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26 de junio de 2017
24 de junio
Caminé para volver sobre mis pasos y me choqué con un juego. El día estaba terminando y sólo por mirarme los pies se dio ese no-encuentro. Me resultó cómico haber pasado tantas veces por ahí y no haberme percatado de esas líneas desdibujadas (que pintan estáticas, pero que en el fondo esconden dinamismo). Era un detalle que me había regalado el día. Un gesto impredecible porque pasar por ahí no estaba en mis planes, ni mucho menos sentarme en esa plaza. Contemplé, leí y me fundí en el sabor seco del tabaco. Secuencial, pero descontracturante (el famoso «momento» personal que nos exige el yo-interno). Sonreí como quién descubre tierra nueva, sabiendo que era algo que distaba (mucho) de la realidad. Pero era una «boludez» casual y eso ya era motivo de festejo en mí pequeño absurdo. Después el golpe al suelo, literalmente. Giré, bajé un escalón y un movimiento tosco me dejó todo el peso del cuerpo sobre una base insulsa. El crujido interno de la inconsciencia me gritó «te vas de lleno». Efectivamente, dura y trastocada. Un par de voces o un bullicio alternado «che, estás bien?» y como quién tira la piedra y cae en cualquier lado, ahí estaba yo. Riéndome casi en llanto y con un auricular colgando. No, no entendía nada y me resultó un montaje fílmico y en vez de haberme cruzado al amor de mí vida (ni siquiera apareció el corcel), sólo tenía un barullo de palabras huecas. Qué «pelotudez» (¿no?). Pero pienso, de lo ordinario siempre revuelvo una idea. Trastabillé con mis propios pies y la torpeza del andar. Después de eso busqué la piedra, la reafirmé y volví a tirar. Ahora, sigo jugando.
13 de junio de 2017
Dúo
Quién iba a decir que de ese encuentro casual pudieran nacer más palabras que voces. Producto de un fortuito acto de inercia, reflejo o casualidad, o quizá por el destiempo que cargaba en los hombros ese día. Te vi, pero me hice la desentendida y bajé la mirada como sofocada por la curiosidad. Me pregunté el porqué de mí duda, el porqué de esa constante vacilación.
Irascible.
Era un momento particular, lo reconozco; sólo estaba de paso y por eso me ofusqué. Porque te vi, porque se me disparó la inconsciencia y tenía que estar en otra parte. No ahí, hurgando en mí cabeza, sino en una realidad externa, humana, tangible y aburrida. Pero vos estabas ahí, como escondido entre tantos y fue esa multitud inerte lo que te llenó de grandeza. Caminé e intenté omitir ese hecho insulso para el mundo. Me costó (mucho) retomar la marcha, porque sí, efectivamente te vi y se me trabaron las piernas. Una huelga física y abrupta. Quedate. Hacé. Reaccioná. Impulsá. Y de golpe un “basta” que hacía juego con la sarta de negativas que emanaba. Ya fue. Ya pasó. El tren se fue. Después una risa tosca y una idea naciente; qué cliché el pensamiento que girando mata. Ser humano repetitivo y autómata, hasta en las tragedias sos una puesta en escena. Bien griega y pura. Qué mentira inventas para hacerte menos ordinaria. Así que continúe, obligándome a efectuar movimientos torpes, fieles a mi estilo. Esquivando rutinas, ojos, suspiros y anhelos. Tenía la sensación de que todos habían visto algo extraordinario pero que, sin embargo, preferían seguir rumiando otras realidades; conscientes de su papel en ese exuberante ganado.
Y una seguidilla de quejas ¿qué decís? ¿Qué planteas? Si con el miedo atravesado fuiste eso-que-odias. Parte de la masa gris y espesa. Otro basta y retomo. Sé que es otro autoengaño, porque no puedo, porque es más fuerte que yo, porque otra vez se me va y me voy; otra vez me fui y me volveré a ir. En esa secuencia estrepitosa y degradante. ¿Cuánto puede durar todo eso? Me pregunto, pero no respondo y me aniquilo. Ya fue, de nuevo. Comienzo a sospechar que mi diccionario se limita a unas cuantas palabras renegadas, no sé, qué se yo, andá a saber, qué me importa, basta, ya fue, no sé, no sé y nunca lo sabré. Listo. Retomo y soy persona de nuevo. ¿Cuál será el rostro de esa disonancia? Mejor dicho ¿Cuál será la máscara que se calza? Porque soy eso, pero también soy otra cosa. Y me pierdo en otro conflicto inventado, me desvío
¿Dónde estás? Te dejé pasar y me acuerdo. Todo empezó con vos, toda esta persecución insana fue regalo de tu fugacidad. Mentira. Fue producto de mi tibieza o mis indecisiones. La secuencia la acomodé a gusto “y piacere” (como diría mi madre); en definitiva soy consecuencia de mí misma.
Así que trato de focalizar cuál era mi falso objetivo, la meta original y me olvido por un momento, aunque sé que voy a volver a vos desbordada. Sigo, ahora un poco más sutil, con las ideas acomodadas y carácter endurecido. Paso y paso. Un trote innecesario y llego.
Burocracias, revuelvo y termino.
Después la lucha.
Una parte intenta convencerme que lo más oportuno es tomar una ruta alternativa, me dice que si ya dudé una vez, probablemente lo haga de nuevo. Y le creo, porque el miedo tiene un gusto dulzón adictivo. Una cuchara que se vuelven dos, tres y finalmente un rotundo empalago.
Qué asco.
Pero otra voz disonante me dice que no tengo nada que perder, que los ojos están para usarlos. Giro la abulia, le doy la espalda y se nota que los pies se mueven con más entusiasmo, anhelantes. No cargo nada, sólo me llevo a mí, casi a los pelos, casi a los piques y sin aliento. Tres cuadras, dos cuadras y siento que estoy llegando a una recta imaginaria. Y la cabeza me dice pará.
¿Qué pasa si ya no estás? En el fondo siento que estoy jugando a lacerar mis caprichos espontáneos, no sé qué hago. Y me anticipo a la angustia y digo ya fue, pero en el fondo pongo quinta y me entrego. Estoy ahí, parada, expuesta y me hago paso entre todo eso que no me interesa.
Te toco ansiosa. Y después te envuelvo con las dos manos. Lanzo un par de mirada furtivas para confirmar que el mundo es sólo nuestro. Un par de palabras, una pausa y dejo que tu no-voz me diga que fuimos una buena casualidad. Vos, tan olvidado en un estante y yo tan obnubilada.
Te leo, pero parece que es al revés y describís cualidades que sólo yo conozco.
Así que pienso, de nuevo, que bueno volver de la duda, que bueno volver para ser víctima de tu escritura.
Irascible.
Era un momento particular, lo reconozco; sólo estaba de paso y por eso me ofusqué. Porque te vi, porque se me disparó la inconsciencia y tenía que estar en otra parte. No ahí, hurgando en mí cabeza, sino en una realidad externa, humana, tangible y aburrida. Pero vos estabas ahí, como escondido entre tantos y fue esa multitud inerte lo que te llenó de grandeza. Caminé e intenté omitir ese hecho insulso para el mundo. Me costó (mucho) retomar la marcha, porque sí, efectivamente te vi y se me trabaron las piernas. Una huelga física y abrupta. Quedate. Hacé. Reaccioná. Impulsá. Y de golpe un “basta” que hacía juego con la sarta de negativas que emanaba. Ya fue. Ya pasó. El tren se fue. Después una risa tosca y una idea naciente; qué cliché el pensamiento que girando mata. Ser humano repetitivo y autómata, hasta en las tragedias sos una puesta en escena. Bien griega y pura. Qué mentira inventas para hacerte menos ordinaria. Así que continúe, obligándome a efectuar movimientos torpes, fieles a mi estilo. Esquivando rutinas, ojos, suspiros y anhelos. Tenía la sensación de que todos habían visto algo extraordinario pero que, sin embargo, preferían seguir rumiando otras realidades; conscientes de su papel en ese exuberante ganado.
