Se encuentra perdida en una dualidad prominente; la acción de escarbar en el fango de la realidad o hundirse en el profundo agujero negro de las palabras.
La desesperación en el pecho de no sentirse, pero al mismo tiempo, la excitación de no ser. La idea de no ser llamada y flotar en un limbo muy ajeno al resto. Que la llamen loca por palpitar diferente, que se alejen por la corriente y que el agua borre esas escarchas que se autoproclamaron transcendentes y no lo fueron. Cuánta miseria que se cree dueña del mundo y cuánto voluble que se encauza en la misma dirección.
Inhala y el olor a café recién hecho la embriaga. Le pesan los parpados, pero no tiene intenciones de averiguar la hora. Sabe que está en la misma posición hace mucho tiempo, pero no el suficiente para pararse y abandonar el establecimiento. La comodidad es muy grande para agazaparse al mundo tan rápido. Es una acción que requiere impulso y eso la marea.
Aquel café viejo de Buenos Aires, un tanto abandonado, le hace sospechar que su presencia no es obra del destino o la casualidad, más bien de hilos torpes y circunstancias engañosas que prefiere no recordar. Resulta ser un ambiente cargado de historias, que a su pesar, la involucran microscópicamente, pero que la involucran al fin. Conoce los detalles, los añora, pero también tienen la fuerza de hacerla sucumbir. Con ese aire añejo y melancólico. Con ese incomodo bullicio prescindible y con tantos ojos absortos...
Siente que le duelen los dedos, baja la mirada y esboza una sonrisa torpe. De vez en cuando pierde el control de su propio cuerpo y percibe que el recuerdo fue el enlace que la posicionó en semejante estado de autodefensa; rígida, crispada, esperando el próximo golpe. Un golpe que nunca llega, pero que provoca cierta sensación de Deja vu.
“Qué ridícula” piensa y deja caer el libro que hace un rato aferraba con violencia. Produce un golpe seco contra le mesa, pero sólo resuena en su diámetro existencial y lo sabe, por eso no se preocupa.
Se entusiasma con la idea de pasar desapercibida, de abrazar aquel rincón como un tesoro invaluable. Concibe que es bastante ruin abrazarse a un lugar con tantos tormentos, pero a la vez la reconforta y no puede luchar contra eso. No entiende cómo o porqué, pero tampoco quiere entenderlo. Lo deja ser, se deja sentir y paulatinamente es parte del todo.
Da un sorbo y estudia la tapa de aquella antinovela; un clásico en la literatura argentina (y porqué no del mundo). Un libro capaz de disparar diferentes puntos de vista y que plantea algo tan inmenso como la desorientación del hombre y su búsqueda espiritual. Proclamado como el mismísimo juego de la confusión y la excelencia. Tan inmenso que golpea con fuerza a los heroicos principiantes.
Inhala nuevamente, casi enamorada, por esas sensaciones que dispara. Se ve reflejada en cada página, en un juego psicótico y personal. Sabe que la realidad del libro no pega con el mismo calibre a todo el mundo y se siente una afortunada. Quizá nunca podrá saber que genera en la piel ajena, pero está segura de lo que produce en ella (y eso es más que suficiente).
“Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy” relee. Porque ciertamente ella podía ser todo y a la vez nada. Tenía la desquiciada virtud (o desventaja) de amoldarse a la vida. Representar lo que otros pretendían de ella, pero a la vez ser consiente de ese tremendo circo. No era un engaño, sino un simulacro de subsistencia (tan nefasto como pensar que no era una mentira, sino una omisión de facetas). Pobre mortal, tan loca, tan linda e incomprendida.
Un juego ficticio que envuelve a dos personajes, dos caras y dos personalidades que son parte de una misma moneda. El lado pedante y espectacular del protagonista que despierta tanto deprecio como empatía; delirante que vive en una búsqueda incompleta, permanente y sin respuesta. Una unidad, que consiste en encontrarse con uno mismo, pero que no debe ser resuelta por agentes externos (porque carece de sentido ser nombrado por lo que hacemos o dejamos de ser, sino más bien por lo que vivimos en el presente). Una idea que tomada con pinzas parece descabellada, compleja (como el personaje en cuestión), pero que tiene su razón de ser.
Deja el murmullo atrás y se sumerge nuevamente en un lapso de inconsciencia. Tan adicta a la soledad y al silencio de las palabras. Sabe que nunca va a extender la mano para que la saquen de ese fango inmundo que confunde con utopía. Atrapada en aquella seductora torpeza y en las costumbres (que en el fondo) le prohíben cruzar de una vereda a otra.
Ella, pedante en las cuestiones sentimentales como el personaje, también esconde la fragilidad de la otra cara. Esa desdichada que rompe los puentes con sólo cruzarlos. “Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto” remarca con lápiz.
Qué tormento sentirse parte y no serlo.
Apretó la mina punzante con cierta furia escondida y un llanto desgarrador la despertó del ensueño. Alzó la mirada algo perturbada y en un segundo volvió al sombrío café. Alternando realidades en una dura sincronía. “Vos pensás demasiado antes de hacer nada… cerca y lejos al mismo tiempo. Vos creés que estás en está pieza, pero no estás.”.
“Trampa del tiempo para crear ilusiones… Porque solamente las ilusiones eran capaces de mover a sus fieles, las ilusiones y no las verdades.”
El mozo la llamó por cuarta vez y sintió un vaivén mental, sin la certeza de saber qué realidad pisaba. Exhaló profundo y percibió que aquel hueco comenzaba a ser nefasto. Lleno de cuestiones no resultas, voces delirantes y el vivo recuerdo de unos ojos color almendra que habían prometido serlo todo y no fueron nada.
Miró por el ventanal y el cielo grisáceo la invitó a seguir camino. La cuenta, la propina, la borra del café y un cigarrillo.
“La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados, oyendo un piano mecánico y carcajadas manejando las vitrinas amarillentas de la sala donde no siempre se tenía dinero para entrar...”
No hay comentarios:
Publicar un comentario