No suelo hacer un balance de fin de año porque me resulta absurdo concebir 365 días de oportunidades y desaciertos en pocas palabras. Sin embargo, de alguna u otra manera mi subconsciente me hace volver atrás, mirar sobre mi hombro y entender cuales fueron mis pasos.
De a momentos me convenzo que hurgar sobre lo irreversible es nocivo, pero el ser humano se encapricha con las mismas piedras y no soy la excepción. Sí algo me caracteriza ferozmente es la terquedad de no aprender de los errores; me aficiono con abrazar la ruina y la miseria. También me doy cuenta que las rachas me enseñaron a forjar un carácter impoluto frente a las adversidades; me planto, entierro los pies y riño contra la vida. Vacilo, me pega y con pasos melancólicos no coincidimos. Parece una lucha de nunca acabar. No lo puedo discutir: es una buena contrincante; seduce y promete más de lo que puede dar. Extiende ilusiones y mi banalidad las cree. Caigo y me levanto. Porque aceptar es una de las cualidades que se apropio de mí. Asumir porque es así, porque no hay razones.
También es cierto que batallo conmigo misma y me contradigo cada vez que tengo la oportunidad. Asumo, pero me cuestiono. Y en esa rueda nociva gana la demencia; en ese circulo vicioso toco fondo y repunto. Y me sorprendo de tanta tolerancia. Aprendí a coleccionar problemas propios y ajenos, los escondo como objetos invaluables para finalmente descubrir que son basura. Roña humana.
Y en esta balanza imaginaria suelo definir a cada año en una palabra, un concepto o una definición. Pero el sentimiento me excede para expresar algo tan inmenso. Soy una bomba, un menjunje de cosas y circunstancias. La inestabilidad me corre por las venas y vuelo tan alto que no puedo retenerme. Simplemente me dejo ser.
Este ciclo trastornado me ensalzó de expectativas, de proyectos y metas personales (que algunas concluí por mi necedad). Otros objetivos quedaron en el camino o fueron ofuscados por las rachas; la mala racha.
No creo en ningún ser superior, me niego a creer que una divinidad disfruta de tantas injurias e injusticias humanas. Así que le doy la posibilidad de no existir, para sentirme menos defraudada. A mi entender, la vida está conformada por decisiones, buenas y malas. Accionares impulsivos, omitidos, reprimidos y pensados más de la cuenta. Somos eso. Lo que hicimos, lo que pudimos haber hecho, lo que reprimimos o lo que exigimos. Somos pasos en la adversidad finita de vivir. Y como dije, no podemos nutrirnos del pensamiento inagotable, de pensar por pensar, de volver sobre lo que fuimos y lo que no dimos.
¿Y en quién me trasformé? No lo sé. Me desconozco cada dos por tres. No soy lo que fui ni mute en otra cosa o persona. Sólo sé que Galeano lo describió perfectamente en un texto llamado “La pálida”; mis certezas desayunan dudas y hay días en los que me siento extranjera. “En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie… Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado”.
No sé si es mala racha, pero vivo en un limbo inexplicable en donde piso por pisar, sólo porque corresponde. Franqueo un estado de transición que parece infinito, cuatro paredes inquebrantables que me quitan el aliento. Y con un nudo en la garganta lo acepto, porque es una etapa (o ciegamente intento creerlo), y tarde o temprano, todo eso que parece absorberme va a dejar que vuelva ser ese “alguien” que se perdió en algún rincón.
Sé que siempre “puede ser peor” y doy fe de eso, porque aprendí que si te pegan de un lado, pueden golpear con más fuerza del otro. Así que riño con algo que no entiendo o no llegué a descubrir. Peleo con un monstruo indescifrable que se esconde en mis pupilas; en mi cabeza.
No pido ilusiones ni panoramas desbordantes, sé que la gracia de este juego es el camino que forjamos. Sólo exijo una tregua, un grito, un aliento o un motivo para dar un buen golpe. Un impulso que logre resignificar todo lo demás; algo sólido que permita afirmarme y detener está caída en picada hacia la mismísima nada.
Por el momento, sobrevivo.
♦
16 de diciembre de 2015
15 de julio de 2015
Siento
Algo me perturba, me inquieta y me sumerge en un hueco sombrío.
Indescriptible y nefasto. Busco respuestas en un vacío infinito y no
encuentro nada. Es como sí intentara depositar un razonamiento a todo lo que me pasa, me atraviesa o me impacienta.
No entiendo porqué los
acontecimientos se desenvuelven como se desenvuelven ni cuál es la equidad de
las injurias que me atormentan. Veo pasos atolondrados y aciertos ajenos, veo
progresos en donde no corresponden y retrocesos en circunstancias inhóspitas.