Y una seguidilla de quejas ¿qué decís? ¿Qué planteas? Si con el miedo atravesado fuiste eso-que-odias. Parte de la masa gris y espesa. Otro basta y retomo. Sé que es otro autoengaño, porque no puedo, porque es más fuerte que yo, porque otra vez se me va y me voy; otra vez me fui y me volveré a ir. En esa secuencia estrepitosa y degradante. ¿Cuánto puede durar todo eso? Me pregunto, pero no respondo y me aniquilo. Ya fue, de nuevo. Comienzo a sospechar que mi diccionario se limita a unas cuantas palabras renegadas, no sé, qué se yo, andá a saber, qué me importa, basta, ya fue, no sé, no sé y nunca lo sabré. Listo. Retomo y soy persona de nuevo. ¿Cuál será el rostro de esa disonancia? Mejor dicho ¿Cuál será la máscara que se calza? Porque soy eso, pero también soy otra cosa. Y me pierdo en otro conflicto inventado, me desvío
¿Dónde estás? Te dejé pasar y me acuerdo. Todo empezó con vos, toda esta persecución insana fue regalo de tu fugacidad. Mentira. Fue producto de mi tibieza o mis indecisiones. La secuencia la acomodé a gusto “y piacere” (como diría mi madre); en definitiva soy consecuencia de mí misma.
Así que trato de focalizar cuál era mi falso objetivo, la meta original y me olvido por un momento, aunque sé que voy a volver a vos desbordada. Sigo, ahora un poco más sutil, con las ideas acomodadas y carácter endurecido. Paso y paso. Un trote innecesario y llego.
Burocracias, revuelvo y termino.
Después la lucha.
Una parte intenta convencerme que lo más oportuno es tomar una ruta alternativa, me dice que si ya dudé una vez, probablemente lo haga de nuevo. Y le creo, porque el miedo tiene un gusto dulzón adictivo. Una cuchara que se vuelven dos, tres y finalmente un rotundo empalago.
Qué asco.
Pero otra voz disonante me dice que no tengo nada que perder, que los ojos están para usarlos. Giro la abulia, le doy la espalda y se nota que los pies se mueven con más entusiasmo, anhelantes. No cargo nada, sólo me llevo a mí, casi a los pelos, casi a los piques y sin aliento. Tres cuadras, dos cuadras y siento que estoy llegando a una recta imaginaria. Y la cabeza me dice pará.
¿Qué pasa si ya no estás? En el fondo siento que estoy jugando a lacerar mis caprichos espontáneos, no sé qué hago. Y me anticipo a la angustia y digo ya fue, pero en el fondo pongo quinta y me entrego. Estoy ahí, parada, expuesta y me hago paso entre todo eso que no me interesa.
Te toco ansiosa. Y después te envuelvo con las dos manos. Lanzo un par de mirada furtivas para confirmar que el mundo es sólo nuestro. Un par de palabras, una pausa y dejo que tu no-voz me diga que fuimos una buena casualidad. Vos, tan olvidado en un estante y yo tan obnubilada.
Te leo, pero parece que es al revés y describís cualidades que sólo yo conozco.
Así que pienso, de nuevo, que bueno volver de la duda, que bueno volver para ser víctima de tu escritura.
1 de junio de 2017
Un día de verano dije
A veces no sé si «el dejá que fluya» es una filosofía, un auto convencimiento o una excusa elegante que usamos para justificar nuestra falta de coraje. ¿Será un poco de todo? ¿Será lo que deba ser? ¿O tenemos miedo de apostar todas las fichas? Tengo la ligera sospecha de que nos dejamos llevar por una voluptuosa corriente de conformismo. ¿Qué querés? ¿Por qué no lo haces? Si al final del día resalta el loco que «no tiene miedo» y se anima a saltar al vacío; ese insano (feliz) que se arriesga, aunque pierda una y otra vez. Calculo que vivir es un poco de eso. Y sin embargo, veo mucho «normal» esquivando la adrenalina de existir (me incluyo en ese mal vicio).
¿No será que de tanto «fluir» nos estamos deSencontrando?
¿No será que de tanto «fluir» nos estamos deSencontrando?
Yafueismo
Creo que me siento un poco como Horacio Oliveira, pateando noséques atómicos. Así que salí esperanzada y (me) busqué, pero no (me) encontré y en el fondo mí cabeza dice «ya fue».
Ojos extraordinarios
En algún punto, tiempo o circunstancia, la sobriedad choca con la vida. En algún hueco recóndito, el abandono se engalana de color y se forma un gran absurdo, inmanejable. Ahí, donde los ojos pasan de largo, existen contradicciones sublimes, pero tremendamente letales.
