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25 de noviembre de 2016

Explotó

Qué más te puedo decir, si a mi duelo le faltaban las lágrimas. Primero el desconcierto, la desolación, la incertidumbre y después un despeje abrupto. «Ah, pero no es tan grave» y sonrío, me calzo el disfraz de superada.. Que tiene una cuota de verdad y otras dos de mentira. Te lloro por sensación repetida, como deja vu atravesado. Te lloro porque tocaste mi vulnerabilidad de abandono. Y te sufro, me sufro, lo sufro. Este dolor que incide en el pecho, que me arranca y empuja del centro. ¿Qué me hiciste? ¿Cómo hiciste? Enseñame. No me gusta tu miedo disfrazado de piedad ni tu excusa barata. Reconocé que sos cagón. Reconocé que te da alergia sentir o que no viniste al mundo para eso. La verdad es que nunca te hallé y vos nunca quisiste encontrarme. Íbamos a tientas, tirando bombas de indiferencia, sabiendo que en algún momento iban a explotar.
Y si corazón, explotaron.

22 de julio de 2016

Clic


Ser consciente de los errores humanos; sentirlos, atravesarlos y finalmente arrepentirse toda la vida. Estuve días eternos replanteándome lo que hice y cómo lo hice. Las palabras que guardé y las que dije de más. Mucho tiempo castigando la timidez, esa que limitaba lo que realmente sentía. Hoy respondo más a los impulsos, a decir (a veces sin pelos en la lengua) lo que me traspasa o me parece injusto. Uno no quiere arrastrar la misma piedra ni muchos menos refregarse contra ella. Un día cerré la boca, pero ahora me aseguro de modular bien las palabras. Claridad que no de lugar a dudas. 
Tuve que transitar caminos de cuestionamiento absoluto. Planteos personales (y a veces ajenos) para encontrar la paz. Pero es mentira si digo que me afiancé con ella, porque todavía reñimos, ofuscadas. Nos desencontramos, después nos chocamos frente a frente. Salta de etapa en etapa con pocas intenciones de ser pasiva. La entiendo. Así como el bien se nutre del mal, la tranquilidad requiere de tormentos, necesarios para tener “un golpe de horno”; ayudarnos a dar el famoso “clic”. ¿Cómo si fuese tan sencillo, no? Como si de la noche a la mañana un botón se activara solo: “Ah, era por eso”. No, no es tan mágico. Me callé y pagué (creo) el karma de la inocencia. Mujer terca ¿No? ¿A quién le recriminas? ¿A una nena de catorce años? ¿A una loca que sabía poco de la vida? ¿Cómo ibas a saber cuando decir las palabras justas? Si incluso ocho años después y con experiencias atravesadas te quedas sin habla. Es así. A veces nos exigimos más de lo que podemos dar. Le imploré a cualquier divinidad el perdón cuando en realidad estaba en mis manos. ¿Quién te va a devolver la quietud? ¿Un extraño? ¿Quién te tiene que palmear el hombro con aprobación? Nadie, porque el único que podía darme las palabras exactas no estaba. “No Belén, yo te quiero igual. A pesar de tu testarudez, de tus errores”. Mentira. Estaba tan cegada a tener que escucharlo (a esa voz tan característica y grave) que no me di cuenta que era un acuerdo tácito entre los dos; no importa cuanto uno se equivoque, el amor de un padre es eterno. Cosa que me aclaraste una vez en sueños, si, una instancia irreal. Creo que es lo único que me sigue haciendo ruido, saber que te fuiste tan rápido, tan pero tan rápido, que no me diste tiempo de “crecer”. Viejo, pará. Dejame ver la vida, chocarme con todo. Dame la oportunidad de tomar un mate con vos. Mostrarte esta parte que se forjó, esto, lo que pienso, lo que reflexiono, como me siento. Mi nueva esencia. Mirame, ocho años después, renegando con gente en el trabajo, aprobando materias y dando mis primeros pasos. Mirame, encontrando gente hermosa y sufriendo por personalidades despreciables. Mirame viejo, mira como crezco. Mira como crece Maxi, como desplegamos nuestras alas. Fijate como me atravesó la adultez sin pedirlo, como la remamos cada día, y en consecuencia, lo que aprendemos. Mirá que linda es la vida, viejo. ¿Eso me querías mostrar? ¿Por eso vivías sonriendo? Y yo tan amargada, tan niña. Tan negada a las muestras de afecto. Qué boba, huyendo del cariño, si es lo más hermoso del mundo… Pero es así, uno no entiende esas cosas cuando apenas cruza el umbral de la adolescencia. Que iba a saber que la vida es tan única e irrepetible. Quién iba a saber, a esa edad, que al final del día sólo importa una risa, un abrazo, el te quiero, una pequeña muestra de afecto. Eras (y serás eternamente) un sabio rodeado de ciegos. Un corazón que sólo daba amor y que nunca apuntaba con el dedo. No, nunca juzgaste ni pasaste factura. Lo que diste, lo diste de más, hasta lo que no tenías. Por algo encontraste un alma gemela, que te complementó y ahora sigue tu pequeño legado. Que da, a pesar de los palos, aunque del otro reciba muy poco. Que da y se merece el mundo entero. Dame el changüí de que sea eterna, porque no es sólo madre, sino compañera, amiga y confidente. En este último tiempo aprendimos a llevar muchas cosas adelante. Qué responsabilidad viejo ¿Así se sentía? ¿Todo eso hacías solo? Cuentas, equilibrio, educación y amor de más. ¿Cómo no admirarte? ¿Cómo no sentir orgullo? Se me desborda el alma… y se me desbordó, sólo que no te lo dije. Ahora sólo es algo tácito y lo entendes (o lo supiste en su momento). Sé que me abrazas el alma en cada paso y que sos un santo, no de estampita, sino de terreno. Estés donde estés, sé que estás pendiente, porque cuando una soga nos aprieta, vos la aflojas. Desatanudos. ¿Por eso eras tan devoto, no? Ahora entiendo muchas cosas y también me faltan otras mil por entender, pero así es el camino. Me siento fascinada por lo que viví y lo que puedo llegar a recorrer. Gracias por darme la oportunidad de emprender este viaje, estoy segura que recién empieza...

