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7 de julio de 2015

El petiso orejudo, un estigma social

En la memoria colectiva resuena un eco estrepitoso; un relato convencional que parece único y extraordinario. Se impone con total demencia a través de los años, sigiloso e impune, de boca en boca, como una leyenda urbana. Quizá ese fue el anhelo de Cayetano Santos Godino: ser recordado, sin importar cómo o de qué manera a lo largo de muchas generaciones; dejar una huella inquebrantable, sin caducidad.

El 31 de octubre de 1896, la ciudad porteña de Buenos Aires, vio nacer a uno de los mayores asesinos de la historia Argentina. Sus padres, Fiore Godino y Lucía Ruffo, desembarcaron en 1884 en el puerto La Perla de Sudamérica para depositar todas sus esperanzas en la nueva tierra; deseos efímeros que serían aplastados por las transformaciones urbanas, la pobreza, la explotación laboral y el acoso de instituciones represivas que pretendían “normalizarlos”.

Era una época de aparente prosperidad y miseria; la República atrajo inmigrantes con el objetivo de integrarse al mercado europeo e incorporar mano de obra para la explotación agropecuaria, ofreciendo “facilidades”, pero sin garantizar estabilidad ni mucho menos la posesión de tierras. De está manera, la agrupación de colectividades extranjeras insinuaba la aparición de grupos marginales y la clase dirigente se autoproclamaba como la nueva “aristocracia”.

En ese contexto el crecimiento de la familia Godino se vio afectada por la miseria. Fiore Godino trabajó encendiendo el alumbrado público, y eso le sirvió de consuelo para llevar adelante una realidad ajena a sus primeros anhelos; un alcohólico golpeador, responsable de convertir a uno de sus hijos en el primer asesino en serie de la historia policial.

Cayetano llegó al mundo con graves problemas de salud e incluso estuvo al borde de la muerte en varias ocasiones a raíz de una espesa enteritis. Su infancia transcurrió en las calles, vagando, y a partir de los cinco años, concurrió a varias escuelas de las cuáles fue expulsado por su falta de interés y comportamiento “rebelde”. Sus desdichas lo convirtieron en un blanco fácil; vulnerable frente a golpes y maltratos que quizá se instalaron en él para transformarlo en un personaje aberrante.

En septiembre de 1904, con apenas 7 años, Godino dio su primer paso a un camino irreversible y macabro; logró engañar a Miguel DePaoli y lo llevó hasta un baldío para golpearlo con una piedra. En ese mismo momento, un policía se percató de la escena y trasladó a ambos niños a la comisaria, aunque fueron recogidos más tarde por sus respectivas madres.

Insaciable de su acto, Cayetano tomó revancha e interceptó a cuatro infantes más: Roberto Carmelo Russo, Julio Botte, Ana Neri y Severino Gonzales; víctimas que corrieron con la misma suerte y lograron ser rescatados antes de que se cometiera alguna atrocidad.

El 29 de marzo dio el puntapié para terminar con la ambigüedad de sus actos y cometió su primer asesinato; llevó a una niña de aproximadamente tres años hasta un terreno baldío en la calle Rio de Janeiro dónde intentó estrangularla. Ofuscado por el remordimiento y una malicia sin precedentes, concluyó el acto enterrando a su víctima viva en una zanja que cubrió con latas. A pesar de la crueldad, este hecho pasó desapercibido y sólo fue descubierto años más tardes cuando él mismo lo confesó ante la policía.

La inocencia era cosa del pasado; en sus ojos se escondía la nulidad de una vida sin remedio. Sus gestos y la magnitud de sus conversaciones dejaban en evidencia a alguien de muy escaso desarrollo intelectual. Su aspecto físico era asimétrico; las extremidades, principalmente sus orejas, eran desproporcionadas en comparación al resto de su cuerpo. Algunos lo caracterizaban como un engendro, un animal con personalidad intuitiva. Era el reflejo de su más grande estigma; los criminales pertenecen íntimamente a una sociedad y a una época. Su caracterización de “monstruo” no sólo responde a su esencia, sino a un modo común en que una sociedad desconoce su propia responsabilidad.

Pasaron años sin que nadie comprendiera la magnitud de lo que era capaz Cayetano. Fue su padre quién lo denunció por primera vez ante las autoridades al descubrir que había martirizado a algunas aves domésticas e incluso encontró una caja de zapatos con los cadáveres de las mismas. Horrorizado, logró que recluyeran a su hijo por dos meses, pero eso no evitó que regresara a las calles.

Sus padres cargaron con la responsabilidad, la culpa de criar una bestia semejante e incontrolable. Lo denunciaron nuevamente y fue enviado a la Colonia de menores Marcos Paz, en donde permaneció por tres años. Aislado del mundo, lejos de regenerarse, se endureció atrozmente.