Veo una rosca que gira hacia un destino incierto, lúgubre y pesado. No sé exactamente lo que
siento, pero lo siento; una fuerza marchita y perversa que me carcome. Avanza agazapante hasta los recovecos más profundos de mí alma; los
corroe sin piedad. Me transformo en personaje de escena recurrente. Un rostro imperturbable,
una espalda firme y ojos de muerte; oscuros, siniestros y heridos. Hay un eco que retumban en pupilas y se exaspera, pero nadie lo escucha.
Viaje perpetuo
“Tengo los ojos cerrados, ya no me quiero ni
ver. Aunque me hablen de al lado no entiendo. Tengo el cerebro quemado, no
recuerdo qué hice ayer. Ya no me importa si agrado, lo siento. Y a me cansé de
decirles que esto no es vida. No me retengan en vano, voy a subirme a ese tren.
Quiero tomarte la mano, no miento...”
Fotos: Rocanrol del país (Sergio Mussini)
No entiendo porqué busco
un mundo que sea insensato; un rincón que se aparte de lo habitual. Capaz ese
lugar sea una construcción social o propia. Me imagino retazos de perfección
conformando un “todo”, un algo que no se puede explicar; un todo que desborde
el alma. Quizá sea por eso que lo busco, para sentir esa esencia. Esa “cosa”
que está en el imaginario, tan volátil e inexistente. Es tan irreal que se
siente, sucumbe las ideas con terquedad; las azota ciegamente. Ese anhelo me
deja sin aliento, la percepción de lo irrepetible, lo único. La pesadumbre o la
grandeza de lo eterno.
Sueño con un viaje
infinito y cadenas que sulfuran al compás de mi impaciencia. Siento cómo la
memoria tiene vuelcos repentinos, ávida del pasado. No avanza y pelea con está desazón
interna. El cuerpo pide extensas rutas de experiencia, las exige a pesar de mi corta
edad. No es un intento de carbonizar etapas, sino conseguir un movimiento
perpetuo. Concibo lo estático como un estado de transición; la base de
aprendizaje que impulsa a un vuelo desorbitarte; pero me resulta una idea
cliché, un consuelo para los descarrilados; los salvajes que buscamos
redescubrir quiénes somos constantemente. Obligados a escarbar una línea de
progreso que no existe y que no marca altibajos.
Visualizo mis pies
vulnerables, un tanto inseguros y no los culpo. Amagan, dan un paso, quizá dos
y retroceden. Repiten la secuencia una y otra vez, la mente les gana en
silencio, ellos obedecen. De a momentos me canso de esa sucesión inútil,
reiterativa y que no me lleva a ningún lado. Y ahí está el problema: no me
muevo hacia ningún punto. Volver sobre mis pasos es punzante, sirve para
escarbar, aprender y no volver a repetir los mismos errores, pero sobre todo es
dañino. Avanzar es incierto, pero me gusta. La adrenalina me seduce y la
escucho, asiento anonadada con la cabeza y no me importa sí voy a salir lastimada.
Así estoy, dos décadas corroída,
pero empecinada en delimitar un antes y un después. Buscando ese punto de
inflexión que me demuestre un mundo real, con matices y no como una bolsa de
injurias; un mar denso que ahoga con sólo mirarlo.
Me convenzo de que el
camino está ensamblado por pequeños pasos, y que al final, marcan una
diferencia. Mi diferencia. Y no lo hago por ellos; sino por mi. El único
redescubrimiento que intento “consolidar” es el de mi postura frente al mundo y
no viceversa, porque el ser humano ya me enseñó sus atrocidades; hipocresía, cruda
maldad, codicia, y la peor de todas: la soberbia. Pero no estoy exenta de todo
eso. Soy parte del conglomerado, del paisaje surrealista; del mundo. Tengo mis
miserias y quizá las peores banalidades, pero también soy el pez muerto que
nada contra la corriente. Puedo ser todo y a la vez nada, y no es una virtud;
es una condena.
Me encuentro frente a un
cartel que dice “Mucho más feliz” y sospecho; no sobre la decisión que tomé, sino
del transfondo de las mismas. A simple vista parece la típica “escapada” de fin
de semana, amigas, comida, recital y extensas rutas de nada. Sin embargo, las
acciones que llevo a cabo siempre están determinadas por algo. Sí me escapo es
porque vivo en una jauría, una rutina aniquilante. Pero no es un mal personal,
sino de alcance masivo, soy consiente. Tarde o temprano todos sufren esa
infección mental (que después repercute en lo físico). Así que no voy a recaer
en párrafos extensos de algo que todos conocen como la palma de la mano. Es
simplemente un factor de los veinte que me entorpecen.
