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9 de abril de 2014

           Micaela mira el grabador, después el techo y las paredes. Con una sonrisa impredecible y un suspiro largo se acomoda en el sillón. Sigue pensativa, remando en un mar de sentimientos, buscando alguna manera de contar su historia sin sentirse perturbada. “Son cosas impredecibles, momentos únicos, personas que pasan por tu vida y dejan retazos, imborrables. Marcas profundas”. Hace una pausa corta y sonríe “O capaz soy muy enamoradiza e idealizo demasiado a las personas. Cuando uno carga de expectativas las cosas tiende a decepcionarse” puntualiza exasperada.



Ella parpadea y no deja que el bullicio del ambiente la consuma. Tiene una personalidad penetrante e intensa, de a momentos se queda sin aliento pero retoma sin dificultad. Rememora su viaje y cuenta como lo conoció a mediados de Marzo, como sin quererlo ni esperarlo sus miradas se entrecruzaron. Un momento que determinó todo lo demás. Una  conexión ínfima y a la vez inmensurable. Fue precisamente en el embarque donde su mundo se puso de cabezas. Y con el simple recuerdo, sus palpitaciones se disparan, desenfrenadas “Tenía que averiguar quien era, a toda costa. Por lo menos saber su nombre. No sé, internamente me había fijado esa meta, un poco insana pero posible. Creo fervientemente que hay personas que viven para cautivar a otras, y él tenía ese algo atrapante” concluyó con el corazón en la garganta.

Se escucha atenta y parece pasmada por la fascinación de su voz. Probablemente su nivel de idealismo haya superado las expectativas y se avergüenza por lo obvio. Entonces sus labios dibujan una sonrisa nerviosa y mueve las manos al compás de su respiración. Cada reacción parece única y sorpresiva, como si se estuviera redescubriendo a ella misma.

          Se encoje de hombros con cierta resignación y parece más menudita. Tiene un aire bohemio pero clásico que se fusiona con la armonía de su personalidad. No es el tipo de persona que se encuentra todos los días, sin embargo ella se siente más normal que el resto de los mortales.

         Llena los pulmones con aire y retoma “Pero traté de no maquinar la cabeza. Había más de 4000 personas en el Costa y las posibilidades de encontrarlo eran casi nulas. Así que seguí con la idea de disfrutar las vacaciones familiares.” En ese instante sus ojos se crisparon de emoción “Hasta que llegó el mediodía. Estaba en la cafetería y una voz abrupta me saco de contexto, no paraba de refunfuñar, repetía una y otra vez que la comida era desagradable, que quería algo más sencillo. No sé cómo ni porqué me di vuelta y le dije <<Las hamburguesas están afuera>> después de un rato me di cuenta: era él. Así que ya era muy tarde, se había ido y yo seguía sin saber su nombre. Lo apodé el chico hamburguesa…” recuerda con cierta gracia.

        Más allá del absurdo sobrenombre, Micaela se entusiasma, radiante y frenética. Lo describe minuciosamente, como si sus ojos lo estuvieran esculpiendo: Morocho, de estatura promedio y un físico bien marcado. “El sueño ideal” balbucea anonadada. Sin embargo, no es eso lo que la enamorada sino su personalidad enigmática. “Su voz te atrapa, te eleva y te tira al abismo. Cuando lo conoces tenés la necesidad imperiosa de no alejarte.” Pero su amor platónico se hacia rogar y aunque era predecible no encontrarlo (por la cantidad de personas abordo) mantenía la esperanza intacta.

Se abraza al calor del capuchino y deja que el silencio apacigüe aquel temperamento interno implícito en el aire.

Pero recién la segunda noche pudo concentrar su más ansiado anhelo: Consternada por el ambiente y las luces de neón procuró mantenerse al margen de la muchedumbre. Entonces levantó la mirada y se encontró con la de él, con esos ojos pardo oscuro, profundos como la inmensidad del mar que los rodeaba. “Miré otra cosa. Me hice la distraída. Estaba cohibida… pero igual se acercó. Y de un minuto a otro lo tenía plantado adelante mío, hablándome. Ahí supe su nombre: Ulises.”

Remarca la última palabra con un suspiro arrebatado y deja la taza en la mesa “Pasamos toda la noche hablando, las horas se iban sin piedad y nosotros estábamos en nuestro mundo”. Y prácticamente así fue toda la secuencia de los diez días: Él la llamaba a la madrugada o se escapaba para tocarle la puerta del camarote, como dos locos enamorados recorrían los pasillos del Costa y en cada parada se las ingeniaban para verse.

Tras este último recuerdo Micaela se petrifica y se encoje de hombros. “Pero yo vivo acá, en Buenos Aires… Y él en Bariloche”. Este estalle esfímero (que en realidad resulta determinante para su vida emocional) los mantiene separados a más de 2000 kilómetros de distancia. A pesar de eso, se sienten más unidos que nunca.


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