Capital federal, una jungla de asfalto que promete y consume. Repleta de oportunidades y desventuras coexistiendo en un solo lugar. Personas que avanzan agazapantes hacia destinos inciertos, buscando un horizonte que no existe. Edificios que intentan alcanzar la grandeza del cielo y entorpecen el paisaje. Una primavera que se hace rogar y tiñe la intemperie de gris. Buenos Aires ciudad puede ser todo y a la vez nada. Un paraíso inmerso en la gloria o un infierno lleno de obstáculos.
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28 de noviembre de 2013
25 de octubre de 2013
El ángel de Auschwitz.
Cuando Olga Lengyel recapituló su vida, y miró hacia atrás, anheló fervientemente desechar todos los recuerdos del infierno que tuvo que padecer. Al revolver sus memorias personales intentó cumplir su único mandato: honrar a sus compañeros caídos, quienes habían sido empujados hacia los mantos de la muerte.
Esta víctima que sobrevivió a las crueldades del gobierno nazi en 1947 reunió documentación y ordenó sus recuerdos para escribir “Los hornos de Hitler”, que servirían como testimonios para la sentencia de Irma Grese, una de las más crueles y famosas criminales de la historia, quien sería ejecutada el 13 de diciembre de 1945 bajo leyes británicas.
Ni los años ni la fatiga pudieron borrar los detalles, las voces y los llantos. Los rostros desconcertados y resignados. Cada vez que recordaba sus días en el campo de concentración un escalofrío indescriptible recorría su espalda.
En la primavera de 1943 el doctor Lengyel había sido citado por una junta militar para prestar servicios en Alemania. Sin muchas explicaciones fue retenido en la estación de policías junto con otros hombres. Olga sabía que no podía volver a su antigua vida, pero la separación sería mucho peor e instantáneamente tomó una decisión fatal: preguntó a las autoridades alemanas si toda la familia podía acompañarlo. Con incredulidad el oficial de la SS afirmó que no tenía ningún inconveniente, que ella y todos los integrantes eran “más que bienvenidos”. <<No había nada que temer>>.
La desesperación por encontrarse con su marido había nublado su juicio. En ese momento no había engaños ni traiciones, sólo incredulidad.
De pronto, había caído en la cuenta de que la estación estaba rodeada por centenares de soldados. La escena adquirió carácter de pesadilla: En las vías esperaba un tren interminable que no estaba formado por coches para pasajeros, sino vagones para ganado. Las miradas se entrecruzaban, silenciosas, aterradas e indiferentes. En aquel momento las protestas eran inútiles. Los soldados se fueron acercando, empujando a la multitud como ovejas. La única puerta del vagón se cerró y un estruendo de gritos y llantos sucumbieron la “tranquilidad”.
El tren comenzó a moverse a un destino incierto, a un mundo desconocido. Las horas pesadas como hierros eran interminables. Toda la fuerza de la naturaleza se había predispuesto en contra. No había escapatoria.
La situación se tornó intolerable. Hombres, mujeres y niños se disputaban histéricamente cada pulgada cuadrada de terreno. Cuando cayó la noche se perdió toda idea de comportamiento humano y el vagón se convirtió en un verdadero infierno.
Las mentes mas “serenas” intentaron imponerse para mantener el orden y la moral del grupo, algo extremadamente imposible ya que todos estaban al borde del colapso y la desesperación. Con el pasar de los días aquel ambiente se había convertido en un matadero, un foco de infecciones y enfermedades.
Al terminar el séptimo día, el tren de la muerte se detuvo. Rodeados de agonía, en un mundo desértico, lúgubre, caótico, en donde sólo predominaban rocas, polvo, alambres de púas, perros feroces, guardias amenazantes y hectáreas tras hectáreas de barracas oscuras extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
El tren había descargado a cuatro o cinco mil pasajeros, todos tan perplejos y consternados como aquella muchacha rumana. Los treinta hombres de la SS empezaron una rigurosa selección: Aquellos que iban a ser sacrificados, para después ser enviados a los crematorios (cosa que era impensada hasta ese momento), en su mayoría ancianos, enfermos y niños menores de doce años, todos imposibilitados de brindar un servicio “eficiente”. En un intento protector, Olga se impuso ante uno de los guardias.