Así que las cuatro hacemos
un acuerdo común: escaparnos de los problemas (en realidad, relajarnos un poco,
porque entendemos que van a seguir ahí, latentes y expectantes). El convenio de
ocuparnos un rato de lo otro, básicamente de “vivir” y disfrutar. Por tres días
están prohibidas las reflexiones, y en caso de hacerlas deben derivar o
concluir en risas.
Desligarme de capital,
aunque sea por un rato, es un placer que excede las palabras. Sí bien es la
ciudad que me está dando todas las oportunidades, también es la fiera que mete
púas. Y así como saca, retribuye, y todavía no aprendí a sobrevivir en esa
inestabilidad. Supongo que es algo que se adquiere con los años.
Avanzamos en la
profundidad de la noche; no somos consientes de lo que dejamos atrás, o tal vez
sí y no lo queremos ver. Es una sensación rara; avanzamos, no sólo de manera
literal, sino que seguimos adelante a pesar de todo lo que atravesamos. Rosario
es un poco de eso: poner un freno al estado de desequilibrio para mirarnos los
pies, analizar las cosas que nos liman el alma, y finalmente soltarlas.
Cuando uno es feliz, “Mucho
más feliz” de lo que es habitualmente, el tiempo pasa volando. Se te escapa de
las manos con una brutalidad que asusta. Y creo que, los retazos de perfección
que conforman “ese todo”, se resumen en momentos. Estar sentada, degustar
empanadas caseras y olvidarme de lo nocivo (porque ni siquiera se te cruza por
la cabeza), se resumen en ESE momento. Creo que mi anhelo justamente es que
dure una eternidad, pero lo bueno viene en frasco chico, se lo lleva el viento
y tarda en llegar (Los típicos clichés de autoayuda, que sinceramente no
entiendo porqué los catalogan así. A mi sólo me desalientan).
Ahí estaba, encontrando
mi punto de inflexión, pequeño e inmenso. Quizá mediocre para algunos, y todo un
mundo para mí. No son las cosas materiales, sino las personas. No es el viaje,
sino redescubrirse; plantarse y decir “quiero esto para toda mi vida”, el
movimiento, la independencia y el cruce decidido a lo desconocido.
La resaca laboral no iba
a disminuir el entusiasmo ni las energías. Ese viernes 19 de junio volví a
recontraerme (un poco) conmigo misma. A pesar de que pisamos el asfalto a las
dos de la mañana, eso no nos desalentó e intentamos hacerle honor a nuestra
juventud: brindamos por lo que estaba pasando, por el camino casual que nos
llevó hacia ese lugar y hacia esas personas.
Aprendimos los gajes de
cada una, por lo menos desde una perspectiva más comprometida y con cierta calidez, de esa que se extingue entre
tanta vorágine. Dimos palabras crudas cuando fueron necesarias y aprovechamos
el “momento” a nuestra medida. Fuimos hermanas; hermanas de la vida.
Ese 20 de junio miramos
el cielo un poco olvidado y el día resplandeció con cierta particularidad. Nos
abrazamos a la tibieza del pasto y reñimos contra el frío otoñal mientras en el
aire se hacía historia; discursos, palabras, himnos y euforia por doquier. Por
un momento nos convertimos en partícipes de esa fábula nacional, bien
Argentina.
Se escucharon voces
estrepitosas que clamaban por una década ganada, pero nosotras estábamos en
nuestro mundo, deleitando aquella libertad implícita, con palabras, silencios y
muecas. Encontré mi punto de inflexión entre todo ese bullicio; el anhelo de
escaparme de mí propia persona y del mundo. En esa posición sólo fui una mente
aislada y no tuve que darle explicaciones a nadie ni mucho menos sentir la
presión de los ojos externos. Disfruté los minutos con la certera percepción de
que eran únicos; consiente de su fugacidad y decisión abrupta.
Avanza, porque a pesar
de todo “el tiempo otra vez avanza”. Sin embargo, de un momento a otro perdí el
aliento y palpité cierta desesperación interna: esa libertad era temporal y en
un suspiro, la única obligación sería retomar la marcha, volver a lo de antes;
volver a lo corrosivo. Traté de que esa psicosis realista (no pesimista) se desplazara
a segundo plano y enfoqué toda mi energía en aprovechar ese lapso de ensueño.
El sol sucumbió por la
inercia del día y eso nos dio la pauta para seguir nuestro camino; el punto terminante
de Rosario: el recital y la euforia de mil voces unidas por una misma sintonía;
voces convertidas en un eco atroz.
