

Desde chiquita me dijeron que si madrugaba, Dios me iba a tirar una mano, un empujoncito o capaz una valija llena de oportunidades; el loto, un billete verde o la fórmula para girar la tuerca y que no se me mueva el mundo. Estoy lejos del proverbio, de la frase armada o del famoso «después de la tormenta sale el sol» (porque evidentemente si no sucediera eso ya estaría buscando pasaje con vuelo directo a quién-sabe-donde). Pero soy de la escuela de las «rutas alternativas», que de vez en cuando encuentra al bondi con sabor amargo. Hoy no quería los dos pasos, las cinco cuadras, el giro distraído y el compás de los ceños caraculicos. Así que le hice caso a ese todopoderoso que me vende combo de fortuna al mejor precio y salí veinte minutos antes para patear por las calles. El caza talentos no me encontró, pero yo me choqué con el cielo, que anda medio perdido en estos días de humedad. Me di cuenta que al que madruga probablemente Don-Dios (llámese uno mismo) no lo ayuda, pero lo despabila y le regala estas cuotitas de encanto. Y te juro que vienen sin intereses, sólo con saldo a favor. Después podes invertirlo y, en una de esas, sacas (alta) ganancia
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