El 23 de diciembre de 1911 regresó a las calles; pedante, frío y potenciado. Al poco tiempo fue reconocido como “el petiso orejudo” y desarrolló otra de sus más grandes pasiones: el fuego; “Me gusta ver trabajar a los bomberos… Es lindo ver cómo caen en el fuego.”

En enero de 1912 se denunció la desaparición de una menor de 13 años. Al día siguiente se encontró el cadáver en la calle Pavón; golpeado y semidesnudo con un trozo de cordel atado alrededor del cuello. Las investigaciones no pudieron seguir los rastros ni la ambigüedad. Recién en diciembre de ese mismo año, Godino confesó la autoría de aquella brutalidad.

Esa muerte sólo representó el hincapié de una serie de monstruosidades; en marzo la sonrisa tenue de Reyna Bonita Vaínicoff se vio ofuscada por quemaduras y una larga agonía en el Hospital de niños; finalmente murió a los 16 días.

A partir de ahí retornaron los intentos fallidos y exhaustivos del flamante Cayetano. Error tras error, en permanente caza y enceguecido por una sed que nunca logró saciar. Nombres que se multiplicaron al compás del reloj; Roberto Russo, Carmen Ghittone, Catalina Naulener y otros tantos que se fundieron en la inmensidad de la nada.

No fue hasta el crimen de Gesualdo Giodano, ese mismo año, que este joven asesino cayó en manos de la justicia; el último acto y mejor documentado de su “carrera”. El 3 de diciembre de 1912 su víctima de tres años salió como todas las mañanas de su casa, ubicada en Progreso 2185, para reunirse y jugar con unos amigos. El aspecto demacrado e inocente de Godino le permitió ganarse su confianza; una herramienta eficaz que lo llevó a los recovecos más siniestros.

Una vez apartados de la multitud, precisamente en la Quinta Moreno, “el petiso orejudo” efectuó su mecanismo: con apuro, pero sereno se quitó el piolín que llevaba de cinturón y prosiguió a enrollarlo en el cuello de su víctima. La asfixia resultó inútil y buscó otra herramienta para finalizar su cometido. Imperturbable y calculador, divagó por la zona hasta encontrar un clavo y finalmente lo hundió, con la ayuda de una piedra, en la cien del niño moribundo.

Después de cubrirlo con una vieja lámina de zinc, huyó de la escena. Sin embargo, esa noche decidió hacer acto de presencia en el velatorio y observar por un tiempo prolongado el cadáver.

Esa misma madrugada el subcomisario Peire y el principal Ricardo Bassetti lograron enlazar cabos sueltos y allanaron el hogar de Cayetano Santos Godino; en su bolsillo encontraron un artículo periodístico en el cuál se desarrollaba el asesinato y restos del piolín; su principal arma homicida.

No mostró congoja y en su condena confesó los cuatro homicidios y numerosas tentativas de asesinato. En noviembre de 1914 el juez Dr. Ramos Mejía absolvió al procesado, considerándolo “penalmente irresponsable” y se lo recluyó en el Hospicio de las Mercedes. Intentó huir después de herir a dos pacientes, y a partir de ahí se resolvió que Godino fuera confinado en la penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.

Diez años más tarde, como golondrina, fue trasladado al Penal de Usuahia, Tierra del Fuego; la cárcel del fin del mundo. En 1927 se lo sometió a una cirugía para reducir el tamaño de sus orejas, ya que algunas teorías sostenían que eran el origen de su crueldad. El radical tratamiento claramente no tuvo resultado.

No se supo con detalles cómo fue su vida de recluso, sólo trascendió la anécdota de que logró reventar la furia a los presos porque mató a la mascota del penal; le pegaron tanto que tardó veinte días en salir del hospital.

Las teorías y versiones en torno a su muerte son numerosas; falleció el 15 de noviembre de 1944 y el parte “oficial” destacó que fue a raíz de una imponente úlcera; sin embargo hay quienes sostienen que se debió a una hemorragia interna. Sobrellevó sus largos días sin visitas, sin amigos y sin cartas.

Sucumbió sin confesar arrepentimientos.

Las muertes violentas de criaturas generan un impacto en la sociedad que dejan marcas; el morbo, el mito y el sensacionalismo lograron que Cayetano, alias “el petiso orejudo”, pasara a la historia como un monstruo.

Los hechos y los actos no pueden ser comprendidos sin tener en cuenta el escenario, sus protagonistas y principalmente los narradores que contribuyeron a este mítico caso: criminólogos, la prensa y la policía.

Tal vez está leyenda sea parte del imaginario morboso, lo que es cierto es que este personaje particular y extravagante, existió y encabezó la historia criminalista del país.

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