La escenografía recreó
su octavo y último disco: relojes por doquier, instrumentos postrados y luces
que clamaban en silencio ser prendidas. Los murmullos esperaron impacientes y
las banderas se agitaron con cierto frenesí. La hora se aletargó y la ansiedad
permaneció intacta. El grupo telonero “Boomerang”, con impronta uruguaya, supo
calmar las aguas, pero en el aire se sentía la exigencia.
“No te va… No te va… No
te va a gustar”
Unos minutos antes de
las diez de la noche los nueve integrantes caminaron sigilosos, pero con total
seguridad. Enterraron los pies y se deleitaron con ese horizonte extenso de
almas…
“Un día no se quiso levantar de la cama, no
tengo idea por qué. Muy lejos de hacerse drama a su trabajo no fue… Lo raro es
que a ninguno nos dijo nada, no habrá querido alarmar. Tal vez lo que no se
imaginaba es que se lo fuera a extraña…”
El
recuerdo de Marcel Curuchet vibró en la voz de Emiliano Brancciari, y el
público respondió con la misma fuerza. No hubo respiro. El show continuó de la
misma manera: potente, sanguíneo y emotivo.
Se pasó de la congoja al
éxtasis en cuestión de segundos. El eco no dejó de crecer y la conexión fue
evidente. Más de dos horas y media de pura vitalidad y expectativas ampliamente
superadas.
Quizá
esa transición fue fugaz e imperceptible, pero entre la multitud, cuatro almas se
despidieron de Rosario con cierta melancolía, conscientes de que esa
experiencia no quedaría en la “memoria del olvido”.
7 de julio de 2015
El petiso orejudo, un estigma social
En la memoria colectiva resuena un eco estrepitoso; un relato convencional que parece único y extraordinario. Se impone con total demencia a través de los años, sigiloso e impune, de boca en boca, como una leyenda urbana. Quizá ese fue el anhelo de Cayetano Santos Godino: ser recordado, sin importar cómo o de qué manera a lo largo de muchas generaciones; dejar una huella inquebrantable, sin caducidad.
11 de junio de 2015
6 de febrero de 2015
La ciudad de la indiferencia
Paradójico
es todo lo que esconde una contradicción, es lo inverosímil, lo absurdo, pero
también lo extraño; una realidad que parece verdadera y se contradice sola, que
empuja el sentido común hacia un hueco inhóspito. Es un poderoso estímulo para
la reflexión, ignorado y finalmente desdibujado por la desidia humana. Las
paradojas son las vetas que la rutina esconde para ser olvidadas y que están distribuidas
proporcionalmente a lo largo de toda la ciudad; presentes y enmascaradas por el
velo “inigualable” de la urbanización.
Personas
rebosantes en la noche porteña que disfrutan del ocio o que simplemente
terminan un arduo día laboral, inmutadas de la periferia y atentas a mantener
estable su “espacio vital”. A escasos metros, un grupo de indigentes busca
atención; una moneda suelta, una pequeña contribución que pueda representar un
cambio. De un momento a otro la perspectiva se perturba y los individuos se
plantean una nueva polémica sobre qué hacer en esos casos. ¿Hay circunstancias
en las que conviene dar o simplemente se genera un “mal vicio”? ¿Puede una
práctica habitual volverse perpetúa o una mala costumbre?
Aparentemente
algunos consideran que ese acto representa reafirmar roles, del que da y el que
recibe, y que el problema no se resuelve con proporcionar plata. Cuando se
intenta ayudar, especialmente cuando hay menores involucrados, se percibe
cierta culpa por ser participe o cómplice de su extorsión infantil. A muchos
otros se les cruza la frase “no les des
pescado, enséñales a pescar” y ven como opción más viable dar a
organizaciones que trabajan directamente con ellos. No falta quien afirma que
en esas circunstancias, el gran porcentaje de “solidarios” sólo utilizan la
ocasión para lavar culpas y la propia conciencia.
Sin
embargo, es complicado trazar una línea y ser inflexible con el “cuando sí o
cuando no”. Más allá de los casos particulares, es más aberrante notar que esa apatía
e indiferencia se traslada a todos los ámbitos de la vida; un estado afectivo
neutral con un “radio visual” que se limita a los propios pies.
Este
error básico de la mente conduce a una anestesia afectiva, frialdad emocional y
una actitud neurótica; consecuencias del posible temor que implica involucrarse
con un tercero: ser menospreciado, desconsiderado, herido o prejuzgado.
Lamentablemente,
quienes incorporen está ceguera a su personalidad nunca podrán medir las
necesidades de sus pares y/o semejantes; se mantendrán al margen y permanecerán
inactivos con un argumento alborotado de excusas.
En
definitiva la peor situación no es el odio, el rencor o la ira, sino la
nulidad, el hablar por hablar, el estar rodeado de personas que no prestan
atención, y que finalmente, mueren en su propia percepción del mundo.
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