29 de junio de 2016

Al final de la hora

Accedí. Accedí porque me trajeron engañado, o quizá no. Quizá fue mi subconsciente que me advirtió que era hora de crecer, pero ahora no quiero saber nada. No escucho la voz que me acompaña, esa voz gruesa y embaucadora que intenta distraerme. Intento descifrar qué me dice, pero mi oído esta pendiente al golpe persistente de la puerta, a las hojas que acomodan y desacomodan solas, al teléfono que no para de sonar y principalmente al parloteo aniquilante de dos señoras que me miran de reojo.
Murmuran sin pudor “la vestimenta inapropiada” de la muchacha que se ubica a tres asientos de distancia, ella no las escucha o sí, pero prefiere interiorizarse en la revista que sujeta rígidamente. De un tema al otro, saltando sin filtro ni pausa, sin ton ni son; del conflicto interno que hay en su edificio al exuberante precio de la obra social. Me las imagino en un ring, batiéndose a duelo, con las lenguas afiladas, los labiales pronunciados y el entrecejo arrugado. Golpeando con frases cortas, largas, rebuscadas o clichés de la edad.
Repugnan al oído, pero a la vez causan ternura o un sentimiento parecido al de admiración, pero no llega a ser eso. Son impenetrables porque pueden comentar lo que sea, de quién sea, sin caer bajo el juicio de un dedo acusador. Es su naturaleza y nadie va a discutir una norma general; señora mayor equivale a lingotes de paciencia. Todos lo piensan, nadie lo dice, como esas cosas tácitas que cortan el aire, pero están ahí, carcomiendo la cabeza.
Una voz hace eco. Pronuncia un apellido al final del pasillo. Una de las señoras se levanta triunfal y eso me da a entender que no falta mucho. Tres personas o dos. ¿Y si soy el siguiente? Realmente perdí la cuenta, porque mi mente divaga en cosas insulsas para no darle vueltas al asunto. Un autoengaño.
Es una injusticia… pero también es cierto que me lo había buscado. Invertir la plata que me habían dado en caramelos masticables, tarde o temprano iba a traer sus consecuencias. Ahora las estoy pagando. La racha perfecta arruinada por el deseo goloso de estrujar mis molares en pasta artificial. No tengo cura.
La aguja superior marcha una carrera silenciosa, avergonzada de tantos ojos que la acosan. Avanza como escapándose, pero no sabe que solo esta pisándose los talones. Parece que va a los piques, pero al mismo tiempo se burla de nosotros aminorando el paso. Quiero explicarle a mi papá que no importa cuántas veces la mire, las cosas del otro lado van a seguir estáticas; explicarle que no estamos automatizados ni condicionados a ella.
Su compañera es más lenta, se toma su tiempo, esta como dormida. Quizá se siente abrumada por la otra, que es mucho más alta, ágil y se lleva toda la atención. Pero no importa, la entiendo y me compadezco. A veces no es fácil ser el más chiquito, te pasan por arriba con muchas vueltas, una y otra vez. Uno no puede decir mucho.
