me enceguece.
Me niego y lo niego, sabiendo que me estoy quedando sin aliento. Esto tan ajeno, que ahora me tira y me sacude en la inmovilidad. Y me detengo súbitamente, porque me doy cuenta que no soy eso. Que hay un pedazo de alma que me fue arrebatado. Me toco el pecho, porque ahí apenas el latido es perceptible, pero se me confunde con la respiración que a veces tiende a dispararse en intervalos de ansiedad. Y mis pies ya no me sirven de soporte, flaquean como mi cabeza, que no deja de elevarse agazapada. Corre y me gana de prepo. No estoy o en realidad no me siento preparada para esta carrera, no todavía. A mi me duele el esguince del alma, la contractura de la desolación, el nudo de la garganta que me imposibilita gritarle al mundo eso que ni yo misma puedo ordenar. Pero dejo de buscar una premisa que describa este pensamiento recurrente y aflojo; por un momento dreno la tensión de los hombros con movimientos circulares. Ya no agacho la mirada, pero me observo con cautela como animal al acecho; como si estuviese rastreando al enemigo, el peor de todos. Y esa soga, tensa, que se extiende por cada extremidad, deshilachada y llena de nudos, me mantiene así. Expectante.
Pero me sacude la consciencia y siento que esa apnea no me lleva a ningún lado; me vende una falsa sensación de abrigo que se entremezcla y en el fondo me estruje. Me consume, azota y extirpa la energía. De repente los ojos se alarman, se despiertan y me veo los pies enterrados en el fondo, conformes, inquietos, ahora un poco más incómodos en esa mismísima nada. Quieren movimiento y revolución, quieren ser efecto de mi causa; así que me desdoblo, flexiono e impulso. Saco provecho de esa base ordinaria, que ya no me retiene (o en realidad nunca lo hizo). Suelto. Refloto. Un poco asustada y oxidada, porque no sé cuánto tiempo estuve inerte.
De a poco los movimientos se sincronizan armoniosos, reconociéndose como parte propia y no como una extensión molesta. No tengo ganas de seguir arrastrándome como obligación mundana ni como objeto de compra y venta. Me sacudo ese falso descuento que le vendo al mundo, porque no soy oferta arrebatada. Reconozco la soga, la agito, sin intenciones de seguir lacerándome las manos. Ahora las palmas no perciben una textura rugosa que resquebraja, comienzo a emanar cierta suavidad interna que me amolda a esa nueva circunstancia.
Ligera, sin prisa, volátil. La voz mental deja el ímpetu dictatorial para tornarse más pasiva. Como si esa vieja pared dispuesta a discutir, el otro yo, que sólo estaba a la defensiva, bajase mil cambios y quedara boquiabierto frente una revelación.
Hola, te veo, te siento, soy yo”.
Nos reclamamos el desconocimiento, soltamos una risa pueril y dejamos de fruncir el ceño. Acá está, tu parte rota, esa que querés soltar, pero que en el fondo te conforma; el gris de tu paleta cromática. Esa faceta que sulfura y te corta en mil pedazos, pero que te alecciona como inversión futura. Pequeñas cuotas de verdad como saltos y escalones de un juego perecedero al que llaman, curiosamente, vida. Y entiendo con consciencia tenue que barajo la certeza de no saberlo todo. Una paradoja que me dice “vos sos eso, pero también sos lo otro”; un mundo entero que merece ser descubierto, un terreno basto de cualidades.
Tierra fértil, lloviznas y flores.
Terremotos, flaquezas y calma. Mi propia geometría de tres lados. Mi propia ciencia.
¿Qué sería de la marcha, de este andar tan finito, si las cosas no costaran un par de lágrimas? Si no tuviéramos que hipotecar de vez en cuando el corazón. Tener coraza no para el martirio, sino para la reconstrucción, para soldar y permitir que florezcan cosas nuevas. Hojas caídas de este otoño humano que da lugar a pétalos exóticos de oportunidades. Ahora me veo con mayor claridad.
Acá estoy, como lienzo dinámico que pretende extirpar lo que influye y no fluye.
Acá estoy. A veces entera, a veces a pedazos, pero voy.

