Hace unos años, precisamente en el bachiller, me hicieron escribirle una carta a "la" muerte. Con artículo femenino, presencia intangible y una vaga imagen que lejos estaba de ser abominable. No voy a mentir, la primera reacción fue un espasmo mental. ¿Cómo iba a dedicarle palabras a «eso» que me había transfigurado la vida? Mejor dicho, a «esa» pedante que me había desdibujado la existencia. Inmediatamente me di cuenta que tenía mucho que decirle (como si realmente la tuviese enfrente mío, como si realmente me hubiese invitado a tomar el té dispuesta y predispuesta a todo).
Pasé en ese
momento del desconcierto a la rabia, a una mezcla de emociones indescriptible.
Muchos se imaginaron a la mismísima parca, esa que te venden en la industria hegemónica
y que está instalada en el imaginario colectivo, pero yo la tracé como una
muchacha risueña y escéptica. Encantadora, como una sirena de
rasgos humanos, rostro difuminado y de larga cabellera. Lo único que recuerdo
(y eso que tengo buena memoria) es que le atribuí paradójicamente un aspecto vital; la muerte con más energía que los propios
mortales. Entre la nebulosa de su expresión resaltaban sus ojos achinados (que
nunca llegaron a mirarme) y una sonrisa incandescente.
Qué siniestro fue asignarle tantas cualidades candorosas a una bestia que arrasa sin medida.
Para ser sincera, no tenía fuerza de pronunciar ni garabatear una sola oración. Sin decir ni hacer nada, había logrado atarme de pies y manos. Así que tiré la hoja, el lápiz y la conciencia porque entendí que era una consigna-reto que me había sobrepasado.
No poseía ninguna entereza frente a ella y sin preverlo estaba fuera del ring; me había aniquilado el pensamiento de un solo golpe. Me levanté de la silla abatida. Si no fuese porque tenía fecha límite y las horas contadas, probablemente hubiese dejado esa pelea postergada por mucho tiempo. Estaba ideando mil y un excusas para tirar la toalla; de inventar que lo mío eran los números, que los logaritmos me resultaban más atractivos (menos mal que no lo hice porque creo que hubiese causado un ataque epiléptico de risa generalizado. Ni mi profundidad más negadora hubiese aceptado tal disparate). Finalmente me di espacio y reflexión. Acudí a mi atroz estructuralismo para acomodar las ideas. Si disponía paso por paso de ellas ¿qué podía salir mal? Era cuestión de rellenar un esquema. ¿Pero cómo se procede con tanta sensatez a «eso» que nos sacude las emociones irracionales? Imposible. Era una tarea de esclavo.
Qué siniestro fue asignarle tantas cualidades candorosas a una bestia que arrasa sin medida.
Para ser sincera, no tenía fuerza de pronunciar ni garabatear una sola oración. Sin decir ni hacer nada, había logrado atarme de pies y manos. Así que tiré la hoja, el lápiz y la conciencia porque entendí que era una consigna-reto que me había sobrepasado.
No poseía ninguna entereza frente a ella y sin preverlo estaba fuera del ring; me había aniquilado el pensamiento de un solo golpe. Me levanté de la silla abatida. Si no fuese porque tenía fecha límite y las horas contadas, probablemente hubiese dejado esa pelea postergada por mucho tiempo. Estaba ideando mil y un excusas para tirar la toalla; de inventar que lo mío eran los números, que los logaritmos me resultaban más atractivos (menos mal que no lo hice porque creo que hubiese causado un ataque epiléptico de risa generalizado. Ni mi profundidad más negadora hubiese aceptado tal disparate). Finalmente me di espacio y reflexión. Acudí a mi atroz estructuralismo para acomodar las ideas. Si disponía paso por paso de ellas ¿qué podía salir mal? Era cuestión de rellenar un esquema. ¿Pero cómo se procede con tanta sensatez a «eso» que nos sacude las emociones irracionales? Imposible. Era una tarea de esclavo.
Ahora no puedo ubicar en qué momento dejé de
dar tantas vueltas. Si fue un acto impulsivo, perspicaz o atolondrado. Pasó
mucho tiempo de aquel encuentro (o re-encuentro, teniendo en cuenta mi
primera huida trascendental). A pesar del revuelo, de escribir y borrar
continuamente, esa personificación me seguía esperando impoluta. No tenía apuro
ni preocupaciones, la única sádica que corría contrarreloj era yo; ella sólo
soltaba una que otra risa aniñada y desquiciante.
Ese día no entendí lo duro
que era asignarles a los imaginarios una cara, un nombre o entidad. Pero que ilógico
(y a la vez necesario) personificar eso
que “nos mueve”. Jamás hubiese pensado que las vueltas de la vida (casualidad o
causalidad) me llevarían a escribir una carta en pleno siglo XXI. Un papel
resentido que iba hasta cierto punto contra mi voluntad. Sin embargo estaba
ahí, rozando la reconciliación con “eso” que tiene nombre y es muy difícil
de explicar. Sorprendentemente concluí
mis palabras y mi dedicatoria con una fluidez demencial, de todas ellas no
recuerdo casi ninguna, pero si la “sensación” de alivio que me inundó al leerla en
voz alta y la particular forma de dirigirme a ella: querida amiga. Como si
tuviese un lazo premeditado.
Por algún u otro motivo rememoré ese hecho, no
porque tuviese a la parca presente, sino por la idea de ponerle presencia a
algo que nos hace mal. En ese tiempo no lo asimilé y me pareció absurdamente
oscuro. Hoy tengo otra perspectiva. Darle perfil-entidad al “no sé” o al famoso
“mambo” te arrastra a mirarlo a los ojos. No podes posponer algo que te asecha latente
o expectante (porque sino te convertís en un cagón in-humano). En este postmodernismo
de puro descarte, carencia de palabras-comunicación, fragmentos y oídos sordos, me quedo
con las ganas de materializar y generar empatía con la “mierda”;
más allá que el mensaje “insulso” no llegue a ningún lado, caiga muerto o
sea raqueteado olímpicamente, amigarse con “eso que está mal” y tener la
entereza de mostrarlo es otra forma de accionar frente a tanto armazón
repetitivo.
Hacerse cargo es, sin lugar a duda, una proeza demasiado heróica para los tiempos que corren.
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