Fotos: Rocanrol del país (Sergio Mussini)
No entiendo porqué busco
un mundo que sea insensato; un rincón que se aparte de lo habitual. Capaz ese
lugar sea una construcción social o propia. Me imagino retazos de perfección
conformando un “todo”, un algo que no se puede explicar; un todo que desborde
el alma. Quizá sea por eso que lo busco, para sentir esa esencia. Esa “cosa”
que está en el imaginario, tan volátil e inexistente. Es tan irreal que se
siente, sucumbe las ideas con terquedad; las azota ciegamente. Ese anhelo me
deja sin aliento, la percepción de lo irrepetible, lo único. La pesadumbre o la
grandeza de lo eterno.
Sueño con un viaje
infinito y cadenas que sulfuran al compás de mi impaciencia. Siento cómo la
memoria tiene vuelcos repentinos, ávida del pasado. No avanza y pelea con está desazón
interna. El cuerpo pide extensas rutas de experiencia, las exige a pesar de mi corta
edad. No es un intento de carbonizar etapas, sino conseguir un movimiento
perpetuo. Concibo lo estático como un estado de transición; la base de
aprendizaje que impulsa a un vuelo desorbitarte; pero me resulta una idea
cliché, un consuelo para los descarrilados; los salvajes que buscamos
redescubrir quiénes somos constantemente. Obligados a escarbar una línea de
progreso que no existe y que no marca altibajos.
Visualizo mis pies
vulnerables, un tanto inseguros y no los culpo. Amagan, dan un paso, quizá dos
y retroceden. Repiten la secuencia una y otra vez, la mente les gana en
silencio, ellos obedecen. De a momentos me canso de esa sucesión inútil,
reiterativa y que no me lleva a ningún lado. Y ahí está el problema: no me
muevo hacia ningún punto. Volver sobre mis pasos es punzante, sirve para
escarbar, aprender y no volver a repetir los mismos errores, pero sobre todo es
dañino. Avanzar es incierto, pero me gusta. La adrenalina me seduce y la
escucho, asiento anonadada con la cabeza y no me importa sí voy a salir lastimada.
Así estoy, dos décadas corroída,
pero empecinada en delimitar un antes y un después. Buscando ese punto de
inflexión que me demuestre un mundo real, con matices y no como una bolsa de
injurias; un mar denso que ahoga con sólo mirarlo.
Me convenzo de que el
camino está ensamblado por pequeños pasos, y que al final, marcan una
diferencia. Mi diferencia. Y no lo hago por ellos; sino por mi. El único
redescubrimiento que intento “consolidar” es el de mi postura frente al mundo y
no viceversa, porque el ser humano ya me enseñó sus atrocidades; hipocresía, cruda
maldad, codicia, y la peor de todas: la soberbia. Pero no estoy exenta de todo
eso. Soy parte del conglomerado, del paisaje surrealista; del mundo. Tengo mis
miserias y quizá las peores banalidades, pero también soy el pez muerto que
nada contra la corriente. Puedo ser todo y a la vez nada, y no es una virtud;
es una condena.
Me encuentro frente a un
cartel que dice “Mucho más feliz” y sospecho; no sobre la decisión que tomé, sino
del transfondo de las mismas. A simple vista parece la típica “escapada” de fin
de semana, amigas, comida, recital y extensas rutas de nada. Sin embargo, las
acciones que llevo a cabo siempre están determinadas por algo. Sí me escapo es
porque vivo en una jauría, una rutina aniquilante. Pero no es un mal personal,
sino de alcance masivo, soy consiente. Tarde o temprano todos sufren esa
infección mental (que después repercute en lo físico). Así que no voy a recaer
en párrafos extensos de algo que todos conocen como la palma de la mano. Es
simplemente un factor de los veinte que me entorpecen.
Así que las cuatro hacemos
un acuerdo común: escaparnos de los problemas (en realidad, relajarnos un poco,
porque entendemos que van a seguir ahí, latentes y expectantes). El convenio de
ocuparnos un rato de lo otro, básicamente de “vivir” y disfrutar. Por tres días
están prohibidas las reflexiones, y en caso de hacerlas deben derivar o
concluir en risas.
Desligarme de capital,
aunque sea por un rato, es un placer que excede las palabras. Sí bien es la
ciudad que me está dando todas las oportunidades, también es la fiera que mete
púas. Y así como saca, retribuye, y todavía no aprendí a sobrevivir en esa
inestabilidad. Supongo que es algo que se adquiere con los años.
Avanzamos en la
profundidad de la noche; no somos consientes de lo que dejamos atrás, o tal vez
sí y no lo queremos ver. Es una sensación rara; avanzamos, no sólo de manera
literal, sino que seguimos adelante a pesar de todo lo que atravesamos. Rosario
es un poco de eso: poner un freno al estado de desequilibrio para mirarnos los
pies, analizar las cosas que nos liman el alma, y finalmente soltarlas.
