No puedo concebir si la secuencia estrafalaria que viví ese
día fue real o tuvo lugar en mi cabeza. Hay hechos concretos, pero sentimientos
muy difusos y no existe sensatez completa en ninguno de los dos planos. Tu
grito alborotado, incrédulo y culpable. Y del otro lado yo, mirándote con tanta
congoja y resignación. El nudo en el pecho y una satírica sensación de alivio
por nuestra derrota. Porque esa situación ya era irremontable y sólo con el
último aliento pude darme cuenta.
Tengo que ser totalmente sincera; mi parte más inhumana se alegra de que
ahora acarrees esa podredumbre hasta el final. No es rencor, sin lugar a
duda. Siempre dijimos que uno hace lo
que puede con lo que tiene, pero creo que fuiste bastante consciente y,
a pesar de eso, te gusto el camino más ruin. No pretendo ordenar esto para mezclar
lo irreversible, pero hay deudas que son difíciles de saldar y, el precio del juego
y la histeria, son bastante altos. Así que, sin la entereza de saber si estoy
ideando esto o aquello, te dejo asentado cómo fue nuestro fin. Capaz puedas desglosar
de las palabras una resolución más pintoresca.
Esa semana te encontré bastante
indiferente, como de costumbre. Creo que nuestras amistades en común nos
anexaron en ese infierno. ¿Ninguno sabía de estás asperezas? Ignoro esa
ignorancia. Calculo que sólo querían un fin de semana ameno y superficial. Imagínate
el espanto que me inundó cuando te vi por la ventana a trasluz. Automáticamente
entré en esa habitación para llenarte de
preguntas, pero te habías ido. Así, como una bomba de humo, repentina y ágil.
Me
convencí que tarde o temprano nos teníamos que cruzar. A fuerza mayor o por mi
terquedad. Siempre tuve esas ganas imperiosas de poner las cartas sobre la
mesa, pero en cambio vos, eras un fanático de jugar con ellas, de guardártelas bajo
la manga. Sociabilicé por inercia mientras la mirada se me escapaba por los
costados. Te busqué con furia oculta. Pensé que mi presencia te iba a movilizar,
pero eras una piedra. Un muñeco autómata. Me tomé el atrevimiento de sospechar
del escenario. Si no era una especie de show encubierto y vos una mentira. Pero
era real, sé que en el fondo era real. Sin embargo, vos te paseabas de un
lado a otro como esquivándome, desapareciendo en un suspiro.
Y esa amiga en
común que no respondía mis inquietudes; me decía que sólo me estaba
haciendo la cabeza, que me tranquilizara. Todos ignoraban si efectivamente
estabas o no con nosotros. Cada día se volvió más tosco y dar con vos era como
seguir un mapa a ciegas. Me temblaba el alma y vomitaba desesperación.
Probablemente si das con esto te rías con esa suspicacia tan característica y sueltes con voz
endemoniada “pobre Alba, siempre tan metafísica y profunda”. Y la verdad que no te podría
discutir, vivo comprometida con el otro, no en el sentido de orden social. A
veces me canso de explicarte que enlazar con otra persona no es sinónimo de cantar
los votos. Que te quiero hasta la muerte es probable y eso lo supiste desde que
me perforaste con los ojos. No importa Baco, era hasta la muerte y justamente
esa línea ya la crucé. Hoy no sos más que la indiferencia flotando por el aire.
Te sonará perturbante lo que acabo de decir, pero aclaré que la secuencia fue
grotesca y no es una exageración. Después de tantas idas y vueltas, de
entregarme a tu nada, sentí un golpe en la frente. No puedo ponerlo en
palabras, pero se asemeja a una bocanada de vértigo. De repente los roles se
invirtieron, pero te vi resurgir del sueño. Estabas dormido. Por eso no atrapabas
mi presencia. Pero te levantaste de golpe, como si hubieses estado en un coma hermético
y te vi en ese movimiento brusco, dándote cuenta de todo.
Saliste disparado de
la cama, exaltado y con la traspiración colmándote cada poro. Corriste con una
angustia tan detonante que hasta me dio pena. Pero son los precios Baco, te
avisé, te juro que el costo iba a ser alto. Y andabas soltando palabras a
mansalva, perturbado. Hablando en otro idioma más humano.
Te cayó una ficha y a
mi otra. ¿Por qué te veía en un plano tan distante? Me sentí tu apéndice sin
poder tocarte y se hizo un eco de agonía. Corriste tanto, vi cómo te temblaron
hasta los pies. Andabas en círculos, medio extraviado en ese infierno, en esas paredes
que habían sido sólo desencuentro. Pensaste que me ibas a encontrar en algún
punto de ese lugar inhóspito, te sentiste iluminado y a tiempo, pero una voz te
bajó de un hondazo a la realidad.
Te quedaste pasmado y pálido cuando nuestro
enlace social te dijo que no estaba, que me había ido hace mucho. No tenía retorno. Capaz te despertaste de un sueño en mi sueño. Capaz tu revelación fue una
mentira, pero ahora garabateo esto con la convicción de quien vio un asesinato, inundada por
el horror que me dejaste ese día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario