Hoy me sorprendieron con la sorpresa de lo inesperado. Como una cadena de bocas abiertas por cosas que deberían ser moneda corriente. Primero un «no puedo creer que te comuniques tan sentido, escuchando y respondiendo con tanta sinceridad» y después un abrupto «sos la primera que entra sonriendo». Reaccioné igual, atónita y descolocada. Casi riéndome por lo absurdo de las declaraciones ¿Cómo es que prestar el oído y decodificar un sentimiento es algo de otro mundo? ¿Por qué soy la primera del tumulto que regala una sonrisa? No hace mucho una amiga me compartió un refrán sencillito y certero; si un problema no tiene solución ¿por qué vas a comerte la cabeza? Y si lo tiene, activá y buscá alternativas. Ojo, no digo que sea fácil, pero pensarlo ya es un paso y si la estructura corporal nos pensó con pies es para invertirlos en pasos (chiquitos o grandes). Entregate aunque te rompas en mil pedazos, porque a medias no garpa. Además, dicen por ahí, que somos simples préstamos voluntarios de momentos inolvidables que pueden durar un instante o toda la vida. ¿Para qué quedarse en el andén?

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