Sorpresa!

Hoy me sorprendieron con la sorpresa de lo inesperado. Como una cadena de bocas abiertas por cosas que deberían ser moneda corriente. Primero un «no puedo creer que te comuniques tan sentido, escuchando y respondiendo con tanta sinceridad» y después un abrupto «sos la primera que entra sonriendo». Reaccioné igual, atónita y descolocada. Casi riéndome por lo absurdo de las declaraciones ¿Cómo es que prestar el oído y decodificar un sentimiento es algo de otro mundo? ¿Por qué soy la primera del tumulto que regala una sonrisa? No hace mucho una amiga me compartió un refrán sencillito y certero; si un problema no tiene solución ¿por qué vas a comerte la cabeza? Y si lo tiene, activá y buscá alternativas. Ojo, no digo que sea fácil, pero pensarlo ya es un paso y si la estructura corporal nos pensó con pies es para invertirlos en pasos (chiquitos o grandes). Entregate aunque te rompas en mil pedazos, porque a medias no garpa. Además, dicen por ahí, que somos simples préstamos voluntarios de momentos inolvidables que pueden durar un instante o toda la vida. ¿Para qué quedarse en el andén?

20 de julio de 2017

El artista y el mundo externo

“Uno dice “silla” o “ventana” o “reloj”, palabras que designan meros objetos de ese rígido e indiferente mundo que nos rodea, y sin embargo de pronto transmitimos con esas palabras algo misterioso e indefinible, algo que es como una clave, como un patético mensaje de una profunda región de nuestro ser. Decimos “silla” pero no queremos decir “silla”, y nos entienden. O por lo menos nos entienden aquellos a quienes está secretamente destinado el mensaje críptico, pasando indemne a través de las multitudes indiferentes u hostiles. Así que ese par de zuecos, esa vela, esa silla, no quieren decir ni esos zuecos, ni esa vela macilenta ni aquella silla de paja, sino yo Van Gogh, Vincent (sobre todo Vincent): mi ansiedad, mi angustia, mi soledad; de modo que son más bien mi autorretrato, la descripción de mis ansiedades más profundas y dolorosas. Sirviéndose de aquellos objetos externos e indiferentes, esos objetos de ese mundo rígido y frío que está fuera de nosotros, que acaso estaba antes de nosotros y que muy probablemente seguirá permaneciendo cuando hayamos muerto, como si esos objetos no fueran más que transitorios y temblorosos puentes (como las palabras para el poeta) para salvar el abismo que se abre entre uno y el universo; como si fueran símbolos de aquello profundo y recóndito que reflejan; indiferentes y objetivos y grises para los que no son capaces de entender la clave, pero cálidos y tensos y llenos de intención secreta para los que la conocen. Porque en realidad esos objetos pintados no son los universos de aquel universo indiferente sino objetos creados por ese ser solitario y desesperado, ansioso de comunicarse, que hace con los objetos lo mismo que el alma realiza con el cuerpo; impregnándolo de sus anhelos y sentimientos, manifestándose a través de sus arrugas, del brillo de sus ojos, de las sonrisas y comisuras de los labios; como un espíritu que trata de manifestarse (desesperadamente) con el cuerpo ajeno, y a veces groseramente ajeno, de una histérica médium”.
 
Sabato.

13 de julio de 2017

Jueves de encanto



Desde chiquita me dijeron que si madrugaba, Dios me iba a tirar una mano, un empujoncito o capaz una valija llena de oportunidades; el loto, un billete verde o la fórmula para girar la tuerca y que no se me mueva el mundo. Estoy lejos del proverbio, de la frase armada o del famoso «después de la tormenta sale el sol» (porque evidentemente si no sucediera eso ya estaría buscando pasaje con vuelo directo a quién-sabe-donde). Pero soy de la escuela de las «rutas alternativas», que de vez en cuando encuentra al bondi con sabor amargo. Hoy no quería los dos pasos, las cinco cuadras, el giro distraído y el compás de los ceños caraculicos. Así que le hice caso a ese todopoderoso que me vende combo de fortuna al mejor precio y salí veinte minutos antes para patear por las calles. El caza talentos no me encontró, pero yo me choqué con el cielo, que anda medio perdido en estos días de humedad. Me di cuenta que al que madruga probablemente Don-Dios (llámese uno mismo) no lo ayuda, pero lo despabila y le regala estas cuotitas de encanto. Y te juro que vienen sin intereses, sólo con saldo a favor. Después podes invertirlo y, en una de esas, sacas (alta) ganancia