Cuando me escuché
Del trabajo al gimnasio pienso, como si fuese condición innata. Aminorando el paso y después acelerando a cuenta gotas. Sé que no llego tarde a ninguna parte, pero tengo que correr porque Buenos Aires me incita a eso; a ser participe de una maratón tenaz y enfermiza. Entonces paro porque percibo que el semáforo va a cambiar a un color incandescente y en un lapso de cordura me parece que tengo un engranaje existencial. ¿O será el cuerpo? ¿Será que mis movimientos corporales están automatizados mientras existo en otra parte? Porque la mente me gana en altura y la pierdo. Siento que me pierdo y no soy la que cruza 9 de Julio absorta. Camino, pienso e ignoro la actitud repetida de agarrar el camino más solitario; Arenales, llena de sombras, árboles y lapsos de luminosidad. Segundos. Instantes a salvo del tumulto de gente, de esos ojos ajenos. Reacia a las grandes avenidas (ilógico teniendo en cuenta que vivo sobre una). Respondo a mi anhelo de pasar desapercibida en una ciudad donde todos quieren ser ombligo narcisista. Cansada porque sé que esta película recién empieza a reiniciarse. Otra vez. Y las zapatillas gastadas me esperan en la mochila para que corra sobre mí propio eje (sin realmente poder encontrarlo), para programar 20 minutos de mirada distante y paisaje repetido. Y me río en el medio de todo eso por mí actitud ofuscada y las palabras que solté con exabrupto esa misma tarde «es que tengo ganas de agarrarle la cara al mundo y gritarle que me da asco lo ordinario». Y si, ordinario es ver esos ojos rotos que expulsan con alergia cualquier signo de humanidad. Ordinario es el silencio y la ausencia de los resquebrajados. Ordinario es este pataleo mental que busca aventura. Entonces paro, vuelvo sobre mis pies, cansados de correr en esa ironía de movimiento estático. Después una pausa y garabatos en el aire. Nunca me sentí tan Quijote, acorralado, como en ese momento.
Y el remate insulso de estos puntos suspensivos... Sólo pienso.
Y el remate insulso de estos puntos suspensivos... Sólo pienso.
Amanecer
Me gusta ese don particular que tiene de extinguirse del mundo con tanta melancolía y belleza. Me gusta cómo muere para concluir un ciclo, cómo muere para volver a nacer. Gigante e incandescente luz en descenso, declinando todo lo que fue para volver a ser; igual.. O quizá diferente.
Abatiendo los recuerdos.
Centrifugando la memoria.
Arrastrando la vida.
Moviendose al compás del tiempo.
Dejandose llevar por el karma de la inercia perpetua.
Abatiendo los recuerdos.
Centrifugando la memoria.
Arrastrando la vida.
Moviendose al compás del tiempo.
Dejandose llevar por el karma de la inercia perpetua.
El sin sentido ajeno.
Sin darme cuenta, o quizá en virtud de flaquear el límite, dejé que mi ingenuidad se colmara de desidia. Me extasié de inconsciencia. Obnubilada por palabras que, a mí criterio tienen peso, pero que son utilizadas como herramientas sin-sentido o superfluas. Entonces me pregunté porqué el impacto fue tan seco y aniquilante. Porqué me agarré de paredes insulsas y tanta vanalidad; de imágenes aparentes y lapsos fugaces.
¿Por qué?
Porque entendí que en mí insignificante mundo la palabra es valor, contundencia, y al mismo tiempo, expresión etérea. Una vez pronunciada, ya no existe, sólo hace eco en la memoria. Esa dualidad, esa transgresión (de golpear y que no se sienta), la transforma en un arma letal, sagaz y punzante. Una oración pronunciada (o escrita) en el momento justo y más sensible, duele más que el dolor físico. Hoy por hoy, doy fe de su resonancia estrepitosa. Doy fe del incurable insomnio, de la desolación y el sentimiento de impotencia que genera. Ante la palabra no se puede hacer nada, sólo esperar el garrotazo y retener su consecuente abstracción (hasta que el tiempo aminore o "cure" el pensamiento).