Se cruza una pierna, después cambia, mira a un costado, después a otro. Sigo sus ritmos armoniosos y sistemáticos. De un momento a otro me encuentro haciendo lo mismo, sintiéndome un poco más grande de lo que soy. Me asusto y automáticamente me desparramo en la silla, queriendo aparentar que no me importa estar esperando, pero si, me molesta y ya siento mis palpitaciones, la desesperación por estar mirando la misma pared hace más de una hora.
Y ahora me acuerdo porqué accedí. Accedí porque iba a ser un “tramite rápido”, porque en un cerrar y abrir de ojos se iba a solucionar el taladro que me tortura al masticar cualquier cosa. Me engañaron, una vez más. Ahora cierro y abro los ojos como un chiquilín, esperando que pase eso, que se solucione todo, pero no. Sigo ahí, en la misma posición, inquietándome cada vez más. Apoyándome en un brazo, después en otro, refunfuñando porque ya nada me parece cómodo.
Sale la señora robusta y ya no tiene el aire triunfal de hace un rato. Está mas avejentada, con los ojos caídos y la cara más regordeta que antes. Su amiga, cómplice de conventillo la mira igual de alarmada, le murmura algo, pero no se le entiende nada. Parece que carga una papa en la boca y la otra niega con la cabeza. Se van, ahora con un andar derrotado.
Estoy más ansioso y le repito que en realidad “no me duele mucho”, que es sólo una molestia. Mi papá se ríe y no me responde nada. Insisto una vez más, terco y me dice “que no le tome el pelo”. Mi voz suena a suplica, porque se acerca mi hora y nada funciona.
La puerta se abre una vez más y estoy entregado. Me acorrala la responsabilidad de ser un hombre, pero no es mi turno. Llaman a otra persona y no sé si eso me alivia o me perturba. Se para una mujer con aire risueño e intenta convencer a una nena que esta igual de negada. Todos la miramos porque empieza a hacer un berrinche, llora y se aferra a la silla. La quiero ayudar, decirle que no es tan grave, pero ni yo me lo creo. Así que prefiero quedarme callado. Al final la arrastra y se pierde en el pasillo. Todos siguen inmutables, como si no hubiese pasado nada, pero yo me encuentro más alarmado.
Al lado mío sólo escucho que reniegan el doble; “que nos tocaba a nosotros, que llegamos tarde a no se dónde”. Finalmente se articula mi apellido, con esa voz temida y carrasposa. Me da la sensación de que rebota contra las pareces blanquecinas, pero nadie más la ataja. Me niego, avanzo y me vuelvo a negar. Levanto el pecho y termino cediendo porque sé que es la única salida.

19 de febrero de 2016

Cromo

Se encuentra perdida en una dualidad prominente; la acción de escarbar en el fango de la realidad o hundirse en el profundo agujero negro de las palabras. 

La desesperación en el pecho de no sentirse, pero al mismo tiempo, la excitación de no ser. La idea de no ser llamada y flotar en un limbo muy ajeno al resto. Que la llamen loca por palpitar diferente, que se alejen por la corriente y que el agua borre esas escarchas que se autoproclamaron transcendentes y no lo fueron. Cuánta miseria que se cree dueña del mundo y cuánto voluble que se encauza en la misma dirección. 

