Sin darme cuenta, o quizá en virtud de flaquear el límite, dejé que mi ingenuidad se colmara de desidia. Me extasié de inconsciencia. Obnubilada por palabras que, a mí criterio tienen peso, pero que son utilizadas como herramientas sin-sentido o superfluas. Entonces me pregunté porqué el impacto fue tan seco y aniquilante. Porqué me agarré de paredes insulsas y tanta vanalidad; de imágenes aparentes y lapsos fugaces.
¿Por qué?
Porque entendí que en mí insignificante mundo la palabra es valor, contundencia, y al mismo tiempo, expresión etérea. Una vez pronunciada, ya no existe, sólo hace eco en la memoria. Esa dualidad, esa transgresión (de golpear y que no se sienta), la transforma en un arma letal, sagaz y punzante. Una oración pronunciada (o escrita) en el momento justo y más sensible, duele más que el dolor físico. Hoy por hoy, doy fe de su resonancia estrepitosa. Doy fe del incurable insomnio, de la desolación y el sentimiento de impotencia que genera. Ante la palabra no se puede hacer nada, sólo esperar el garrotazo y retener su consecuente abstracción (hasta que el tiempo aminore o "cure" el pensamiento).
La palabra es escisión. En mi vida representa una ruptura, de lo que soy, de cómo vivo, de cómo pienso, de mí consciencia y mi trato con el resto. A través de ella puedo saber cómo es el otro, cuál es su capacidad de introspección, cuáles son sus (in)seguridades, su alter ego; entender si sabe escuchar, o si por el contrario cultiva un narcisismo barato. Su caracter inmaterial me deslumbra y me colma de humanidad. A mí, la palabra me atraviesa, y por eso le creo ciegamente. El problema es que su concepción (y principalmente su valor) es maleable. Y lo que para mí es un lingote de oro, para otro es una mentira, un decorado o una carta apócrifa de presentación.
Pensá, por un segundo pensá (o preferentemente sentí): no pegues donde más duele. No digas, no llames ni prometas en vano, no juegues (o por lo menos tené la delicadeza de aclarar la letra chica) porque capaz, en una de esas, el teblero se te vuelve encima y el peón, al que tanto subestimas, te logra sacar de carrera.
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