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21 de diciembre de 2017

Del enamoramiento (en el país de las últimas cosas)

Encontraste otro amor literario. De esos que te quitan el aliento con el primer roce, con la primera mirada. Que te cala hasta los huesos, que te desborda y te hace sentir un poco menos “vos”. De repente sos diferente y adquirís otros rasgos. Te transfiguras en algo nuevo y vivaz; empezas a creer que todo lo que viste-viviste hasta ese momento fue puro cuento. Porque te sumergís de lleno sin percatarte de las consecuencias, de lo nefasto que puede ser tirarse a la pileta sin tomar un buen trago de aire, sin preparación. Pero a esa altura no importa, porque vas a todo terreno, como en la mayoría de las cosas. Sabes en el fondo que esa cualidad puede saltar de virtud a defecto en un solo paso (en un breve instante), pero no podes luchar contra eso. No hay manera de ignorar el revuelo y la paz, de sentir que el mundo “deja de pasar” o pesar. Es tu momento, la introspección, el paréntesis que requiere la mentalidad.
Ahí estás a salvo (hasta que no). 
Atajas con tanta seguridad  que no tenés en cuenta el nudo ni el desenlace. Te olvidaste de la otra cara de la moneda; de lo terriblemente malo que puede ser algo bueno, o de lo bueno que puede resultar lo malo, de cómo ese universo te regala aventuras, pero volátiles y de profundidad momentánea. Entonces estás ahí (como un tiro al aire) hasta que el mundo “real” hace eco, hasta que algo te interrumpe o llega el imprevisto punto final. 
Lo bueno concluye (casi siempre), la sensación de libertad también. 
El primer golpe, el famoso “eso, vos, aquello; todo lo que estaba buscando”, el sentimiento precipitado, las fichas atolondradas, las palabras que endulzan el oído y después saltan feroces (dejándote en jaque). De  nuevo esa vocecita  reclama que no te arrastres por lo ilusorio, por esa sensación de éxtasis y enamoramiento. Volves a tu viejo yo-detestable y entendes que la línea que divide el amor-libro y amor-humano no es tan abismal como pensabas (sino todo lo contrario); que monstruosamente se chocan y laceran. Son dos caminos, dos túneles, dos fábulas fabulosas y un punto final irrevocable.

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