Inhala y el olor a café recién hecho la embriaga. Le pesan los parpados, pero no tiene intenciones de averiguar la hora. Sabe que está en la misma posición hace mucho tiempo, pero no el suficiente para pararse y abandonar el establecimiento. La comodidad es muy grande para agazaparse al mundo tan rápido. Es una acción que requiere impulso y eso la marea.

Aquel café viejo de Buenos Aires, un tanto abandonado, le hace sospechar que su presencia no es obra del destino o la casualidad, más bien de hilos torpes y circunstancias engañosas que prefiere no recordar. Resulta ser un ambiente cargado de historias, que a su pesar, la involucran microscópicamente, pero que la involucran al fin. Conoce los detalles, los añora, pero también tienen la fuerza de hacerla sucumbir. Con ese aire añejo y melancólico. Con ese incomodo bullicio prescindible y con tantos ojos absortos...

Siente que le duelen los dedos, baja la mirada y esboza una sonrisa torpe. De vez en cuando pierde el control de su propio cuerpo y percibe que el recuerdo fue el enlace que la posicionó en semejante estado de autodefensa; rígida, crispada, esperando el próximo golpe. Un golpe que nunca llega, pero que provoca cierta sensación de Deja vu.

“Qué ridícula” piensa y deja caer el libro que hace un rato aferraba con violencia. Produce un golpe seco contra le mesa, pero sólo  resuena en su diámetro existencial y lo sabe, por eso no se preocupa.

Se entusiasma con la idea de pasar desapercibida, de abrazar aquel rincón como un tesoro invaluable. Concibe que es bastante ruin abrazarse a un lugar con tantos tormentos, pero a la vez la reconforta y no puede luchar contra eso. No entiende cómo o porqué, pero tampoco quiere entenderlo. Lo deja ser, se deja sentir y paulatinamente es parte del todo.

Da un sorbo y estudia la tapa de aquella antinovela; un clásico en la literatura argentina (y porqué no del mundo). Un libro capaz de disparar diferentes puntos de vista y que plantea algo tan inmenso como la desorientación del hombre y su búsqueda espiritual. Proclamado como el mismísimo juego de la confusión y la excelencia. Tan inmenso que golpea con fuerza a los heroicos principiantes.

Inhala nuevamente, casi enamorada, por esas sensaciones que dispara. Se ve reflejada en cada página, en un juego psicótico y personal. Sabe que la realidad del libro no pega con el mismo calibre a todo el mundo y se siente una afortunada. Quizá nunca podrá saber que genera en la piel ajena, pero está segura de lo que produce en ella (y eso es más que suficiente).

Lo que me gustaría ser a mí si no fuera lo que soy” relee. Porque ciertamente ella podía ser todo y a la vez nada. Tenía la desquiciada virtud (o desventaja) de amoldarse a la vida. Representar lo que otros pretendían de ella, pero a la vez ser consiente de ese tremendo circo. No era un engaño, sino un simulacro de subsistencia (tan nefasto como pensar que no era una mentira, sino una omisión de facetas). Pobre mortal, tan loca, tan linda e incomprendida.

Un juego ficticio que envuelve a dos personajes, dos caras y dos personalidades que son parte de una misma moneda. El lado pedante y espectacular del protagonista que despierta tanto deprecio como empatía; delirante que vive en una búsqueda incompleta, permanente y sin respuesta. Una unidad, que consiste en encontrarse con uno mismo, pero que no debe ser resuelta por agentes externos (porque carece de sentido ser nombrado por lo que hacemos o dejamos de ser, sino más bien por lo que vivimos en el presente). Una idea que tomada con pinzas parece descabellada, compleja (como el personaje en cuestión), pero que tiene su razón de ser.

Deja el murmullo atrás y se sumerge nuevamente en un lapso de inconsciencia. Tan adicta a la soledad y al silencio de las palabras. Sabe que nunca va a extender la mano para que la saquen de ese fango inmundo que confunde con utopía. Atrapada en aquella seductora torpeza y en las costumbres (que en el fondo) le prohíben cruzar de una vereda a otra.

