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15 de julio de 2015

Viaje perpetuo

Tengo los ojos cerrados, ya no me quiero ni ver. Aunque me hablen de al lado no entiendo. Tengo el cerebro quemado, no recuerdo qué hice ayer. Ya no me importa si agrado, lo siento. Y a me cansé de decirles que esto no es vida. No me retengan en vano, voy a subirme a ese tren. Quiero tomarte la mano, no miento...  

  
Fotos: Rocanrol del país (Sergio Mussini) 

No entiendo porqué busco un mundo que sea insensato; un rincón que se aparte de lo habitual. Capaz ese lugar sea una construcción social o propia. Me imagino retazos de perfección conformando un “todo”, un algo que no se puede explicar; un todo que desborde el alma. Quizá sea por eso que lo busco, para sentir esa esencia. Esa “cosa” que está en el imaginario, tan volátil e inexistente. Es tan irreal que se siente, sucumbe las ideas con terquedad; las azota ciegamente. Ese anhelo me deja sin aliento, la percepción de lo irrepetible, lo único. La pesadumbre o la grandeza de lo eterno. 

Sueño con un viaje infinito y cadenas que sulfuran al compás de mi impaciencia. Siento cómo la memoria tiene vuelcos repentinos, ávida del pasado. No avanza y pelea con está desazón interna. El cuerpo pide extensas rutas de experiencia, las exige a pesar de mi corta edad. No es un intento de carbonizar etapas, sino conseguir un movimiento perpetuo. Concibo lo estático como un estado de transición; la base de aprendizaje que impulsa a un vuelo desorbitarte; pero me resulta una idea cliché, un consuelo para los descarrilados; los salvajes que buscamos redescubrir quiénes somos constantemente. Obligados a escarbar una línea de progreso que no existe y que no marca altibajos. 

Visualizo mis pies vulnerables, un tanto inseguros y no los culpo. Amagan, dan un paso, quizá dos y retroceden. Repiten la secuencia una y otra vez, la mente les gana en silencio, ellos obedecen. De a momentos me canso de esa sucesión inútil, reiterativa y que no me lleva a ningún lado. Y ahí está el problema: no me muevo hacia ningún punto. Volver sobre mis pasos es punzante, sirve para escarbar, aprender y no volver a repetir los mismos errores, pero sobre todo es dañino. Avanzar es incierto, pero me gusta. La adrenalina me seduce y la escucho, asiento anonadada con la cabeza y no me importa sí voy a salir lastimada. 

Así estoy, dos décadas corroída, pero empecinada en delimitar un antes y un después. Buscando ese punto de inflexión que me demuestre un mundo real, con matices y no como una bolsa de injurias; un mar denso que ahoga con sólo mirarlo. 

Me convenzo de que el camino está ensamblado por pequeños pasos, y que al final, marcan una diferencia. Mi diferencia. Y no lo hago por ellos; sino por mi. El único redescubrimiento que intento “consolidar” es el de mi postura frente al mundo y no viceversa, porque el ser humano ya me enseñó sus atrocidades; hipocresía, cruda maldad, codicia, y la peor de todas: la soberbia. Pero no estoy exenta de todo eso. Soy parte del conglomerado, del paisaje surrealista; del mundo. Tengo mis miserias y quizá las peores banalidades, pero también soy el pez muerto que nada contra la corriente. Puedo ser todo y a la vez nada, y no es una virtud; es una condena. 

Me encuentro frente a un cartel que dice “Mucho más feliz” y sospecho; no sobre la decisión que tomé, sino del transfondo de las mismas. A simple vista parece la típica “escapada” de fin de semana, amigas, comida, recital y extensas rutas de nada. Sin embargo, las acciones que llevo a cabo siempre están determinadas por algo. Sí me escapo es porque vivo en una jauría, una rutina aniquilante. Pero no es un mal personal, sino de alcance masivo, soy consiente. Tarde o temprano todos sufren esa infección mental (que después repercute en lo físico). Así que no voy a recaer en párrafos extensos de algo que todos conocen como la palma de la mano. Es simplemente un factor de los veinte que me entorpecen.

Así que las cuatro hacemos un acuerdo común: escaparnos de los problemas (en realidad, relajarnos un poco, porque entendemos que van a seguir ahí, latentes y expectantes). El convenio de ocuparnos un rato de lo otro, básicamente de “vivir” y disfrutar. Por tres días están prohibidas las reflexiones, y en caso de hacerlas deben derivar o concluir en risas.

Desligarme de capital, aunque sea por un rato, es un placer que excede las palabras. Sí bien es la ciudad que me está dando todas las oportunidades, también es la fiera que mete púas. Y así como saca, retribuye, y todavía no aprendí a sobrevivir en esa inestabilidad. Supongo que es algo que se adquiere con los años. 

Avanzamos en la profundidad de la noche; no somos consientes de lo que dejamos atrás, o tal vez sí y no lo queremos ver. Es una sensación rara; avanzamos, no sólo de manera literal, sino que seguimos adelante a pesar de todo lo que atravesamos. Rosario es un poco de eso: poner un freno al estado de desequilibrio para mirarnos los pies, analizar las cosas que nos liman el alma, y finalmente soltarlas.

