♦

14 de agosto de 2018

404 not found

Perdí el sistema que me ayuda a ordenar el sobre-pensamiento y la falta de perspectiva. En vilo, como quien tiene mucho que decir, pero sin formas. Entonces me pregunto qué hacemos cuando no sabemos qué hacer. En qué caemos cuando se nos va la herramienta de escape. Qué hacemos cuando lo que nos definía ya no sirve, cuando estás en la encrucijada, en la pausa, viendo como los caminos se abren paso. Cuando un día te levantas y no tenes ninguna vía para materializarte. Qué haces cuando volves al punto de partida y una voz apática te dice que «si no es eso, no sos nada». Suspendida en una especie de éter personal, me cuelgo no sé en qué, eso que está por encima de mi mortalidad. Será el alma o la parte rota que quiere salir a trote, que no encuentra la manera de tener autonomía. Recíprocas, dependientes, una adosada a la otra. Ella con su aire espiritista y yo como un tarro por llenar. Es que «la razón sólo sirve para disecar la realidad en calma o analizar sus futuras tormentas, nunca para resolver una crisis instantánea». Así que escribo, desajustada, batiendome a duelo con las palabras. Expectante, desde acá, desde el paréntesis, queriendo «expresar» sin saber qué decir.

31 de mayo de 2018

Repercusiones

Me dolió la valentía.
Me dolió la duda.
Me dolió verme enfrentada a una exigencia ínfima y que rompía toda (mi) la estructura. La hoja, la circunstancia, la imperiosa necesidad de ser otra. El vomito del alma. Me dolió hasta los huesos (juro que me dolió). Ese desafío que uno está esperando para hacer «algo» que nunca pensó hacer. La boludez de romper. La boludez de soltar (floja boludez eh). Y ahí, temblando, mirando las letras como quien mira a su peor enemigo (y quizá a uno mismo), adosé la punta de mis dedos al papel y el tacto me dejó humana. Y ahí, temblando y una voz en el fondo de mi cabeza gritando que estaba «haciendo una locura» (¿para tanto?). Arranqué. Me arranqué. Y la lentitud del movimiento me dejó pálida. Perpleja. Enfrentada. Llena de analogías; los libros y mi relación de respeto; la vida y mi actitud políticamente correcta. Prescindible. Pequeño fetiche.
Me arranqué.
Me miré y si, la cara fue de vergüenza, no por lo que hice, sino por las vueltas que di. Calesita traicionera. Pucha. Es verdad, si el libro es bueno se mete adentro tuyo (y cómo duele!), te descoloca, te deja en jaque, minúsculo, te transforma en un don-nadie.
Me llora la consciencia, el irremediable despertar, este balde de agua fría.
Me llora esta «cuota de lo inesperado en la absurda cotidianidad». Los libros son revelaciones. Mundos a-parte que literalmente te parten.
Son y te dejan ser. Te habilitan a saltar sobre las palabras.
Qué liberación. 

12 de abril de 2018

Ensueño


No puedo concebir si la secuencia estrafalaria que viví ese día fue real o tuvo lugar en mi cabeza. Hay hechos concretos, pero sentimientos muy difusos y no existe sensatez completa en ninguno de los dos planos. Tu grito alborotado, incrédulo y culpable. Y del otro lado yo, mirándote con tanta congoja y resignación. El nudo en el pecho y una satírica sensación de alivio por nuestra derrota. Porque esa situación ya era irremontable y sólo con el último aliento pude darme cuenta.

Tengo que ser totalmente sincera; mi parte más inhumana se alegra de que ahora acarrees esa podredumbre hasta el final. No es rencor, sin lugar a duda. Siempre dijimos que uno hace lo que puede con lo que tiene, pero creo que fuiste bastante consciente y, a pesar de eso, te gusto el camino más ruin. No pretendo ordenar esto para mezclar lo irreversible, pero hay deudas que son difíciles de saldar y, el precio del juego y la histeria, son bastante altos. Así que, sin la entereza de saber si estoy ideando esto o aquello, te dejo asentado cómo fue nuestro fin. Capaz puedas desglosar de las palabras una resolución más pintoresca. 