La palabra es escisión. En mi vida representa una ruptura, de lo que soy, de cómo vivo, de cómo pienso, de mí consciencia y mi trato con el resto. A través de ella puedo saber cómo es el otro, cuál es su capacidad de introspección, cuáles son sus (in)seguridades, su alter ego; entender si sabe escuchar, o si por el contrario cultiva un narcisismo barato. Su caracter inmaterial me deslumbra y me colma de humanidad. A mí, la palabra me atraviesa, y por eso le creo ciegamente. El problema es que su concepción (y principalmente su valor) es maleable. Y lo que para mí es un lingote de oro, para otro es una mentira, un decorado o una carta apócrifa de presentación.
Pensá, por un segundo pensá (o preferentemente sentí): no pegues donde más duele. No digas, no llames ni prometas en vano, no juegues (o por lo menos tené la delicadeza de aclarar la letra chica) porque capaz, en una de esas, el teblero se te vuelve encima y el peón, al que tanto subestimas, te logra sacar de carrera.
¿Por qué?
Porque entendí que en mí insignificante mundo la palabra es valor, contundencia, y al mismo tiempo, expresión etérea. Una vez pronunciada, ya no existe, sólo hace eco en la memoria. Esa dualidad, esa transgresión (de golpear y que no se sienta), la transforma en un arma letal, sagaz y punzante. Una oración pronunciada (o escrita) en el momento justo y más sensible, duele más que el dolor físico. Hoy por hoy, doy fe de su resonancia estrepitosa. Doy fe del incurable insomnio, de la desolación y el sentimiento de impotencia que genera. Ante la palabra no se puede hacer nada, sólo esperar el garrotazo y retener su consecuente abstracción (hasta que el tiempo aminore o "cure" el pensamiento).
La palabra es escisión. En mi vida representa una ruptura, de lo que soy, de cómo vivo, de cómo pienso, de mí consciencia y mi trato con el resto. A través de ella puedo saber cómo es el otro, cuál es su capacidad de introspección, cuáles son sus (in)seguridades, su alter ego; entender si sabe escuchar, o si por el contrario cultiva un narcisismo barato. Su caracter inmaterial me deslumbra y me colma de humanidad. A mí, la palabra me atraviesa, y por eso le creo ciegamente. El problema es que su concepción (y principalmente su valor) es maleable. Y lo que para mí es un lingote de oro, para otro es una mentira, un decorado o una carta apócrifa de presentación.
Pensá, por un segundo pensá (o preferentemente sentí): no pegues donde más duele. No digas, no llames ni prometas en vano, no juegues (o por lo menos tené la delicadeza de aclarar la letra chica) porque capaz, en una de esas, el teblero se te vuelve encima y el peón, al que tanto subestimas, te logra sacar de carrera.
Pemaulk
c'est fini.
¿Quién sos?
Algo más que un nombre o una idea. Más que una cosa o un mejunje de emociones.
Persona, pero más que carne y hueso. Conciencia y volatilidad. Rara, indescifrable, maleable y terca. Múltiples adjetivos. Un abrumador todo, un inexplicable nada. Alguien que no quiere ser llamada ni catalogada. Un entramado, un camino, un crucigrama, valores y palabra (pemaulk).
Inocencia ferviente. Desilusión continúa. Flecha en pleno vuelo. Sensible, racional e intuitiva. Una enceguecida. Naufraga, reacia y asqueada del compromiso.
Calor y frío. Profundidad y abismo. Un crisol explosivo. Un soplo en calma.
Puedo transmutar, redescubrir; puedo ser lo que quiera. No soy una impresión, un número, una edad. Sólo un corazón, una pieza, una bifurcación o una utopía. Un llanto o una risa. Una piedra tersa o un invierno cálido; una ironía. Más que una imagen y cicatrices. Más que teoría. Más que cualquier pretensión o estándar.
No lleno huecos ni saco clavos.
Sólo soy un instante, un grano de arena. Creo, a mi entender, que soy más de lo que soy y más de lo que pretendes ver.
¿Quién sos?
Algo más que un nombre o una idea. Más que una cosa o un mejunje de emociones.
Persona, pero más que carne y hueso. Conciencia y volatilidad. Rara, indescifrable, maleable y terca. Múltiples adjetivos. Un abrumador todo, un inexplicable nada. Alguien que no quiere ser llamada ni catalogada. Un entramado, un camino, un crucigrama, valores y palabra (pemaulk).
Inocencia ferviente. Desilusión continúa. Flecha en pleno vuelo. Sensible, racional e intuitiva. Una enceguecida. Naufraga, reacia y asqueada del compromiso.
