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1 de junio de 2017

Cuando me escuché

Del trabajo al gimnasio pienso, como si fuese condición innata. Aminorando el paso y después acelerando a cuenta gotas. Sé que no llego tarde a ninguna parte, pero tengo que correr porque Buenos Aires me incita a eso; a ser participe de una maratón tenaz y enfermiza. Entonces paro porque percibo que el semáforo va a cambiar a un color incandescente y en un lapso de cordura me parece que tengo un engranaje existencial. ¿O será el cuerpo? ¿Será que mis movimientos corporales están automatizados mientras existo en otra parte? Porque la mente me gana en altura y la pierdo. Siento que me pierdo y no soy la que cruza 9 de Julio absorta. Camino, pienso e ignoro la actitud repetida de agarrar el camino más solitario; Arenales, llena de sombras, árboles y lapsos de luminosidad. Segundos. Instantes a salvo del tumulto de gente, de esos ojos ajenos. Reacia a las grandes avenidas (ilógico teniendo en cuenta que vivo sobre una). Respondo a mi anhelo de pasar desapercibida en una ciudad donde todos quieren ser ombligo narcisista. Cansada porque sé que esta película recién empieza a reiniciarse. Otra vez. Y las zapatillas gastadas me esperan en la mochila para que corra sobre mí propio eje (sin realmente poder encontrarlo), para programar 20 minutos de mirada distante y paisaje repetido. Y me río en el medio de todo eso por mí actitud ofuscada y las palabras que solté con exabrupto esa misma tarde «es que tengo ganas de agarrarle la cara al mundo y gritarle que me da asco lo ordinario». Y si, ordinario es ver esos ojos rotos que expulsan con alergia cualquier signo de humanidad. Ordinario es el silencio y la ausencia de los resquebrajados. Ordinario es este pataleo mental que busca aventura. Entonces paro, vuelvo sobre mis pies, cansados de correr en esa ironía de movimiento estático. Después una pausa y garabatos en el aire. Nunca me sentí tan Quijote, acorralado, como en ese momento.
Y el remate insulso de estos puntos suspensivos... Sólo pienso.

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