6 de julio de 2017


 
Hoy terminé de leer a Murakami y en una parte de su libro (de qué hablo cuando hablo de escribir) atribuye su éxito no sólo a la constancia de una actividad, sino a la idea de «tirarse al agua y comprobar si flotamos o nos hundimos». A veces hay que tomar la decisión de quemar todos los barcos obsoletos, de destruir los puentes para no dar marcha atrás (al conformismo mediocre). La fortuna (un poco caprichosa) existe, pero sólo es una invitación para entrar al ring. En definitiva, lo que busquemos, lo que vayamos a ganar (o perder) depende exclusivamente de uno. Releo las palabras aleatorias del día, ese mensaje finito de cuatro pesos que cuaja con impulsos de auto ayuda. Chiquito. Tonto. Consumista. Certero.
Loco lindo el que arriesga. 

(08)

26 de junio de 2017

24 de junio

Caminé para volver sobre mis pasos y me choqué con un juego. El día estaba terminando y sólo por mirarme los pies se dio ese no-encuentro. Me resultó cómico haber pasado tantas veces por ahí y no haberme percatado de esas líneas desdibujadas (que pintan estáticas, pero que en el fondo esconden dinamismo). Era un detalle que me había regalado el día. Un gesto impredecible porque pasar por ahí no estaba en mis planes, ni mucho menos sentarme en esa plaza. Contemplé, leí y me fundí en el sabor seco del tabaco. Secuencial, pero descontracturante (el famoso «momento» personal que nos exige el yo-interno). Sonreí como quién descubre tierra nueva, sabiendo que era algo que distaba (mucho) de la realidad. Pero era una «boludez» casual y eso ya era motivo de festejo en mí pequeño absurdo. Después el golpe al suelo, literalmente. Giré, bajé un escalón y un movimiento tosco me dejó todo el peso del cuerpo sobre una base insulsa. El crujido interno de la inconsciencia me gritó «te vas de lleno». Efectivamente, dura y trastocada. Un par de voces o un bullicio alternado «che, estás bien?» y como quién tira la piedra y cae en cualquier lado, ahí estaba yo. Riéndome casi en llanto y con un auricular colgando. No, no entendía nada y me resultó un montaje fílmico y en vez de haberme cruzado al amor de mí vida (ni siquiera apareció el corcel), sólo tenía un barullo de palabras huecas. Qué «pelotudez» (¿no?). Pero pienso, de lo ordinario siempre revuelvo una idea. Trastabillé con mis propios pies y la torpeza del andar. Después de eso busqué la piedra, la reafirmé y volví a tirar.  Ahora, sigo jugando.