- A mi madre le gustaría quedarse con los niños- dijo.
- Muy bien -accedió- Todos van a estar en el mismo campo... Y al cabo de unas semanas volverán a reunirse... -añadió cínico. Con una sonrisa de oreja a oreja-
El único intento de aferrarse a su familia había resultado en vano: A partir de ese momento no volvería a verlos de nuevo.
Gritos desesperados, llantos
frenéticos y voces ínfimas que clamaban a sus familiares. Voces que serían eco
en la vida de Lengyel. Al caer la noche, desfalleciente de hambre, pero sin
comida a la vista, en una “habitación llena de desconocidos, se quedó dormida, casi
de inmediato. El sueño fue un alivio casi misericordioso.
Demasiado pronto, las luces se encendieron. Aunque afuera estaba oscuro, los guardias golpearon con sus bastones las literas, exclamando “¡Steh auf, Steh auf!” (Levántense, levántense). Iban a realizar otra “selección periódica” para mandar a nuevas victimas a los crematorios. Todo el mundo tenía que presentarse a la formación, aunque estuviesen enfermos: No había excepción, ni siquiera para los muertos.
Demasiado pronto, las luces se encendieron. Aunque afuera estaba oscuro, los guardias golpearon con sus bastones las literas, exclamando “¡Steh auf, Steh auf!” (Levántense, levántense). Iban a realizar otra “selección periódica” para mandar a nuevas victimas a los crematorios. Todo el mundo tenía que presentarse a la formación, aunque estuviesen enfermos: No había excepción, ni siquiera para los muertos.
Contaban y recontaban, una y otra
vez, hasta que llegaron los “superiores”. En ese lapso todas se preguntaron
¿Por qué estaban libradas a la muerte? Y la respuesta en la mayoría de los
casos era nula. La incertidumbre avasallante
carcomía cualquier juicio sano. La mayor parte de las internadas de Auschwitz
se resignaban a su suerte y contaban sus días con una filosofía sumamente
sencilla: los alemanes las habían atrapado porque tenían mala suerte, en tanto
que otras seguían todavía en sus casas, gozando de libertad, porque habían
tenido buena suerte.
Antes de conocer a los supervisores
de la SS, Olga ya
había oído hablar sobre el doctor Mengerle e Irme Grese, ambos considerados
como amos del campo. Esta última
apodada como “la bestia bella”; “el ángel de la muerte”, “la perra de Belsen”
era supervisora en Auschwitz, Belsen y Ravensbrück. Un engendro
que nació el 7 de octubre de 1923 en Wrechen (Alemania). Poseía una belleza física
indescriptible que escondía la faceta más siniestra de su personalidad. En 1942
se presentó como voluntaria y en 1943 fue asignada como guardia femenina... Al
poco tiempo fue ascendida a supervisora y se convirtió en la segunda mujer con
más alto rango en el campamento.
Después de largas horas de espera y
sufrimiento, Irma Grese, se adelantó hacía las prisioneras con un andar
ondulante y riguroso. Los ojos de centenares de mujeres desventuradas, mudas e
inmóviles, se clavaron en ella. Era de estatura mediana, vestía un uniforme
sombrío y su peinado estaba impecablemente arreglado. El terror mortal
inspirado por su presencia la complacía, la deleitaba. Sin lugar a duda, esa
mujer de veintidós años carecía en absoluto de entrañas. Con mano segura escogía
a sus víctimas, no sólo de entre las sanas, sino también enfermas, débiles e
incapacitadas. Sin pudor manejaba con libertad su látigo y sacudía fustazos
adonde se le antojaba. Probablemente lo más escalofriante de todo era el placer
que se pintaba en el rostro cuando las mordidas de los perros recaían sobre
algunas prisioneras desnutridas que apenas podían defenderse y que eran
despedazadas vivas por los animales.
La mañana del 17 de enero de 1945 aparecieron tropas de las SS con intenciones de secuestrar la mayor cantidad de documentación registrada en esos años. En menos de una hora todos los papeles estaban amontonados en el suelo, formando una verdadera montaña. Entonces llegó un soldado e incinero los documentos a toda prisa.