Esa semana te encontré bastante indiferente, como de costumbre. Creo que nuestras amistades en común nos anexaron en ese infierno. ¿Ninguno sabía de estás asperezas? Ignoro esa ignorancia. Calculo que sólo querían un fin de semana ameno y superficial. Imagínate el espanto que me inundó cuando te vi por la ventana a trasluz. Automáticamente entré en esa habitación para llenarte de preguntas, pero te habías ido. Así, como una bomba de humo, repentina y ágil. 

Me convencí que tarde o temprano nos teníamos que cruzar. A fuerza mayor o por mi terquedad. Siempre tuve esas ganas imperiosas de poner las cartas sobre la mesa, pero en cambio vos, eras un fanático de jugar con ellas, de guardártelas bajo la manga. Sociabilicé por inercia mientras la mirada se me escapaba por los costados. Te busqué con furia oculta. Pensé que mi presencia te iba a movilizar, pero eras una piedra. Un muñeco autómata. Me tomé el atrevimiento de sospechar del escenario. Si no era una especie de show encubierto y vos una mentira. Pero era real, sé que en el fondo era real. Sin embargo, vos te paseabas de un lado a otro como esquivándome, desapareciendo en un suspiro. 

Y esa amiga en común que no respondía mis inquietudes; me decía que sólo me estaba haciendo la cabeza, que me tranquilizara. Todos ignoraban si efectivamente estabas o no con nosotros. Cada día se volvió más tosco y dar con vos era como seguir un mapa a ciegas. Me temblaba el alma y vomitaba desesperación. 

Probablemente si das con esto te rías con esa suspicacia tan característica y sueltes con voz endemoniada “pobre Alba, siempre tan metafísica y profunda”. Y la verdad que no te podría discutir, vivo comprometida con el otro, no en el sentido de orden social. A veces me canso de explicarte que enlazar con otra persona no es sinónimo de cantar los votos. Que te quiero hasta la muerte es probable y eso lo supiste desde que me perforaste con los ojos. No importa Baco, era hasta la muerte y justamente esa línea ya la crucé. Hoy no sos más que la indiferencia flotando por el aire. 

Te sonará perturbante lo que acabo de decir, pero aclaré que la secuencia fue grotesca y no es una exageración. Después de tantas idas y vueltas, de entregarme a tu nada, sentí un golpe en la frente. No puedo ponerlo en palabras, pero se asemeja a una bocanada de vértigo. De repente los roles se invirtieron, pero te vi resurgir del sueño. Estabas dormido. Por eso no atrapabas mi presencia. Pero te levantaste de golpe, como si hubieses estado en un coma hermético y te vi en ese movimiento brusco, dándote cuenta de todo.

Saliste disparado de la cama, exaltado y con la traspiración colmándote cada poro. Corriste con una angustia tan detonante que hasta me dio pena. Pero son los precios Baco, te avisé, te juro que el costo iba a ser alto. Y andabas soltando palabras a mansalva, perturbado. Hablando en otro idioma más humano. 

Te cayó una ficha y a mi otra. ¿Por qué te veía en un plano tan distante? Me sentí tu apéndice sin poder tocarte y se hizo un eco de agonía. Corriste tanto, vi cómo te temblaron hasta los pies. Andabas en círculos, medio extraviado en ese infierno, en esas paredes que habían sido sólo desencuentro. Pensaste que me ibas a encontrar en algún punto de ese lugar inhóspito, te sentiste iluminado y a tiempo, pero una voz te bajó de un hondazo a la realidad. 

Te quedaste pasmado y pálido cuando nuestro enlace social te dijo que no estaba, que me había ido hace mucho. No tenía retorno. Capaz te despertaste de un sueño en mi sueño. Capaz tu revelación fue una mentira, pero ahora garabateo esto con la convicción de quien vio un asesinato, inundada por el horror que me dejaste ese día.

28 de marzo de 2018

Sintonía


Una radio mal sintonizada. Música de épocas gloriosas y una mixtura de mensajes que solapan la podredumbre de la oficina. Ante la inquietud y la inoperancia de mi paz decido pensar en lo que pienso cuando no estoy haciendo nada. En esos lapsos blanquecinos de abstracción y divague mental. 

