Ahí
estás a salvo (hasta que no).
Atajas con tanta seguridad que no tenés en cuenta el nudo ni el desenlace.
Te olvidaste de la otra cara de la moneda; de lo terriblemente malo que puede ser
algo bueno, o de lo bueno que puede resultar lo malo, de cómo ese universo te regala aventuras, pero volátiles
y de profundidad momentánea. Entonces estás ahí (como un tiro al aire) hasta que el mundo “real” hace
eco, hasta que algo te interrumpe o llega el imprevisto punto final.
Lo bueno
concluye (casi siempre), la sensación de libertad también.
El primer golpe, el famoso “eso,
vos, aquello; todo lo que estaba buscando”, el sentimiento precipitado, las
fichas atolondradas, las palabras que endulzan el oído y después saltan feroces (dejándote en jaque). De nuevo esa vocecita reclama que no te arrastres por lo ilusorio, por esa sensación de éxtasis y enamoramiento. Volves
a tu viejo yo-detestable y entendes que la línea que divide el amor-libro y
amor-humano no es tan abismal como pensabas (sino todo lo contrario); que monstruosamente
se chocan y laceran. Son dos caminos, dos túneles, dos fábulas fabulosas y un punto
final irrevocable.


No hay comentarios:
Publicar un comentario