13 de junio de 2017

Dúo

Quién iba a decir que de ese encuentro casual pudieran nacer más palabras que voces. Producto de un fortuito acto de inercia, reflejo o casualidad, o quizá por el destiempo que cargaba en los hombros ese día. Te vi, pero me hice la desentendida y bajé la mirada como sofocada por la curiosidad. Me pregunté el porqué de mí duda, el porqué de esa constante vacilación.
Irascible.
Era un momento particular, lo reconozco; sólo estaba de paso y por eso me ofusqué. Porque te vi, porque se me disparó la inconsciencia y tenía que estar en otra parte. No ahí, hurgando en mí cabeza, sino en una realidad externa, humana, tangible y aburrida. Pero vos estabas ahí, como escondido entre tantos y fue esa multitud inerte lo que te llenó de grandeza. Caminé e intenté omitir ese hecho insulso para el mundo. Me costó (mucho) retomar la marcha, porque sí, efectivamente te vi y se me trabaron las piernas. Una huelga física y abrupta. Quedate. Hacé. Reaccioná. Impulsá. Y de golpe un “basta” que hacía juego con la sarta de negativas que emanaba. Ya fue. Ya pasó. El tren se fue. Después una risa tosca y una idea naciente; qué cliché el pensamiento que girando mata.  Ser humano repetitivo y autómata, hasta en las tragedias sos una puesta en escena. Bien griega y pura. Qué mentira inventas para hacerte menos ordinaria. Así que continúe, obligándome a efectuar movimientos torpes, fieles a mi estilo. Esquivando rutinas, ojos, suspiros y anhelos. Tenía la sensación de que todos habían visto algo extraordinario pero que, sin embargo, preferían seguir rumiando otras realidades; conscientes de su papel en ese exuberante ganado.
Y una seguidilla de quejas ¿qué decís? ¿Qué planteas? Si con el miedo atravesado fuiste eso-que-odias. Parte de la masa gris y espesa. Otro basta y retomo. Sé que es otro autoengaño, porque no puedo, porque es más fuerte que yo, porque otra vez se me va y me voy; otra vez me fui y me volveré a ir. En esa secuencia estrepitosa y degradante. ¿Cuánto puede durar todo eso? Me pregunto, pero no respondo y me aniquilo. Ya fue, de nuevo. Comienzo a sospechar que mi diccionario se limita a unas cuantas palabras renegadas, no sé, qué se yo, andá a saber, qué me importa, basta, ya fue, no sé, no sé y nunca lo sabré. Listo. Retomo y soy persona de nuevo. ¿Cuál será el rostro de esa disonancia? Mejor dicho ¿Cuál será la máscara que se calza? Porque soy eso, pero también soy otra cosa. Y me pierdo en otro conflicto inventado, me desvío
¿Dónde estás? Te dejé pasar y me acuerdo. Todo empezó con vos, toda esta persecución insana fue regalo de tu fugacidad. Mentira. Fue producto de mi tibieza o mis indecisiones. La secuencia la acomodé a gusto “y piacere” (como diría mi madre); en definitiva soy consecuencia de mí misma.
Así que trato de focalizar cuál era mi falso objetivo, la meta original y me olvido por un momento, aunque sé que voy a volver a vos desbordada. Sigo, ahora un poco más sutil, con las ideas acomodadas y carácter endurecido. Paso y paso. Un trote innecesario y llego.
Burocracias, revuelvo y termino.
Después la lucha.
Una parte intenta convencerme que lo más oportuno es tomar una ruta alternativa, me dice que si ya dudé una vez, probablemente lo haga de nuevo. Y le creo, porque el miedo tiene un gusto dulzón adictivo. Una cuchara que se vuelven dos, tres y finalmente un rotundo empalago.
Qué asco.
Pero otra voz disonante me dice que no tengo nada que perder, que los ojos están para usarlos. Giro la abulia, le doy la espalda y se nota que los pies se mueven con más entusiasmo, anhelantes. No cargo nada, sólo me llevo a mí, casi a los pelos, casi a los piques y sin aliento. Tres cuadras, dos cuadras y siento que estoy llegando a una recta imaginaria. Y la cabeza me dice pará.
¿Qué pasa si ya no estás? En el fondo siento que estoy jugando a lacerar mis caprichos espontáneos, no sé qué hago. Y me anticipo a la angustia y digo ya fue, pero en el fondo pongo quinta y me entrego. Estoy ahí, parada, expuesta y me hago paso entre todo eso que no me interesa.
Te toco ansiosa. Y después te envuelvo con las dos manos. Lanzo un par de mirada furtivas para confirmar que el mundo es sólo nuestro. Un par de palabras, una pausa y dejo que tu no-voz me diga que fuimos una buena casualidad. Vos, tan olvidado en un estante y yo tan obnubilada.
Te leo, pero parece que es al revés y describís cualidades que sólo yo conozco.
Así que pienso, de nuevo, que bueno volver de la duda, que bueno volver para ser víctima de tu escritura.

1 de junio de 2017

Un día de verano dije

A veces no sé si «el dejá que fluya» es una filosofía, un auto convencimiento o una excusa elegante que usamos para justificar nuestra falta de coraje. ¿Será un poco de todo? ¿Será lo que deba ser? ¿O tenemos miedo de apostar todas las fichas? Tengo la ligera sospecha de que nos dejamos llevar por una voluptuosa corriente de conformismo. ¿Qué querés? ¿Por qué no lo haces? Si al final del día resalta el loco que «no tiene miedo» y se anima a saltar al vacío; ese insano (feliz) que se arriesga, aunque pierda una y otra vez. Calculo que vivir es un poco de eso. Y sin embargo, veo mucho «normal» esquivando la adrenalina de existir (me incluyo en ese mal vicio).
¿No será que de tanto «fluir» nos estamos deSencontrando?

Yafueismo



Creo que me siento un poco como Horacio Oliveira, pateando noséques atómicos. Así que salí esperanzada y (me) busqué, pero no (me) encontré y en el fondo mí cabeza dice «ya fue».

Ojos extraordinarios

En algún punto, tiempo o circunstancia, la sobriedad choca con la vida. En algún hueco recóndito, el abandono se engalana de color y se forma un gran absurdo, inmanejable. Ahí, donde los ojos pasan de largo, existen contradicciones sublimes, pero tremendamente letales.

Cuando me escuché

Del trabajo al gimnasio pienso, como si fuese condición innata. Aminorando el paso y después acelerando a cuenta gotas. Sé que no llego tarde a ninguna parte, pero tengo que correr porque Buenos Aires me incita a eso; a ser participe de una maratón tenaz y enfermiza. Entonces paro porque percibo que el semáforo va a cambiar a un color incandescente y en un lapso de cordura me parece que tengo un engranaje existencial. ¿O será el cuerpo? ¿Será que mis movimientos corporales están automatizados mientras existo en otra parte? Porque la mente me gana en altura y la pierdo. Siento que me pierdo y no soy la que cruza 9 de Julio absorta. Camino, pienso e ignoro la actitud repetida de agarrar el camino más solitario; Arenales, llena de sombras, árboles y lapsos de luminosidad. Segundos. Instantes a salvo del tumulto de gente, de esos ojos ajenos. Reacia a las grandes avenidas (ilógico teniendo en cuenta que vivo sobre una). Respondo a mi anhelo de pasar desapercibida en una ciudad donde todos quieren ser ombligo narcisista. Cansada porque sé que esta película recién empieza a reiniciarse. Otra vez. Y las zapatillas gastadas me esperan en la mochila para que corra sobre mí propio eje (sin realmente poder encontrarlo), para programar 20 minutos de mirada distante y paisaje repetido. Y me río en el medio de todo eso por mí actitud ofuscada y las palabras que solté con exabrupto esa misma tarde «es que tengo ganas de agarrarle la cara al mundo y gritarle que me da asco lo ordinario». Y si, ordinario es ver esos ojos rotos que expulsan con alergia cualquier signo de humanidad. Ordinario es el silencio y la ausencia de los resquebrajados. Ordinario es este pataleo mental que busca aventura. Entonces paro, vuelvo sobre mis pies, cansados de correr en esa ironía de movimiento estático. Después una pausa y garabatos en el aire. Nunca me sentí tan Quijote, acorralado, como en ese momento.
Y el remate insulso de estos puntos suspensivos... Sólo pienso.

Amanecer

Me gusta ese don particular que tiene de extinguirse del mundo con tanta melancolía y belleza. Me gusta cómo muere para concluir un ciclo, cómo muere para volver a nacer. Gigante e incandescente luz en descenso, declinando todo lo que fue para volver a ser; igual.. O quizá diferente.
Abatiendo los recuerdos.
Centrifugando la memoria.
Arrastrando la vida.
Moviendose al compás del tiempo.
Dejandose llevar por el karma de la inercia perpetua.

El sin sentido ajeno.