Ella, pedante en las cuestiones sentimentales como el personaje, también esconde la fragilidad de la otra cara. Esa desdichada que rompe los puentes con sólo cruzarlos. “Cuántas palabras, cuántas nomenclaturas para un mismo desconcierto” remarca con lápiz.

Qué tormento sentirse parte y no serlo.

Apretó la mina punzante con cierta furia escondida y un llanto desgarrador la despertó del ensueño. Alzó la mirada algo perturbada y en un segundo volvió al sombrío café. Alternando realidades en una dura sincronía. “Vos pensás demasiado antes de hacer nada… cerca y lejos al mismo tiempo. Vos creés que estás en está pieza, pero no estás.”.

Trampa del tiempo para crear ilusiones… Porque solamente las ilusiones eran capaces de mover a sus fieles, las ilusiones y no las verdades.

El mozo la llamó por cuarta vez y sintió un vaivén mental, sin la certeza de saber qué realidad pisaba. Exhaló profundo y percibió que aquel hueco comenzaba a ser nefasto. Lleno de cuestiones no resultas, voces delirantes y el vivo recuerdo de unos ojos color almendra que habían prometido serlo todo y no fueron nada.

Miró por el ventanal y el cielo grisáceo la invitó a seguir camino. La cuenta, la propina, la borra del café y un cigarrillo.

“La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados, oyendo un piano mecánico y carcajadas manejando las vitrinas amarillentas de la sala donde no siempre se tenía dinero para entrar...”

11 de febrero de 2016

Puerta abierta

Estar frente a textos que rozan lo absurdo, que carecen de sentido, y que automáticamente nos invitan a mirar hacia otro lado. El orgullo de no sentirse a la altura y la decencia de retirarse a tiempo. Es una batalla perdida, pero no un abandono total.

Un buen contrincante primero desespera, despierta demencia y finalmente sumerge en la negación profunda. En consecuencia, la madurez de asumir que cada palabra tiene vida propia; la capacidad de alternarse y cobrar mil significados.

Ser un lector paciente implica luchar con los monstruos literarios y con los grandes autores. Comprender que un relato no sólo es un mundo aparte, una distracción banal, sino la resignificación de cómo vemos lo externo. Oraciones que entreabren puertas insólitas, capaces de acoplarse a su portador en diferentes circunstancias de la vida.

Tuve la capacidad de entender que sí algo carecía de sentido a simple vista, eso no lo hacía más insignificante, sino diferente. Asimilarlo paulatinamente no nos vuelve más ignorantes, sino carentes de herramientas que se adquieren con el tiempo, la práctica y la predisposición. Siempre subrayo que todos tenemos la misma capacidad, pero la voluntad un poco más desarrollada, o en su defecto, pisoteada. Puede ser también una percepción errada; un juicio subjetivo que tampoco es de fiar.

Resignificar o renacer implica, a mi entender, morir para dar paso a nuevas ideas. Soltar verdades que considerábamos absolutas (únicas) y acoplar lo desconocido. De esa manera, cada relato puede ser una llave a algo nuevo, una ruptura que no debe quedar estática en una página, sino que debe ser parte del día a día para combatir la dicotomía del “destino decidido” o la “reconstrucción” continua de nuestro propio relato; ser protagonistas de cada capítulo y moldearlo a cuenta propia. 

Estoy negada a concebir que los pies deben seguir un mismo camino; un principio, un nudo y desenlace. Hay algo más que esa ecuación básica existencial. La vida, es ruptura, giros y saltos temporales continuos. Probablemente por eso la construcción sencilla de los textos me repele (y antes me resultaba atrapante). Aunque también estoy generalizando porque existen cuentos simples capaces de volar la cabeza.

Mutar, resignificar y explorar la propia mente.

Considero que no hay placer más inmenso que viajar de palabra en palabra, de personaje en personaje y tener la capacidad de saltar en múltiples realidades. Un beneficio dañino en cual podemos perdernos. Algo tan hermoso que duele.

La dualidad de sobrevivir a está nueva experiencia; de encontrarse con esos viejos contrincantes, más visibles y seductores, pero que arrastran, y arrastran fuerte.

