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20 de julio de 2017

El artista y el mundo externo

“Uno dice “silla” o “ventana” o “reloj”, palabras que designan meros objetos de ese rígido e indiferente mundo que nos rodea, y sin embargo de pronto transmitimos con esas palabras algo misterioso e indefinible, algo que es como una clave, como un patético mensaje de una profunda región de nuestro ser. Decimos “silla” pero no queremos decir “silla”, y nos entienden. O por lo menos nos entienden aquellos a quienes está secretamente destinado el mensaje críptico, pasando indemne a través de las multitudes indiferentes u hostiles. Así que ese par de zuecos, esa vela, esa silla, no quieren decir ni esos zuecos, ni esa vela macilenta ni aquella silla de paja, sino yo Van Gogh, Vincent (sobre todo Vincent): mi ansiedad, mi angustia, mi soledad; de modo que son más bien mi autorretrato, la descripción de mis ansiedades más profundas y dolorosas. Sirviéndose de aquellos objetos externos e indiferentes, esos objetos de ese mundo rígido y frío que está fuera de nosotros, que acaso estaba antes de nosotros y que muy probablemente seguirá permaneciendo cuando hayamos muerto, como si esos objetos no fueran más que transitorios y temblorosos puentes (como las palabras para el poeta) para salvar el abismo que se abre entre uno y el universo; como si fueran símbolos de aquello profundo y recóndito que reflejan; indiferentes y objetivos y grises para los que no son capaces de entender la clave, pero cálidos y tensos y llenos de intención secreta para los que la conocen. Porque en realidad esos objetos pintados no son los universos de aquel universo indiferente sino objetos creados por ese ser solitario y desesperado, ansioso de comunicarse, que hace con los objetos lo mismo que el alma realiza con el cuerpo; impregnándolo de sus anhelos y sentimientos, manifestándose a través de sus arrugas, del brillo de sus ojos, de las sonrisas y comisuras de los labios; como un espíritu que trata de manifestarse (desesperadamente) con el cuerpo ajeno, y a veces groseramente ajeno, de una histérica médium”.
 
Sabato.

13 de julio de 2017

Jueves de encanto



Desde chiquita me dijeron que si madrugaba, Dios me iba a tirar una mano, un empujoncito o capaz una valija llena de oportunidades; el loto, un billete verde o la fórmula para girar la tuerca y que no se me mueva el mundo. Estoy lejos del proverbio, de la frase armada o del famoso «después de la tormenta sale el sol» (porque evidentemente si no sucediera eso ya estaría buscando pasaje con vuelo directo a quién-sabe-donde). Pero soy de la escuela de las «rutas alternativas», que de vez en cuando encuentra al bondi con sabor amargo. Hoy no quería los dos pasos, las cinco cuadras, el giro distraído y el compás de los ceños caraculicos. Así que le hice caso a ese todopoderoso que me vende combo de fortuna al mejor precio y salí veinte minutos antes para patear por las calles. El caza talentos no me encontró, pero yo me choqué con el cielo, que anda medio perdido en estos días de humedad. Me di cuenta que al que madruga probablemente Don-Dios (llámese uno mismo) no lo ayuda, pero lo despabila y le regala estas cuotitas de encanto. Y te juro que vienen sin intereses, sólo con saldo a favor. Después podes invertirlo y, en una de esas, sacas (alta) ganancia

6 de julio de 2017


 
Hoy terminé de leer a Murakami y en una parte de su libro (de qué hablo cuando hablo de escribir) atribuye su éxito no sólo a la constancia de una actividad, sino a la idea de «tirarse al agua y comprobar si flotamos o nos hundimos». A veces hay que tomar la decisión de quemar todos los barcos obsoletos, de destruir los puentes para no dar marcha atrás (al conformismo mediocre). La fortuna (un poco caprichosa) existe, pero sólo es una invitación para entrar al ring. En definitiva, lo que busquemos, lo que vayamos a ganar (o perder) depende exclusivamente de uno. Releo las palabras aleatorias del día, ese mensaje finito de cuatro pesos que cuaja con impulsos de auto ayuda. Chiquito. Tonto. Consumista. Certero.
Loco lindo el que arriesga. 

(08)