Sin darme cuenta, o quizá en virtud de flaquear el límite, dejé que mi ingenuidad se colmara de desidia. Me extasié de inconsciencia. Obnubilada por palabras que, a mí criterio tienen peso, pero que son utilizadas como herramientas sin-sentido o superfluas. Entonces me pregunté porqué el impacto fue tan seco y aniquilante. Porqué me agarré de paredes insulsas y tanta vanalidad; de imágenes aparentes y lapsos fugaces.
¿Por qué?
Porque entendí que en mí insignificante mundo la palabra es valor, contundencia, y al mismo tiempo, expresión etérea. Una vez pronunciada, ya no existe, sólo hace eco en la memoria. Esa dualidad, esa transgresión (de golpear y que no se sienta), la transforma en un arma letal, sagaz y punzante. Una oración pronunciada (o escrita) en el momento justo y más sensible, duele más que el dolor físico. Hoy por hoy, doy fe de su resonancia estrepitosa. Doy fe del incurable insomnio, de la desolación y el sentimiento de impotencia que genera. Ante la palabra no se puede hacer nada, sólo esperar el garrotazo y retener su consecuente abstracción (hasta que el tiempo aminore o "cure" el pensamiento).
La palabra es escisión. En mi vida representa una ruptura, de lo que soy, de cómo vivo, de cómo pienso, de mí consciencia y mi trato con el resto. A través de ella puedo saber cómo es el otro, cuál es su capacidad de introspección, cuáles son sus (in)seguridades, su alter ego; entender si sabe escuchar, o si por el contrario cultiva un narcisismo barato. Su caracter inmaterial me deslumbra y me colma de humanidad. A mí, la palabra me atraviesa, y por eso le creo ciegamente. El problema es que su concepción (y principalmente su valor) es maleable. Y lo que para mí es un lingote de oro, para otro es una mentira, un decorado o una carta apócrifa de presentación.
Pensá, por un segundo pensá (o preferentemente sentí): no pegues donde más duele. No digas, no llames ni prometas en vano, no juegues (o por lo menos tené la delicadeza de aclarar la letra chica) porque capaz, en una de esas, el teblero se te vuelve encima y el peón, al que tanto subestimas, te logra sacar de carrera.

Pemaulk

c'est fini.
¿Quién sos?
Algo más que un nombre o una idea. Más que una cosa o un mejunje de emociones.
Persona, pero más que carne y hueso. Conciencia y volatilidad. Rara, indescifrable, maleable y terca. Múltiples adjetivos. Un abrumador todo, un inexplicable nada. Alguien que no quiere ser llamada ni catalogada. Un entramado, un camino, un crucigrama, valores y palabra (pemaulk).

Inocencia ferviente. Desilusión continúa. Flecha en pleno vuelo. Sensible, racional e intuitiva. Una enceguecida. Naufraga, reacia y asqueada del compromiso.
Calor y frío. Profundidad y abismo. Un crisol explosivo. Un soplo en calma.
Puedo transmutar, redescubrir; puedo ser lo que quiera. No soy una impresión, un número, una edad. Sólo un corazón, una pieza, una bifurcación o una utopía. Un llanto o una risa. Una piedra tersa o un invierno cálido; una ironía. Más que una imagen y cicatrices. Más que teoría. Más que cualquier pretensión o estándar.
No lleno huecos ni saco clavos.
Sólo soy un instante, un grano de arena. Creo, a mi entender, que soy más de lo que soy y más de lo que pretendes ver.

A veces vuelvo

Estás ahí, como extrañándote, pensando no sé que cosa. Revolviendo un mejunje de recuerdos y añorando que el mundo no sepa de vos. Extasiada con la idea de despertarte en un lugar que no sea tu lugar y de recorrer bastos caminos inciertos. Andas buscándote, quién sabe por donde, con la esperanza de encontrarte a la vuelta de la esquina. A veces te levantas un poco viva, a veces un poco muerta. No toleras tu intolerancia y te parece injusto que alguien tenga que lidiar con eso; cedes al tormento de no ser un tormento para el resto y te enervas. Estás ahogándote y no entendes esa inercia tosca de apostar por derrotas seguras.
Rezongas, una vez más y volves a empezar.

Pesó

Te pesa el alma y no hay vuelta atrás.

Intentas agarrarte de una pared insulsa, pero caes en un círculo monstruoso y el golpe es tan duro que quedas inerte.