Cuando uno es feliz, “Mucho más feliz” de lo que es habitualmente, el tiempo pasa volando. Se te escapa de las manos con una brutalidad que asusta. Y creo que, los retazos de perfección que conforman “ese todo”, se resumen en momentos. Estar sentada, degustar empanadas caseras y olvidarme de lo nocivo (porque ni siquiera se te cruza por la cabeza), se resumen en ESE momento. Creo que mi anhelo justamente es que dure una eternidad, pero lo bueno viene en frasco chico, se lo lleva el viento y tarda en llegar (Los típicos clichés de autoayuda, que sinceramente no entiendo porqué los catalogan así. A mi sólo me desalientan).

Ahí estaba, encontrando mi punto de inflexión, pequeño e inmenso. Quizá mediocre para algunos, y todo un mundo para mí. No son las cosas materiales, sino las personas. No es el viaje, sino redescubrirse; plantarse y decir “quiero esto para toda mi vida”, el movimiento, la independencia y el cruce decidido a lo desconocido. 

La resaca laboral no iba a disminuir el entusiasmo ni las energías. Ese viernes 19 de junio volví a recontraerme (un poco) conmigo misma. A pesar de que pisamos el asfalto a las dos de la mañana, eso no nos desalentó e intentamos hacerle honor a nuestra juventud: brindamos por lo que estaba pasando, por el camino casual que nos llevó hacia ese lugar y hacia esas personas. 

Aprendimos los gajes de cada una, por lo menos desde una perspectiva más comprometida y con  cierta calidez, de esa que se extingue entre tanta vorágine. Dimos palabras crudas cuando fueron necesarias y aprovechamos el “momento” a nuestra medida. Fuimos hermanas; hermanas de la vida.

Ese 20 de junio miramos el cielo un poco olvidado y el día resplandeció con cierta particularidad. Nos abrazamos a la tibieza del pasto y reñimos contra el frío otoñal mientras en el aire se hacía historia; discursos, palabras, himnos y euforia por doquier. Por un momento nos convertimos en partícipes de esa fábula nacional, bien Argentina.

Se escucharon voces estrepitosas que clamaban por una década ganada, pero nosotras estábamos en nuestro mundo, deleitando aquella libertad implícita, con palabras, silencios y muecas. Encontré mi punto de inflexión entre todo ese bullicio; el anhelo de escaparme de mí propia persona y del mundo. En esa posición sólo fui una mente aislada y no tuve que darle explicaciones a nadie ni mucho menos sentir la presión de los ojos externos. Disfruté los minutos con la certera percepción de que eran únicos; consiente de su fugacidad y decisión abrupta. 

Avanza, porque a pesar de todo “el tiempo otra vez avanza”. Sin embargo, de un momento a otro perdí el aliento y palpité cierta desesperación interna: esa libertad era temporal y en un suspiro, la única obligación sería retomar la marcha, volver a lo de antes; volver a lo corrosivo. Traté de que esa psicosis realista (no pesimista) se desplazara a segundo plano y enfoqué toda mi energía en aprovechar ese lapso de ensueño.

El sol sucumbió por la inercia del día y eso nos dio la pauta para seguir nuestro camino; el punto terminante de Rosario: el recital y la euforia de mil voces unidas por una misma sintonía; voces convertidas en un eco atroz.

La escenografía recreó su octavo y último disco: relojes por doquier, instrumentos postrados y luces que clamaban en silencio ser prendidas. Los murmullos esperaron impacientes y las banderas se agitaron con cierto frenesí. La hora se aletargó y la ansiedad permaneció intacta. El grupo telonero “Boomerang”, con impronta uruguaya, supo calmar las aguas, pero en el aire se sentía la exigencia.  

“No te va… No te va… No te va a gustar”

Unos minutos antes de las diez de la noche los nueve integrantes caminaron sigilosos, pero con total seguridad. Enterraron los pies y se deleitaron con ese horizonte extenso de almas…

Un día no se quiso levantar de la cama, no tengo idea por qué. Muy lejos de hacerse drama a su trabajo no fue… Lo raro es que a ninguno nos dijo nada, no habrá querido alarmar. Tal vez lo que no se imaginaba es que se lo fuera a extraña…

            El recuerdo de Marcel Curuchet vibró en la voz de Emiliano Brancciari, y el público respondió con la misma fuerza. No hubo respiro. El show continuó de la misma manera: potente, sanguíneo y emotivo. 

Se pasó de la congoja al éxtasis en cuestión de segundos. El eco no dejó de crecer y la conexión fue evidente. Más de dos horas y media de pura vitalidad y expectativas ampliamente superadas.

            Quizá esa transición fue fugaz e imperceptible, pero entre la multitud, cuatro almas se despidieron de Rosario con cierta melancolía, conscientes de que esa experiencia no quedaría en la “memoria del olvido”.


 

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