Calor y frío. Profundidad y abismo. Un crisol explosivo. Un soplo en calma.
Puedo transmutar, redescubrir; puedo ser lo que quiera. No soy una impresión, un número, una edad. Sólo un corazón, una pieza, una bifurcación o una utopía. Un llanto o una risa. Una piedra tersa o un invierno cálido; una ironía. Más que una imagen y cicatrices. Más que teoría. Más que cualquier pretensión o estándar.
No lleno huecos ni saco clavos.
Sólo soy un instante, un grano de arena. Creo, a mi entender, que soy más de lo que soy y más de lo que pretendes ver.
A veces vuelvo
Estás ahí, como extrañándote, pensando no sé que cosa. Revolviendo un mejunje de recuerdos y añorando que el mundo no sepa de vos. Extasiada con la idea de despertarte en un lugar que no sea tu lugar y de recorrer bastos caminos inciertos. Andas buscándote, quién sabe por donde, con la esperanza de encontrarte a la vuelta de la esquina. A veces te levantas un poco viva, a veces un poco muerta. No toleras tu intolerancia y te parece injusto que alguien tenga que lidiar con eso; cedes al tormento de no ser un tormento para el resto y te enervas. Estás ahogándote y no entendes esa inercia tosca de apostar por derrotas seguras.
Rezongas, una vez más y volves a empezar.
Rezongas, una vez más y volves a empezar.
Pesó
Te pesa el alma y no hay vuelta atrás.
Intentas agarrarte de una pared insulsa, pero caes en un círculo monstruoso y el golpe es tan duro que quedas inerte.
Esos ojos ya no son tus ojos, el brillo se apagó y no hay manera de explicar el cataclismo interno que te acompaña.
Colapsas de emociones e inestabilidades. Inventas salidas que no existen y recurrís al autoengaño. Te prometes que el mañana es una nueva oportunidad, pero no entendiste (o no queres aceptar) que estás en una regresión infinita y mortal.
Intentas agarrarte de una pared insulsa, pero caes en un círculo monstruoso y el golpe es tan duro que quedas inerte.
Esos ojos ya no son tus ojos, el brillo se apagó y no hay manera de explicar el cataclismo interno que te acompaña.
Colapsas de emociones e inestabilidades. Inventas salidas que no existen y recurrís al autoengaño. Te prometes que el mañana es una nueva oportunidad, pero no entendiste (o no queres aceptar) que estás en una regresión infinita y mortal.
Hace un tiempo..
Transmuté.
Y en algún momento fui lo que siempre quise y no lo valoré; ese vicio humano de percibir lo bueno una vez que ya no está.
Voluble sentimental, capaz de comprar utopía finita y descartable.
Transmuté y fue inevitable, porque en lo estático no hay impulso, no hay vida. Me creí flecha de gran dimensión y me lancé. Espejismo que me llamó y me hizo sentir libre. Una falacia.
Transmuté y perdí inocencia, pero también gané carácter y decisión. Pagué el precio del desconocimiento. Salí, me golpeé, me lancé y sigo así, en pleno vuelo.
Y en algún momento fui lo que siempre quise y no lo valoré; ese vicio humano de percibir lo bueno una vez que ya no está.
Voluble sentimental, capaz de comprar utopía finita y descartable.
Transmuté y fue inevitable, porque en lo estático no hay impulso, no hay vida. Me creí flecha de gran dimensión y me lancé. Espejismo que me llamó y me hizo sentir libre. Una falacia.
Transmuté y perdí inocencia, pero también gané carácter y decisión. Pagué el precio del desconocimiento. Salí, me golpeé, me lancé y sigo así, en pleno vuelo.
No se culpe a nadie
Pensamiento abrupto, consecuencia directa de un cuento (Final del juego).
Cuando un sentimiento queda corto y te tomas el atrevimiento de llenarlo (a toda costa) es como agregarle puntos suspensivos a algo que merece punto final. Creo. «No se culpe a nadie... De nuestra propia lucha (interna)»
Cuando un sentimiento queda corto y te tomas el atrevimiento de llenarlo (a toda costa) es como agregarle puntos suspensivos a algo que merece punto final. Creo. «No se culpe a nadie... De nuestra propia lucha (interna)»
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