La mañana del 17 de enero de 1945 aparecieron tropas de las SS con intenciones de secuestrar la mayor cantidad de documentación registrada en esos años. En menos de una hora todos los papeles estaban amontonados en el suelo, formando una verdadera montaña. Entonces llegó un soldado e incinero los documentos a toda prisa.
Al cabo de unas horas corrieron
rápidamente los rumores de que iban a evacuar el campo. Una muchedumbre de
prisioneras se apretaba contra las alambradas de púas que separaban el campo de
hombres y el de mujeres. Eran los maridos, los novios, los amigos que se despedían
porque no sabían si volverían a verse jamás. Todos tenían algo que decir. En
algunos casos se comunicaban a gritos direcciones donde podrían encontrarse una
vez acabada la guerra.
De un momento a otro las puertas del campo se abrieron y columnas de prisioneros se empezaron a movilizar. Después de haber recorrido unos cuantos kilómetros Olga se encontró con la carretera.
Dio media vuelta para ver por última vez Auschwitz. Recordó aquella tarde en que, rodeada de sus seres queridos, había llegado a ese lugar. En donde todo estaba sumergido en la más profundas de las tinieblas, y sólo las cenizas incandescentes de los documentos quemados proyectaban una luz sobre las barrancas, tan tenue que se perdía en el horizonte.
Pensó en sus padres, en sus hijos y en su marido; en el dolor y en el remordimiento que no la habían abandonado ni un momento.
Y en ese instante supo con extrema exactitud que todas esas muertes no serían en vano. De alguna u otra manera haría pagar a los responsables.
De un momento a otro las puertas del campo se abrieron y columnas de prisioneros se empezaron a movilizar. Después de haber recorrido unos cuantos kilómetros Olga se encontró con la carretera.
Dio media vuelta para ver por última vez Auschwitz. Recordó aquella tarde en que, rodeada de sus seres queridos, había llegado a ese lugar. En donde todo estaba sumergido en la más profundas de las tinieblas, y sólo las cenizas incandescentes de los documentos quemados proyectaban una luz sobre las barrancas, tan tenue que se perdía en el horizonte.
Pensó en sus padres, en sus hijos y en su marido; en el dolor y en el remordimiento que no la habían abandonado ni un momento.
Y en ese instante supo con extrema exactitud que todas esas muertes no serían en vano. De alguna u otra manera haría pagar a los responsables.
11 de octubre de 2013
11
de octubre, una fecha que no voy a dejar en el olvido. Sin embargo
pienso. ¿Es la rutina la que me consume? ¿Es mí negación? ¿Es el
profundo vacío que se vuelve costumbre? Una mala costumbre que me paralizó en el tiempo.
Estancada por cuenta propia, con intenciones de vivir por vivir. Respirar por inercia y no por motivaciones concretas.
Sabía que lo había perdido todo. Porque “todo” a veces se reduce a una persona y las personas sólo están de paso.
Yo sé que a veces digo todo sin decir nada, que me enredo en mis propias palabras. Yo sé que soy complicada. Y es por eso que escribo, para no dejarte en el olvido truncado del habla.
Aprendí cosas que no debería haber aprendido, acepte responsabilidades que no debería haber aceptado y me hice cargo de todo lo que tuve al alcance de mis manos.
Sabía que mi vida no iba a ser la misma.
Con catorce años me golpeé e inconsciente me levante. Algunos años más tarde dude de esa decisión, me arrepentí muchas veces, pero me convencí de que era lo mejor. Hoy sigo dudando.
Una muerte tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja. Sin embargo, ¿cuáles fueron las tuyas? No existió revancha ni segundas oportunidades.
Busqué cualquier excusa para no pensar y mantenerme ocupada. Busqué refugió en la rutina y en las responsabilidades. Pero la noche me abrazó con intenciones de hacerme reflexionar. Otra vela que no se sopla y otros tantos deseos que se acumulan en el cajón. La eternidad es ahora tu mejor amiga y mi peor enemiga; años que te abandonan y que recaen en mí.
Me tomo el atrevimiento de escribirte una vez más, con un nudo en la garganta.