Escribo porque así se extiende mi alma. Escribo porque no tengo remedio. Escribo porque en esta u otra circunstancia funciona como válvula de escape. Sea coherente o irrelevante. Sea de incumbencia propia o ajena. Sean oraciones exclamativas o silencios concluyentes.

Pongo en movimiento las palabras para que no se oxiden, para que el ciclo mortal del cotidiano no me estrangule el paso; en un intento de seguir esparciendo huellas y de no caer en una metamorfosis sin retorno. Como una especie de grieta, golpe en seco o recordatorio de mi condición humana. Así, vuelvo a la vida de un solo saque y no dejo que mis declives autómatas se vuelvan prolongados. Pero ahora apagan la secuencia radial y el golpeteo de movimiento externo me arrastra de nuevo a mi burbuja. 

De repente me pregunto cómo me verá el otro; cuál será mi expresión frente a esta incongruencia, si seré muy evidente o si logro calzarme la máscara de indiferencia. Siento la actividad neuronal, los impulsos eléctricos de un extremo a otro y mi cerebro que sobrevuela a otro lado. El entorno sigue y sigue (mientras me retrotraigo en mis otros yo). Vuelvo a ese pensamiento que me quedó dando vuelta ese jueves a la noche cuando me picó el bicho de la nostalgia. A ese “scrolling millenian” que me llevó a desmenuzar mi propia historia. A deslizar mi pulso por túneles de tiempo y volver frenéticamente. Hurgando por lo que ya no está o por lo que nunca estuvo. Jamás entenderé esa perversidad, esa actitud propia de danzar por los “hitos” de mi propia vida. Qué hice, a dónde fui, con quién me crucé, qué añoré, qué sentí, que exigí y toda una cadena de realidades pasadas. 

Pero entre tanto ida y vuelta me encuentro y paro. Me veo, me veo y me veo. Toco la pantalla como remontando una lapso cronológico perdido. Ahí. Yo. El pasto, la sonrisa, un pantalón de medio pelo (que siempre fue centro de cargadas) y una incandescente levedad. Un dos por dos, una imagen en blanco y negro, que me transmite todo eso que quiero, pero que no puedo ordenar. Me toco trémula como preguntándome dónde estoy, anhelando arrancarme de ahí. De lo estático, de lo remoto. Y ahora sueno, como la radio, en otra sintonía. Más hueca. Maltrecha e irrelevante.  

25 de enero de 2018

Alarma!



Señales, mensajes, recordatorios y alarmas. Estamos rodeados de esas energías vibrantes y lapsos estelares que nos dicen cosas. Hablan en el silencio. Hablan en la casualidad y denotan cosas importantes. Mirá(te) los pies, mirá quién sos, mirá de dónde venís y hacia dónde vas.
De tanto en tanto las escucho y muchas otras veces las ignoro. Debe ser por el miedo o por las palpitaciones que me agarran cuando me doy cuenta de la automaticidad que destilo, ese aire de duda que tiene olor a podredumbre-humana. Como si sentir que el mundo se “pone de cabezas” fuese algo terriblemente malo. Me vibra el cerebro, me hace ruido, todo me resulta incongruente (las decisiones que tomo e incluso las palabras que digo).

Y de repente me encuentro pensando que estoy pensando y se arma un malabarismo de ideas tan descomunal que hasta el Cirque Du Soleil estaría encantado de contratarme. El punto es que, a lo largo de estos meses-semanas-vida, me di cuenta que no hay peor sendero que el de uno mismo. Mejor dicho y, me retracto, no hay peor enemigo que el “propio andar”, no hay peor enemigo que ese fanático del auto-boicot en el que a veces te convertís. El tercero-ajeno es anecdótico, su maldad es un poroto inservible para lo que de verdad estás construyendo (tu <gran yo>). Porque de última, si te quiere embaucar o busca la manera de frenarte, el que le da entidad sos vos.