Esos ojos ya no son tus ojos, el brillo se apagó y no hay manera de explicar el cataclismo interno que te acompaña.

Colapsas de emociones e inestabilidades. Inventas salidas que no existen y recurrís al autoengaño. Te prometes que el mañana es una nueva oportunidad, pero no entendiste (o no queres aceptar) que estás en una regresión infinita y mortal.

Hace un tiempo..

Transmuté.
Y en algún momento fui lo que siempre quise y no lo valoré; ese vicio humano de percibir lo bueno una vez que ya no está.
Voluble sentimental, capaz de comprar utopía finita y descartable.
Transmuté y fue inevitable, porque en lo estático no hay impulso, no hay vida. Me creí flecha de gran dimensión y me lancé. Espejismo que me llamó y me hizo sentir libre. Una falacia.
Transmuté y perdí inocencia, pero también gané carácter y decisión. Pagué el precio del desconocimiento. Salí, me golpeé, me lancé y sigo así, en pleno vuelo.

No se culpe a nadie

Pensamiento abrupto, consecuencia directa de un cuento (Final del juego).

Cuando un sentimiento queda corto y te tomas el atrevimiento de llenarlo (a toda costa) es como agregarle puntos suspensivos a algo que merece punto final. Creo. «No se culpe a nadie... De nuestra propia lucha (interna)»

2 de abril de 2017

Un sábado cualquiera con una amiga

Ayer, mientras nos quedamos mirando lo «inmenso» (eso que está escondido en lo ordinario), nos abatió una ola de incertidumbre. Preguntas agazapadas, una tras otra, como golpes metafísicos. «Estoy ahí, al borde de lo nuevo y no sé...». Después una mueca y el silencio sepulcral de la noche. Del otro lado, un agujero negro y el vértigo inmanejable (de estar vivo). Al final, una sentencia inamovible «tenés que saltar..»

22 de marzo de 2017

Saltos

Ideas. Impulsadas por el recuerdo, una notificación, o mejor dicho, por una falsa nostalgia. “Un día como hoy…”, pero hace dos años, quizás estabas a punto de cometer un error ineludible. Hace dos años le empezaste a creer a otros y te pareció que estabas siguiendo tu instinto, cuando en realidad sólo era una concepción tramposa de libertad; un autoengaño. Hace dos años quisiste ser impulsiva y te salió mal. Inesperado. Nefasto. Deplorable. En ese orden. Pero aprendiste, y aunque eso te costó cierta abulia insana, consideraste que era un golpe necesario. Hace cuatro años también era tu primer día facultativo e ibas con la idea de comerte al mundo. Después te bajaron de un hondazo y sucumbió el miedo. Te golpeaste y rezongaste. Y pensaste que estabas en la cresta de la ola, pero a los segundos te viste sofocada en un subte de difícil retorno. Te faltó el aire, te dejaron sin aliento, te robaron otro y regalaste unos cuantos de más. Creciste, hoy también. Y al revuelto le volves a decir “basta”, porque la rueda sigue y te lleva por delante. Pero “un día como hoy”, un 22 de marzo cualquiera, dejaste que de nuevo te desordene un poco la cabeza..

14 de marzo de 2017

Un 14 de marzo.

Acá me ves, un poco revuelta y atravesada. Con cuotas de viento pasivo y otras tantas de atrocidad. Inmanejable o insostenible, de esas «cosas» que en el fondo dan miedo (en mayúsculas) o generan impacto. Lo entiendo, lo pienso, lo sufro, lo (me) asumo; así, en cadena, como una inercia de causa y efecto. Algo dado. Sucumbida por pasiones y paradójicamente movida por este engranaje analítico. Acá me ves, de nuevo, como un intento trunco de frialdad. Volátil y trágicamente permeable. Y me voy, escarbando en un fango imaginario, espantada de tanto engaño, de mentiras consecutivas. Asombrada de la capacidad humana; de su desidia e invención sentimental. Acá me ves, asqueada. Infinitamente matizada. Perecedera. Abstracta. Minúscula. Truncada.