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17 de agosto de 2017

(Re)conocimiento

Si me preguntan cómo me siento no tengo ganas de responder con una premisa ordinaria, ese afamado “bien”, ese monosílabo que esconde todo un manojo de vida. Una vez me dije e hice eco de mi condición más allá de una imagen, de un nombre o una creencia. Si no queres saber cómo-realmente-me-siento y por consiguiente escuchar, no me interesa retenerte en mis días. Qué extremista, sí. Qué jodida, también. Pero gastar cartuchos para que me vean como todos me quieren ver no está dentro de mis aspiraciones. Si no te gusta, seguí de largo.
Hoy pensé, para no perder la costumbre, y me di cuenta que hace muy poco conseguí una estabilidad mental añorada (y ciertamente extraña). Como una conexión parcial del ser o una especie de cuestionamiento por la ruptura y la ausencia de desolación. Si, qué perplejidad abrupta. De repente me encontré buscando estar mal, hurgando pisos para toparme con el agujero negro; creo que no por gusto, sino costumbre (¿Nostalgia? Quién te entiende). Y la verdad es que no puedo concretar esa campaña de auto-boicot por el estado de superación y paz solidificada al que llegué. Como si todo lo externo y lo dañino me dejara sin cuidado. Cada vez que tuve la oportunidad de perder, aprendí y forjé otra cosa (que sigue siendo un absurdo). 
Acá estoy, habitada por un bienestar parcial que está acompañado por la incongruencia física; por la no aceptación ni reconocimiento de las partes. El sistema humano-dual. Por un lado el fragmento tangible y visual que quiere pasar desapercibido (como salvaguardándose de sí mismo y de los demás). Y por el otro, la parte celeste e ininteligible que pretende explotar, llamar la atención, ser escuchada y debatida. Una confrontación de ideas  que en definitiva no (me) llevan a ningún lado en esta practicidad. Qué fastidio. No se condice ni se alinean. Le doy la bienvenida a esta dicotomía y conflicto central. Y revelo el percibirme como mente en auge, pero como débil existencia física. Coalición que no genera tristeza, pero que marca un interrogante voluptuoso.
Y entiendo que no hay que salir de la frontera del mundo para encontrar la presencia del ser; no se puede escapar del conflicto cuando la existencia está en el bolsillo. Uno corre, pero se lleva (a uno mismo) a todas partes.  A mi entender, y después de debatir con gente-que-si-me-escucha, llegue a la conclusión de que la "totalidad" es el conocimiento profundo de uno; los gajos, los retazos desconocidos. La manifestación, la mirada, el movimiento y consecuente reconocimiento de “eso” que cargamos. Desde el pelo hasta las puntas de los pies. Uno no puede irse para escapar de la realidad que carga en la cabeza. Creí (hace muy poco) que dejar todo era equivalente a soltar un lugar común o el confort, pero en realidad el forcejeo está en otra parte (el centro de uno, el alma). Por eso “volver” (llámese de un viaje concreto o no) es sufrir, porque la construcción de esa falsa realidad en otro espacio no se puede sostener en el tiempo. Hoy la idea principal es poder existir en cualquier lado sin el peso de lidiar con lo externo. No se puede (ni quiero) armar la valija (interna) para “desaparecer” de los ojos ajenos (que poco saben lo que quieren y que encima son inquisidores). 
Si me voy es para vivir, para implosionar y emerger en consecuencia; tantear (SENTIR) los días contados. Construir lo trascendente y pintar ese lienzo blanco-de-la-vida.

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