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16 de diciembre de 2015

Tregua

No suelo hacer un balance de fin de año porque me resulta absurdo concebir 365 días de oportunidades y desaciertos en pocas palabras. Sin embargo, de alguna u otra manera mi subconsciente me hace volver atrás, mirar sobre mi hombro y entender cuales fueron mis pasos.

De a momentos me convenzo que hurgar sobre lo irreversible es nocivo, pero el ser humano se encapricha con las mismas piedras y no soy la excepción. Sí algo me caracteriza ferozmente es la terquedad de no aprender de los errores; me aficiono con abrazar la ruina y la miseria. También me doy cuenta que las rachas me enseñaron a forjar un carácter impoluto frente a las adversidades; me planto, entierro los pies y riño contra la vida. Vacilo, me pega y con pasos melancólicos no coincidimos. Parece una lucha de nunca acabar. No lo puedo discutir: es una buena contrincante; seduce y promete más de lo que puede dar. Extiende ilusiones y mi banalidad las cree. Caigo y me levanto. Porque aceptar es una de las cualidades que se apropio de mí. Asumir porque es así, porque no hay razones.

También es cierto que batallo conmigo misma y me contradigo cada vez que tengo la oportunidad. Asumo, pero me cuestiono. Y en esa rueda nociva gana la demencia; en ese circulo vicioso toco fondo y repunto. Y me sorprendo de tanta tolerancia. Aprendí a coleccionar problemas propios y ajenos, los escondo como objetos invaluables para finalmente descubrir que son basura. Roña humana.

Y en esta balanza imaginaria suelo definir a cada año en una palabra, un concepto o una definición. Pero el sentimiento me excede para expresar algo tan inmenso. Soy una bomba, un menjunje de cosas y circunstancias. La inestabilidad me corre por las venas y vuelo tan alto que no puedo retenerme. Simplemente me dejo ser.

Este ciclo trastornado me ensalzó de expectativas, de proyectos y metas personales (que algunas concluí por mi necedad). Otros objetivos quedaron en el camino o fueron ofuscados por las rachas; la mala racha.

No creo en ningún ser superior, me niego a creer que una divinidad disfruta de tantas injurias e injusticias humanas. Así que le doy la posibilidad de no existir, para sentirme menos defraudada. A mi entender, la vida está conformada por decisiones, buenas y malas. Accionares impulsivos, omitidos, reprimidos y pensados más de la cuenta. Somos eso. Lo que hicimos, lo que pudimos haber hecho, lo que reprimimos o lo que exigimos. Somos pasos en la adversidad finita de vivir. Y como dije, no podemos nutrirnos del pensamiento inagotable, de pensar por pensar, de volver sobre lo que fuimos y lo que no dimos.

¿Y en quién me trasformé? No lo sé. Me desconozco cada dos por tres. No soy lo que fui ni mute en otra cosa o persona. Sólo sé que Galeano lo describió perfectamente en un texto llamado “La pálida”; mis certezas desayunan dudas y hay días en los que me siento extranjera. “En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie… Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno: entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado”.

No sé si es mala racha, pero vivo en un limbo inexplicable en donde piso por pisar, sólo porque corresponde. Franqueo un estado de transición que parece infinito, cuatro paredes inquebrantables que me quitan el aliento. Y con un nudo en la garganta lo acepto, porque es una etapa (o ciegamente intento creerlo), y tarde o temprano, todo eso que parece absorberme va a dejar que vuelva ser ese “alguien” que se perdió en algún rincón.

Sé que siempre “puede ser peor” y doy fe de eso, porque aprendí que si te pegan de un lado, pueden golpear con más fuerza del otro. Así que riño con algo que no entiendo o no llegué a descubrir. Peleo con un monstruo indescifrable que se esconde en mis pupilas; en mi cabeza.

No pido ilusiones ni panoramas desbordantes, sé que la gracia de este juego es el camino que forjamos. Sólo exijo una tregua, un grito, un aliento o un motivo para dar un buen golpe. Un impulso que logre resignificar todo lo demás; algo sólido que permita afirmarme y detener está caída en picada hacia la mismísima nada.


Por el momento, sobrevivo.


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