En primer lugar sí, tengo muchos lapsos reveladores, a veces más obvios de lo que uno pretende y que también me hacen sentir una-re-boluda, porque es bastante sencillo darse cuenta (o no) pero mucho más complicado darle un verdadero parate. Más allá de eso (que resulta ser otro enrosque y  ramificación Belenística, ¡eureka!) me parece lindo recordar y no pasar por alto esos zumbidos furtivos. A mí me llegó uno ayer en forma de video, era un discurso de un señor que resaltaba el pánico de convertir su gran YO (la escritura) en una actividad que sólo le retribuyera plata y cuotas de presión. Me trastocó y me dejó pensando en esa y otras tantas cosas, como el valor de sobrepasar los límites de lo posible, auto-soltarse para disfrutar el viaje y el reconocimiento de los errores (y/o fracasos) como sinónimo de un gran “estás haciendo”. Amar lo incierto con todas sus matices, con la capacidad de auto-preguntarse ¿Dónde está la gracia de hacer algo que ya sabemos que va a funcionar? Parece un mensaje de auto-ayuda, un coaching motivacional, una pelotudez, en el fondo yo lo llamo “eso que hace eco”. Señales importantes. Palabras que te llevan a motorizar –accionar- la vida. Mi alimento para el alma.

21 de diciembre de 2017

Del enamoramiento (en el país de las últimas cosas)

Encontraste otro amor literario. De esos que te quitan el aliento con el primer roce, con la primera mirada. Que te cala hasta los huesos, que te desborda y te hace sentir un poco menos “vos”. De repente sos diferente y adquirís otros rasgos. Te transfiguras en algo nuevo y vivaz; empezas a creer que todo lo que viste-viviste hasta ese momento fue puro cuento. Porque te sumergís de lleno sin percatarte de las consecuencias, de lo nefasto que puede ser tirarse a la pileta sin tomar un buen trago de aire, sin preparación. Pero a esa altura no importa, porque vas a todo terreno, como en la mayoría de las cosas. Sabes en el fondo que esa cualidad puede saltar de virtud a defecto en un solo paso (en un breve instante), pero no podes luchar contra eso. No hay manera de ignorar el revuelo y la paz, de sentir que el mundo “deja de pasar” o pesar. Es tu momento, la introspección, el paréntesis que requiere la mentalidad.
Ahí estás a salvo (hasta que no). 
Atajas con tanta seguridad  que no tenés en cuenta el nudo ni el desenlace. Te olvidaste de la otra cara de la moneda; de lo terriblemente malo que puede ser algo bueno, o de lo bueno que puede resultar lo malo, de cómo ese universo te regala aventuras, pero volátiles y de profundidad momentánea. Entonces estás ahí (como un tiro al aire) hasta que el mundo “real” hace eco, hasta que algo te interrumpe o llega el imprevisto punto final. 
Lo bueno concluye (casi siempre), la sensación de libertad también. 
El primer golpe, el famoso “eso, vos, aquello; todo lo que estaba buscando”, el sentimiento precipitado, las fichas atolondradas, las palabras que endulzan el oído y después saltan feroces (dejándote en jaque). De  nuevo esa vocecita  reclama que no te arrastres por lo ilusorio, por esa sensación de éxtasis y enamoramiento. Volves a tu viejo yo-detestable y entendes que la línea que divide el amor-libro y amor-humano no es tan abismal como pensabas (sino todo lo contrario); que monstruosamente se chocan y laceran. Son dos caminos, dos túneles, dos fábulas fabulosas y un punto final irrevocable.

19 de diciembre de 2017

El día que le escribí.


