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6 de febrero de 2015

La ciudad de la indiferencia

Paradójico es todo lo que esconde una contradicción, es lo inverosímil, lo absurdo, pero también lo extraño; una realidad que parece verdadera y se contradice sola, que empuja el sentido común hacia un hueco inhóspito. Es un poderoso estímulo para la reflexión, ignorado y finalmente desdibujado por la desidia humana. Las paradojas son las vetas que la rutina esconde para ser olvidadas y que están distribuidas proporcionalmente a lo largo de toda la ciudad; presentes y enmascaradas por el velo “inigualable” de la urbanización. 
 
Personas rebosantes en la noche porteña que disfrutan del ocio o que simplemente terminan un arduo día laboral, inmutadas de la periferia y atentas a mantener estable su “espacio vital”. A escasos metros, un grupo de indigentes busca atención; una moneda suelta, una pequeña contribución que pueda representar un cambio. De un momento a otro la perspectiva se perturba y los individuos se plantean una nueva polémica sobre qué hacer en esos casos. ¿Hay circunstancias en las que conviene dar o simplemente se genera un “mal vicio”? ¿Puede una práctica habitual volverse perpetúa o una mala costumbre? 
 
Aparentemente algunos consideran que ese acto representa reafirmar roles, del que da y el que recibe, y que el problema no se resuelve con proporcionar plata. Cuando se intenta ayudar, especialmente cuando hay menores involucrados, se percibe cierta culpa por ser participe o cómplice de su extorsión infantil. A muchos otros se les cruza la frase “no les des pescado, enséñales a pescar” y ven como opción más viable dar a organizaciones que trabajan directamente con ellos. No falta quien afirma que en esas circunstancias, el gran porcentaje de “solidarios” sólo utilizan la ocasión para lavar culpas y la propia conciencia. 
 
Sin embargo, es complicado trazar una línea y ser inflexible con el “cuando sí o cuando no”. Más allá de los casos particulares, es más aberrante notar que esa apatía e indiferencia se traslada a todos los ámbitos de la vida; un estado afectivo neutral con un “radio visual” que se limita a los propios pies.
 
Este error básico de la mente conduce a una anestesia afectiva, frialdad emocional y una actitud neurótica; consecuencias del posible temor que implica involucrarse con un tercero: ser menospreciado, desconsiderado, herido o prejuzgado. 
 
Lamentablemente, quienes incorporen está ceguera a su personalidad nunca podrán medir las necesidades de sus pares y/o semejantes; se mantendrán al margen y permanecerán inactivos con un argumento alborotado de excusas. 
 
En definitiva la peor situación no es el odio, el rencor o la ira, sino la nulidad, el hablar por hablar, el estar rodeado de personas que no prestan atención, y que finalmente, mueren en su propia percepción del mundo. 


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