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8 de julio de 2013

Déjà vu


Déjà vu..
Los últimos rayos de sol se disiparon en el horizonte. La ciudad de Norwich se revistió de una profunda oscuridad, casi espeluznante. Los edificios se fueron desdibujando lentamente, como si alguien estuviera borrando cualquier rastro de grandeza y calidez. La gente se escabullía por las calles, como sombras de la noche, soltando suspiros desgastados, aturdidos después de un largo día. Con el único propósito de llegar a su destino. Sin duda aquella monotonía –constante y densa- estaba deshaciendo cualquier rastro de humanidad.
El silencio desesperante consumió la última gota de cordura de James Claa, un joven de ojos exorbitantes, que permanecía inmóvil en el zaguán de su casa.
Algo se estaba interponiendo entre él y la puerta: Un sobre que parecía cargar con años de antigüedad, desgastado y polvoriento.
No podía negar que la curiosidad le carcomía la cabeza, tenía algo particular, que lo engañaba, lo seducía, lo incitaba a descubrir que había adentro.
Se debatió internamente y le pareció “políticamente incorrecto” espiar, no quería comprometerse con el contenido ni mucho menos generar conflictos con algún tercero. Era una persona austera que prefería mantenerse apartada de los problemas.
Al cabo de unas horas se dispuso a dormir, con una carga de ansiedad que no podía controlar. Se altero por el insomnio que lo obligaba a mirar el sobre –ubicado en el estante más alto-. Tenía que hacerlo.
Rompió el paquete con un salvajismo que desconocía de sí mismo, como si estuviera poseído por una fuerza interna. Sin embargo su euforia disminuyo al comprobar que era un libro, un libro con hojas vacías.
Jugó con la tapa, con las páginas, las pasó de un lado a otro, riéndose de la actitud que había adoptado por un objeto tan insignificante.
Aparto la mirada, se concentro en un punto muerto y sintió un ligero escalofrió por toda la columna.
Observo el libro, ahora pálido, estremecido, cautivado por las letras que antes no existían. Empezó a leer, desorbitado, como si no tuviera principio ni final. Como si estuviera plenamente conectado, absorbido.
Se sintió relegado de la realidad, perdido en el espacio, atrapado en la eternidad de las palabras… Era como si el libro y él fueran uno.
Cada párrafo desnudaba la más profunda de sus vivencias, como un repetitivo viaje al pasado que lo dejaba sin aliento.
Se aferro a la tapa, tembloroso, desestabilizado. Dejó escapar un alarido que resonó en toda la habitación. El rostro de James Claa se desfiguro, como si tratara de otra persona... 


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