Cuando empecé lo dudé, me pregunté de que servía, si realmente tenía un fin. Si era un descargue emocional, una necesidad, o un intento de conectarme con vos. Si lo evadía por testarudez, por dolor. Todo era una incertidumbre.
Siempre fui cabeza dura y lo reconozco. Pero el objetivo no es repetir las cosas que ya sé y que no tienen resolución, sino saludarte en este día especial, en tu día.
Si pudiera dar el último abrazo lo daría, si pudiera repetir mil veces eso que no dije también lo haría.
Te quiero, hasta el infinito y más allá, donde quieras que estés, siempre vas a tener una parte de mí. Un retazo de mí corazón es tuyo, para que lo cuides hasta que nos volvamos a encontrar. Feliz cumpleaños.
Estancada por cuenta propia, con intenciones de vivir por vivir. Respirar por inercia y no por motivaciones concretas.
Sabía que lo había perdido todo. Porque “todo” a veces se reduce a una persona y las personas sólo están de paso.
Yo sé que a veces digo todo sin decir nada, que me enredo en mis propias palabras. Yo sé que soy complicada. Y es por eso que escribo, para no dejarte en el olvido truncado del habla.
Aprendí cosas que no debería haber aprendido, acepte responsabilidades que no debería haber aceptado y me hice cargo de todo lo que tuve al alcance de mis manos.
Sabía que mi vida no iba a ser la misma.
Con catorce años me golpeé e inconsciente me levante. Algunos años más tarde dude de esa decisión, me arrepentí muchas veces, pero me convencí de que era lo mejor. Hoy sigo dudando.
Una muerte tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja. Sin embargo, ¿cuáles fueron las tuyas? No existió revancha ni segundas oportunidades.
Busqué cualquier excusa para no pensar y mantenerme ocupada. Busqué refugió en la rutina y en las responsabilidades. Pero la noche me abrazó con intenciones de hacerme reflexionar. Otra vela que no se sopla y otros tantos deseos que se acumulan en el cajón. La eternidad es ahora tu mejor amiga y mi peor enemiga; años que te abandonan y que recaen en mí.
Me tomo el atrevimiento de escribirte una vez más, con un nudo en la garganta.
Cuando empecé lo dudé, me pregunté de que servía, si realmente tenía un fin. Si era un descargue emocional, una necesidad, o un intento de conectarme con vos. Si lo evadía por testarudez, por dolor. Todo era una incertidumbre.
Siempre fui cabeza dura y lo reconozco. Pero el objetivo no es repetir las cosas que ya sé y que no tienen resolución, sino saludarte en este día especial, en tu día.
Si pudiera dar el último abrazo lo daría, si pudiera repetir mil veces eso que no dije también lo haría.
Te quiero, hasta el infinito y más allá, donde quieras que estés, siempre vas a tener una parte de mí. Un retazo de mí corazón es tuyo, para que lo cuides hasta que nos volvamos a encontrar. Feliz cumpleaños.
7 de agosto de 2013
"La realidad no es una línea recta sino un sistema de bifurcaciones. El mundo es un tejido de ignorancias. En el despejado horizonte de la realidad, los planes pueden desmoronarse sin ningún aviso ni presentimiento. Caen derrotados por la naturaleza, alcanzados por ataques al corazón o por capricho de un rayo. A mí me desconcertó el azar.."
10 de julio de 2013
8 de julio de 2013
This
"All good books are alike in that they are truer than if they had really happened and after you are finished reading one you will feel that all that happened to you and afterwards it all belongs to you: the good and the bad, the ecstasy, the remorse and sorrow, the people and the places and how the weather was."
— Ernest Hemingway
Déjà vu
Déjà vu..
Los últimos rayos de sol se
disiparon en el horizonte. La ciudad de Norwich se revistió de una profunda
oscuridad, casi espeluznante. Los edificios se fueron desdibujando lentamente,
como si alguien estuviera borrando cualquier rastro de grandeza y calidez. La
gente se escabullía por las calles, como sombras de la noche, soltando suspiros
desgastados, aturdidos después de un largo día. Con el único propósito de
llegar a su destino. Sin duda aquella monotonía –constante y densa- estaba
deshaciendo cualquier rastro de humanidad.