12 de enero de 2016

Triskel



Generalmente busco transmitir mis experiencias a través de palabras rebuscadas. Sinónimos narcisistas o cerrados. Quizás en un intento de ser eternamente indescifrable o revolcarme en mi propio dialecto apocalíptico. Y esa catarsis obsesiva (que también marca mi estilo literario) es desgastante y autoexigente. Muy fiel a mi persona. Justificar lo injustificable, encontrarle una razón a lo que simplemente es.

Gracias a determinadas circunstancias percibí que deposito puntos suspensivos en donde sólo corresponde un punto final. No porque algo este resuelto, sino porque hay capítulos que merecen ser cerrados. Historias que nos corroen o nos hacen mirar atrás. Y una amiga me enseñó que el ser humano tiende a construir el futuro con proyecciones del pasado, un error garrafal.

Escaparse de vez en cuando de la realidad no es un acto cobarde, sino reflexivo. Ese recorte nos marca como actuar, qué decir y cómo vivir. Ni siquiera me atrevo a llamar “realidad” a una costumbre que varía en cada individuo. Sencillamente son modos de encarar la rutina. Ni buenos ni malos.

Por diversos motivos, mi cabeza adoptó un modo automático o piloto. Un estilo de vida bastante mediocre: sobrevivir. Aceptar que las cosas se hacen de una manera porque sí, con una estructura o un esquema diagramado. Como si todo (oportunidades, desgracias, decisiones, perdidas) estuviera determinado desde el minuto cero. Aceptar y seguir. Sin discusión. Una marioneta que dispone sus hilos a la mismísima nada.

Mi subconsciente me alertó continuamente que estaba perdiendo el camino, incluso mi propia esencia. No sólo estaba viviendo por vivir, sino que perdía mi eje personal. No me interesaba saber quién era (o quén podía llegar a ser), porque sencillamente no tenía el derecho o la fuerza para descubrirlo.

Lo tomé como una etapa de transición, pasajera, que sola llega y se va. Sin embargo, no me percaté que yo misma había construido ese infierno y que, no sólo no se iba a ir, sino que lo estaba alimentando. Engordando una realidad corrosiva.

Me pregunté mil veces como salir de ese laberinto que había construido. El cielo era la solución, pero me hacia cada vez más chiquita y las paredes más prominentes. En resumen, sabía que quería salir de esa mediocridad (que había algo mejor), pero no tenía la fuerza.

Escuché a lo largo de los años que era una guerrera; una luchadora hasta los huesos, pero nunca tuve la certeza que sea así. Como suelo repetir, todos tenemos la misma voluntad, pero a veces más ofuscada o dañada por diversas circunstancias.

En lo personal aprendí a recibir los golpes y aminorarlos. No porque quisiera ser una mártir (si algo odio en la vida es la lastima ajena), sino por costumbre. Es como la frase “una vez que sentís un dolor tan grande, los otros dolores son secundarios”. Pero también en estos días me enseñaron que decir “estoy acostumbrada” es un vicio dañino, porque uno asume que sufrir está bien, que uno se merece lo malo, lo que sobra, y no, no es así.

Uno tiene que tomar el dolor y redescubrirlo (no acumularlo en un pozo) porque tarde o temprano corremos el riesgo de explotar (de múltiples formas).

Lo que pasó, pasó. No pienso retroalimentarme del pasado. Conocí personas que potenciaron mis mejores aristas y otros individuos que sencillamente disfrutaron menoscabar mi cabeza; que prometieron utopías, mil soluciones, y sólo me regalaron dolor. Pero asumí (duramente) que la culpa fue exclusivamente mía por permitir que me afectara.

Hoy soy otra persona, que se alegra de lo vivido, pero no se nutre de eso. Qué recuerda cada gajo, cada dolor, para salir adelante. Rozo la más pura de las imperfecciones, y en el fondo me encanta, porque me permite tener metas y soldar quién quiero ser. Sí tuviera las cosas resueltas sería muy aburrido.

Tengo una marca de por vida que me recuerda una cosa: Redescubrirse. La búsqueda del eterno aprendizaje, el desapego a situaciones que nos alejan de nuestro centro común (bienestar).

Ser niñez, madurez y vejez, y al mismo tiempo, pasado, presente y futuro. Mente, cuerpo y alma.

Hoy tengo la certeza que muero, pero que también vuelvo a renacer.