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28 de noviembre de 2013

Crisol de culturas en la noche porteña.

 
              Capital federal, una jungla de asfalto que promete y consume. Repleta de oportunidades y desventuras coexistiendo en un solo lugar. Personas que avanzan agazapantes hacia destinos inciertos, buscando un horizonte que no existe. Edificios que intentan alcanzar la grandeza del cielo y entorpecen el paisaje. Una primavera que se hace rogar y tiñe la intemperie de gris. Buenos Aires ciudad puede ser todo y a la vez nada. Un paraíso inmerso en la gloria o un infierno lleno de obstáculos.


               Encerrada entre tanta temporalidad, ese sábado 9 de noviembre me dispuse a mirar todo con otros ojos: Iba a colmar de grandeza la espesura y la monotonía. Un encanto efímero capaz de potenciar los sentidos. Esa noche, entre las 20 y las 3 am, más de 190 museos abrieron sus puertas con propuestas de todas las disciplinas artísticas, ofreciendo diversas actividades enmarcadas en el programa democracia 30+30, una mirada al futuro, con el objetivo de  brindar un espacio de reflexión para el pluralismo social y cultural en más de 27 barrios.

              Esa misma tarde el cielo sucumbió y la llovizna cubrió a todos los porteños, de a momentos, con cierta picardía cesaba y  retomaba su labor, delirante y con un afán de descarrilar mi paciencia. No había excusas, el cronograma estaba armado, la predisposición estaba intacta: El reloj era el único determinante en ese momento.

              Repase una y otra vez los puntos a tener en cuenta, convencida de que, llegada la hora, todo se desenvolvería de otra manera.

              Las luces de Av. Corrientes vislumbraron el asfalto y aportaron una cuota de encanto, un brillo que se extendió por los recovecos más ocultos de Balvanera. La ciudad se vistió de gala, predispuesta a seducir, atrapar, y consumir a todo aquel que cayera en su hechizo. Cuadras extensas de detalles –ínfimos- que hasta el momento me habían resultado absurdos.

              Después de un viaje automovilístico casi imperceptible llegué a mi primer destino: El Museo del Holocausto, ubicado en Montevideo al 919. En la puerta había una inscripción que destacaba tres palabras: Resistir, vivir, testimoniar.

              Un lugar casi sagrado que denotaba respeto. Cada paso era sigiloso, todos en la misma sintonía: compenetrados e inmersos en las letras, en los objetos y las pinturas. La gente parpadeaba y suspiraba –tal vez con cierta resignación- ¿Cómo era posible que la humanidad pudiese rebosar los límites más atroces? Alambres de púas, peines de hueso, cubiertos oxidados, ladrillos, muñecas de trapo, un salón de memoria colmado de nombres, velas que brillaban en su máximo esplendor y otras que permanecían intactas. La angustia cortaba el aire y se hundía en lo más profundo de los pechos. Sin duda, los objetos, en su eterna materialidad, contaban lo que la memoria no se permitía reproducir.

              Eché una última mirada y me retiré cabizbaja, pensativa e incluso sorprendida del efecto que podían causar cosas que aparentaban no tener valor, objetos desgastados por el tiempo que escondían historias complejas, tan complejas que me producían un nudo en la garganta.

              La autopista 9 de julio me distanció mentalmente. El ronroneo del auto acompañó la música de fondo y me despedí momentáneamente de los colosales edificios. Me enfoque en mi próximo destino: El planetario, ubicado en Av. Sarmiento. Cuando pise tierra firme miré el cielo grisáceo, lleno de angustia y magia, un color que contrastaba con las luces de la arquitectura semi circular. Miles de “estrellas” artificiales que, al son del reloj, iban alternando de matices; Un arco iris nocturno que, sin duda, hipnotizaba.

              El lugar estaba saturado de personas de todas las edades. Una fila casi interminable que rodeaba tres cuadras y dos horas de espera para ingresar al espectáculo de Astor Piazzolla. Sabía que no me quedaban muchas alternativas, así que, al cabo de unos cuantos minutos, continúe mi camino.

              Acompañada por una espesa humedad me dirigí a Parque Centenario para recorrer nuevamente los pasillos del Museo de Ciencias Naturales. No muy diferente a mis destinos anteriores, la gente rebosaba las veredas, impacientes por recorrer aquel lugar. Los menores de edad, fascinados, se acercaban a una escultura de plastilina que se encontraba en la puerta, otros, por su parte, se deleitaban con un lienzo gigante para pintar formas abstractas.               Un lugar donde los jóvenes se volvían adultos, y los adultos, niños. Un espacio palpado de historia con diversas temáticas que iban desde la naturaleza argentina, la fauna, la flora, la geología hasta llegar a la ansiada y tan esperada paleontología. Es así, como “Los Gigantes del Cuaternario”, se llevaron toda la atención.

              Con los parpados pesados, el reloj me jugó una mala pasada. Las agujas rozaron los números a pasos agigantados, con giros atroces y a la vez eternos, un ciclo que concluía y que sin piedad, volvía a empezar. Pasadas las doce de la noche busqué la próxima dirección: Pasteur 633, lugar donde se ubica actualmente el espacio de Arte Amia. Como todos los años, se llevaron a cabo una serie de acciones, objetos, muestras e intervenciones con el objetivo de potenciar el “arte y la memoria”, dejando de lado el accionar cotidiano y corrosivo del olvido, para apoyar el reclamo de justicia, generar una “memoria inclusiva y activa” como parte constitutiva –fundamental-  de la identidad de nuestro país.

              Los objetos más particulares, originales en su máxima expresión, pusieron en alerta mi curiosidad: Una caja de remedios con frases como “Justicia, acción rápida contra la inmunidad”, un paquete de pañuelos en el cual se destacaba “Las lagrimas por la impunidad se secan solo con justicia”, un alcohol en gel con una etiqueta inesperada: “Sacate los gérmenes pero no te laves las manos/ La impunidad también mata”. Una experiencia a flor de piel que recomendaría una y mil veces.

              Y por último, pero no menos importante, me aventure hacia la vida y obra de Eva Duarte en la calle Lafinur 2988, museo que lleva su nombre y que hace honor a este personaje tan controversial de la Argentina. Al ingresar me encontré con una exposición temática que se distribuía de manera circular: comenzando por la evocación de su funeral en una presentación audiovisual, seguido por un recorrido lineal y cronológico a partir de la infancia de Evita, su familia, los años de niñez y adolescencia, el viaje a Buenos Aires desde Los Toldos, sus comienzos en el mundo del espectáculo: La radio y el cine. El encuentro con Perón, su rol como primera dama, el voto femenino, y un sinfín de hechos que construyeron su “vida pública”.

               Ya casi pisando las 2 de la madrugada, mi euforia seguía casi intacta, sin embargo, sabía que el encanto no duraría para siempre: En una hora aquella magia y todo mi esfuerzo por enamorarme de capital federal se desvanecerían. De una manera fugaz e imperceptible.

              Miré la lista y me percaté de que tanto empeño se había quedado corto: Mi recorrido había casi finalizado y restaban más de cinco lugares por visitar. Era un hecho que la ciudad me quedaba grande, y que, probablemente, a lo largo de los años, nunca podría cubrir cada rincón. El Paseo de la Historieta, el Museo de los Beatles, el de Bellas Artes, el complejo histórico cultural Manzana de las Luces y otros tantos con el mismo nivel de importancia.               
Una noche prometedora, que sin demasiado esfuerzo cubrió todas –o casi todas- las expectativas que había formulado.
              Dubitativa, como de costumbre, me despedí de aquel clásico porteño.

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