Cuando uno es feliz, “Mucho
más feliz” de lo que es habitualmente, el tiempo pasa volando. Se te escapa de
las manos con una brutalidad que asusta. Y creo que, los retazos de perfección
que conforman “ese todo”, se resumen en momentos. Estar sentada, degustar
empanadas caseras y olvidarme de lo nocivo (porque ni siquiera se te cruza por
la cabeza), se resumen en ESE momento. Creo que mi anhelo justamente es que
dure una eternidad, pero lo bueno viene en frasco chico, se lo lleva el viento
y tarda en llegar (Los típicos clichés de autoayuda, que sinceramente no
entiendo porqué los catalogan así. A mi sólo me desalientan).
Ahí estaba, encontrando
mi punto de inflexión, pequeño e inmenso. Quizá mediocre para algunos, y todo un
mundo para mí. No son las cosas materiales, sino las personas. No es el viaje,
sino redescubrirse; plantarse y decir “quiero esto para toda mi vida”, el
movimiento, la independencia y el cruce decidido a lo desconocido.
La resaca laboral no iba
a disminuir el entusiasmo ni las energías. Ese viernes 19 de junio volví a
recontraerme (un poco) conmigo misma. A pesar de que pisamos el asfalto a las
dos de la mañana, eso no nos desalentó e intentamos hacerle honor a nuestra
juventud: brindamos por lo que estaba pasando, por el camino casual que nos
llevó hacia ese lugar y hacia esas personas.
Aprendimos los gajes de
cada una, por lo menos desde una perspectiva más comprometida y con cierta calidez, de esa que se extingue entre
tanta vorágine. Dimos palabras crudas cuando fueron necesarias y aprovechamos
el “momento” a nuestra medida. Fuimos hermanas; hermanas de la vida.
Ese 20 de junio miramos
el cielo un poco olvidado y el día resplandeció con cierta particularidad. Nos
abrazamos a la tibieza del pasto y reñimos contra el frío otoñal mientras en el
aire se hacía historia; discursos, palabras, himnos y euforia por doquier. Por
un momento nos convertimos en partícipes de esa fábula nacional, bien
Argentina.
Se escucharon voces
estrepitosas que clamaban por una década ganada, pero nosotras estábamos en
nuestro mundo, deleitando aquella libertad implícita, con palabras, silencios y
muecas. Encontré mi punto de inflexión entre todo ese bullicio; el anhelo de
escaparme de mí propia persona y del mundo. En esa posición sólo fui una mente
aislada y no tuve que darle explicaciones a nadie ni mucho menos sentir la
presión de los ojos externos. Disfruté los minutos con la certera percepción de
que eran únicos; consiente de su fugacidad y decisión abrupta.
Avanza, porque a pesar
de todo “el tiempo otra vez avanza”. Sin embargo, de un momento a otro perdí el
aliento y palpité cierta desesperación interna: esa libertad era temporal y en
un suspiro, la única obligación sería retomar la marcha, volver a lo de antes;
volver a lo corrosivo. Traté de que esa psicosis realista (no pesimista) se desplazara
a segundo plano y enfoqué toda mi energía en aprovechar ese lapso de ensueño.
El sol sucumbió por la
inercia del día y eso nos dio la pauta para seguir nuestro camino; el punto terminante
de Rosario: el recital y la euforia de mil voces unidas por una misma sintonía;
voces convertidas en un eco atroz.
La escenografía recreó
su octavo y último disco: relojes por doquier, instrumentos postrados y luces
que clamaban en silencio ser prendidas. Los murmullos esperaron impacientes y
las banderas se agitaron con cierto frenesí. La hora se aletargó y la ansiedad
permaneció intacta. El grupo telonero “Boomerang”, con impronta uruguaya, supo
calmar las aguas, pero en el aire se sentía la exigencia.
“No te va… No te va… No
te va a gustar”
Unos minutos antes de
las diez de la noche los nueve integrantes caminaron sigilosos, pero con total
seguridad. Enterraron los pies y se deleitaron con ese horizonte extenso de
almas…
“Un día no se quiso levantar de la cama, no
tengo idea por qué. Muy lejos de hacerse drama a su trabajo no fue… Lo raro es
que a ninguno nos dijo nada, no habrá querido alarmar. Tal vez lo que no se
imaginaba es que se lo fuera a extraña…”
El
recuerdo de Marcel Curuchet vibró en la voz de Emiliano Brancciari, y el
público respondió con la misma fuerza. No hubo respiro. El show continuó de la
misma manera: potente, sanguíneo y emotivo.
Se pasó de la congoja al
éxtasis en cuestión de segundos. El eco no dejó de crecer y la conexión fue
evidente. Más de dos horas y media de pura vitalidad y expectativas ampliamente
superadas.
Quizá
esa transición fue fugaz e imperceptible, pero entre la multitud, cuatro almas se
despidieron de Rosario con cierta melancolía, conscientes de que esa
experiencia no quedaría en la “memoria del olvido”.
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