Hace unos años, precisamente en el bachiller, me hicieron escribirle una carta a "la" muerte. Con artículo femenino, presencia intangible y una vaga imagen que lejos estaba de ser abominable. No voy a mentir, la primera reacción fue un espasmo mental. ¿Cómo iba a dedicarle palabras a «eso» que me había transfigurado la vida? Mejor dicho, a «esa» pedante que me había desdibujado la existencia. Inmediatamente me di cuenta que tenía mucho que decirle (como si realmente la tuviese enfrente mío, como si realmente me hubiese invitado a tomar el té dispuesta y predispuesta a todo). 
Pasé en ese momento del desconcierto a la rabia, a una mezcla de emociones indescriptible. Muchos se imaginaron a la mismísima parca, esa que te venden en la industria hegemónica y que está instalada en el imaginario colectivo, pero yo la tracé como una muchacha risueña y escéptica. Encantadora, como una sirena de rasgos humanos, rostro difuminado y de larga cabellera. Lo único que recuerdo (y eso que tengo buena memoria) es que le atribuí paradójicamente un aspecto vital; la muerte con más energía que los propios mortales. Entre la nebulosa de su expresión resaltaban sus ojos achinados (que nunca llegaron a mirarme) y una sonrisa incandescente. 
Qué siniestro fue asignarle tantas cualidades candorosas a una bestia que arrasa sin medida
Para ser sincera, no tenía fuerza de pronunciar ni garabatear una sola oración. Sin decir ni hacer nada, había logrado atarme de pies y manos. Así que tiré la hoja, el lápiz y la conciencia porque entendí que era una consigna-reto que me había sobrepasado. 
No poseía ninguna entereza frente a ella y sin preverlo estaba fuera del ring; me había aniquilado el pensamiento de un solo golpe. Me levanté de la silla abatida. Si no fuese porque tenía fecha límite y las horas contadas, probablemente hubiese dejado esa pelea postergada por mucho tiempo. Estaba ideando mil y un excusas para tirar la toalla; de inventar que lo mío eran los números, que los logaritmos me resultaban más atractivos (menos mal que no lo hice porque creo que hubiese causado un ataque epiléptico de risa generalizado. Ni mi profundidad más negadora hubiese aceptado tal disparate). Finalmente me di espacio y reflexión. Acudí a mi atroz estructuralismo para acomodar las ideas. Si disponía paso por paso de ellas ¿qué podía salir mal? Era cuestión de rellenar un esquema. ¿Pero cómo se procede con tanta sensatez a «eso» que nos sacude las emociones irracionales? Imposible. Era una tarea de esclavo. 
Ahora no puedo ubicar en qué momento dejé de dar tantas vueltas. Si fue un acto impulsivo, perspicaz o atolondrado. Pasó mucho tiempo de aquel encuentro (o re-encuentro, teniendo en cuenta mi primera huida trascendental). A pesar del revuelo, de escribir y borrar continuamente, esa personificación me seguía esperando impoluta. No tenía apuro ni preocupaciones, la única sádica que corría contrarreloj era yo; ella sólo soltaba una que otra risa aniñada y desquiciante. 
Ese día no entendí lo duro que era asignarles a los imaginarios una cara, un nombre o entidad. Pero que ilógico (y a la vez necesario) personificar eso que “nos mueve”. Jamás hubiese pensado que las vueltas de la vida (casualidad o causalidad) me llevarían a escribir una carta en pleno siglo XXI. Un papel resentido que iba hasta cierto punto contra mi voluntad. Sin embargo estaba ahí, rozando la reconciliación con “eso” que tiene nombre  y es muy difícil de explicar. Sorprendentemente concluí mis palabras y mi dedicatoria con una fluidez demencial, de todas ellas no recuerdo casi ninguna, pero si la “sensación” de alivio que me inundó al leerla en voz alta y la particular forma de dirigirme a ella: querida amiga. Como si tuviese un lazo premeditado. 
Por algún u otro motivo rememoré ese hecho, no porque tuviese a la parca presente, sino por la idea de ponerle presencia a algo que nos hace mal. En ese tiempo no lo asimilé y me pareció absurdamente oscuro. Hoy tengo otra perspectiva. Darle perfil-entidad al “no sé” o al famoso “mambo” te arrastra a mirarlo a los ojos. No podes posponer algo que te asecha latente o expectante (porque sino te convertís en un cagón in-humano). En este postmodernismo de puro descarte, carencia de palabras-comunicación, fragmentos y oídos sordos, me quedo con las ganas de materializar y generar empatía con la “mierda”; más allá que el mensaje “insulso” no llegue a ningún lado, caiga muerto o sea raqueteado olímpicamente, amigarse con “eso que está mal” y tener la entereza de mostrarlo es otra forma de accionar frente a tanto armazón repetitivo.

Hacerse cargo es, sin lugar a duda, una proeza demasiado heróica para los tiempos que corren.