El silencio desesperante consumió la última gota de cordura de James Claa, un
joven de ojos exorbitantes, que permanecía inmóvil en el zaguán de su casa.
Algo se estaba interponiendo entre él y la puerta: Un sobre que parecía cargar con años de antigüedad, desgastado y polvoriento.
No podía negar que la curiosidad le carcomía la cabeza, tenía algo particular, que lo engañaba, lo seducía, lo incitaba a descubrir que había adentro.
Se debatió internamente y le pareció “políticamente incorrecto” espiar, no quería comprometerse con el contenido ni mucho menos generar conflictos con algún tercero. Era una persona austera que prefería mantenerse apartada de los problemas.
Al cabo de unas horas se dispuso a dormir, con una carga de ansiedad que no podía controlar. Se altero por el insomnio que lo obligaba a mirar el sobre –ubicado en el estante más alto-. Tenía que hacerlo.
Rompió el paquete con un salvajismo que desconocía de sí mismo, como si estuviera poseído por una fuerza interna. Sin embargo su euforia disminuyo al comprobar que era un libro, un libro con hojas vacías.
Jugó con la tapa, con las páginas, las pasó de un lado a otro, riéndose de la actitud que había adoptado por un objeto tan insignificante.
Aparto la mirada, se concentro en un punto muerto y sintió un ligero escalofrió por toda la columna.
Observo el libro, ahora pálido, estremecido, cautivado por las letras que antes no existían. Empezó a leer, desorbitado, como si no tuviera principio ni final. Como si estuviera plenamente conectado, absorbido.
Se sintió relegado de la realidad, perdido en el espacio, atrapado en la eternidad de las palabras… Era como si el libro y él fueran uno.
Cada párrafo desnudaba la más profunda de sus vivencias, como un repetitivo viaje al pasado que lo dejaba sin aliento.
Se aferro a la tapa, tembloroso, desestabilizado. Dejó escapar un alarido que resonó en toda la habitación. El rostro de James Claa se desfiguro, como si tratara de otra persona...
Algo se estaba interponiendo entre él y la puerta: Un sobre que parecía cargar con años de antigüedad, desgastado y polvoriento.
No podía negar que la curiosidad le carcomía la cabeza, tenía algo particular, que lo engañaba, lo seducía, lo incitaba a descubrir que había adentro.
Se debatió internamente y le pareció “políticamente incorrecto” espiar, no quería comprometerse con el contenido ni mucho menos generar conflictos con algún tercero. Era una persona austera que prefería mantenerse apartada de los problemas.
Al cabo de unas horas se dispuso a dormir, con una carga de ansiedad que no podía controlar. Se altero por el insomnio que lo obligaba a mirar el sobre –ubicado en el estante más alto-. Tenía que hacerlo.
Rompió el paquete con un salvajismo que desconocía de sí mismo, como si estuviera poseído por una fuerza interna. Sin embargo su euforia disminuyo al comprobar que era un libro, un libro con hojas vacías.
Jugó con la tapa, con las páginas, las pasó de un lado a otro, riéndose de la actitud que había adoptado por un objeto tan insignificante.
Aparto la mirada, se concentro en un punto muerto y sintió un ligero escalofrió por toda la columna.
Observo el libro, ahora pálido, estremecido, cautivado por las letras que antes no existían. Empezó a leer, desorbitado, como si no tuviera principio ni final. Como si estuviera plenamente conectado, absorbido.
Se sintió relegado de la realidad, perdido en el espacio, atrapado en la eternidad de las palabras… Era como si el libro y él fueran uno.
Cada párrafo desnudaba la más profunda de sus vivencias, como un repetitivo viaje al pasado que lo dejaba sin aliento.
Se aferro a la tapa, tembloroso, desestabilizado. Dejó escapar un alarido que resonó en toda la habitación. El rostro de James Claa se desfiguro, como si tratara de otra persona...

3 de julio de 2013
El almohadón de plumas
Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical
y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella
lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando
volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta
estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba
profundamente, sin darlo a conocer..
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
-Horacio Quiroga-
Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
-Horacio Quiroga-
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