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22 de septiembre de 2014

“El mayor derecho de piso que pagué fue el descreimiento de mi mismo”


    Cuando Mario Massaccesi tenía 8 años se plantó frente al televisor y dijo convencido que quería estar ahí. Enamorado a primera vista del periodismo, siempre se pregunta cuál fue el motivo de esa reacción y repite anonadado “que la profesión lo agarró por asalto, desprevenido, y no lo dejó pensar”. Hasta el día de hoy lo analiza, pero sabe que “no podría estar en otro lugar”; todo lo que es, su forma de pensar y sentir lo definen completamente, y que a pesar de las adversidades de la vida, siempre supo que esa era “su vocación”.



17 de septiembre de 2014

Un mundo de espejos e imágenes distorsionadas. Paper towns



 Los libros contemporáneos pueden ser una trampa mortal para los lectores, sobre todo para aquellos que buscan leer de un mismo autor continuas maravillas y se predisponen mentalmente, ensimismados, en repetir las mismas sensaciones una y otra vez. Es casi indiscutible afirmar que los escritores arrastran estilos propios a lo largo de toda su vida, sin embargo, cada creación, cada texto y cada historia responde a una esencia única e irrepetible.
Lamentablemente, este fenómeno desacertado se instaló con “Ciudades de papel”, la última innovación de John Green, autor reconocido por su más reciente novela “Bajo la misma estrella”, recibida por la prensa con aluvión de críticas apasionadas y que encabeza la lista de ventas en todo el mundo desde su publicación.
La particularidad del autor es el estilo único que consigue combinando humor y sensibilidad, plantando una historia sencilla, un poco cliché, que finalmente da un giro de tuerca y se transporta a un terreno original, con detalles y un “toque” que simplemente él puede darle. De esta manera, Ciudades de papel cuenta la historia de Quentin, un desastre en popularidad y asuntos del corazón, que se reencuentra con la enigmática Margo, quién se presenta a mitad de la noche para proponerle un “plan de venganza” contra todos aquellos que le han hecho la vida imposible a lo largo de su adolescencia. Después de esa desaforada noche, Margo desaparece y el protagonista está convencido de que tiene las claves para encontrarla.  
A partir de ese momento se desprende un enigma, y ese final “predecible” se vuelve un agujero negro con diversas posibilidades y desenlaces; Un punto de quiebre que atrapa al lector y lo obliga a seguir leyendo hasta la última página. A pesar de está característica perfectamente lograda hay que remarcar, como se señaló antes, que “Ciudades de papel” no es una copia mejorada de “Bajo la misma estrella”, es otra historia, otra esencia, que no puede ser capturada por cualquier lector. Es decir, las interpretaciones y las metáforas implementadas a lo largo de todo el texto no tendrán la misma valoración en todos, cada uno responderá (y apreciará) la idea de múltiples maneras.          
Afortunadamente estamos frente a un libro que busca cierta verosimilitud en sus historias, que a su vez entremezcla cierta tragedia teatral exacerbada, pero que ofrece un final que no es el que hubiésemos querido, un final que no es propio del cine (en dónde todos viven felices), sino que es realista; esa realidad que pega fuerte y está llena de obstáculos, pero que al final deja alguna enseñanza y te fortalece como persona.       
Una historia que refleja un mundo inmerso en la rutina, de personas que se quieren parecer a otras (superficiales), un mundo enloquecido por la manía de poseer cosas, cosas débiles y frágiles como el papel. Personas que viven cada instante en razón del futuro y responden a un círculo vicioso en donde estudian, pasan por el colegio, la secundaria, la facultad, el trabajo, la casa, para finalmente pagarles la facultad a sus hijos y lograr que continúen el mismo ciclo por muchas generaciones.        
Ciudades de papel aborda temas de la amistad, el amor y la identidad para plantearnos si vemos en los demás, y en nosotros mismos, sólo aquello que queremos ver. Individuos como recipientes herméticos a los cuales les pasan cosas; personas que los dejan, que no los quieren, que no los entienden y que tristemente se pierden, se fallan y agrietan como final inevitable.      
A pesar de los altibajos rítmicos y un final inesperado, la obra ganadora del prestigioso premio Edgar, logra capturar la perspectiva en primera persona de Quentin y utiliza acertadamente la obsesión para configurar una búsqueda externa e interna dónde el propósito es descubrirse a uno mismo y descubrir a las personas que nos rodean más allá de la imagen idealizada que tengamos de ellas. 







28 de abril de 2014

Y un día..

La ansiedad y la desesperación sólo iban a ser sentimientos encontrados, pasajeros, pensó. En menos de una hora todo el revuelto emocional estaría extinto y por primera vez en su vida iba a tocar el cielo con las manos. Entonces estiró su cuerpo para palpar la gloria, y en un intento fallido, casi torpe, sus dedos rozaron los bordes celestiales de lo irreal. Sintió el placer de lo infinito, de la cabeza a la punta de los pies.
Estaba renaciendo en un mundo que ya estaba muerto, y la vida, totalmente cínica, segura de sus movimientos, le ofrecía una ardua revancha. Y ella, con la frente en alto y con el miedo en el bolsillo aceptó, porque en ese momento no tenía nada que perder.
Se colgó del ensueño, de las expectativas y de lo que parecía real. Sólo necesitaba atravesar un obstáculo ínfimo para llegar a su paraíso. El edén que le habían prometido después de tantas idas y vueltas. Sólo un paso que iba a encaminar su vida de otra manera. Era la ilusión de sentirse elegida entre tantas personas.
Era una oportunidad única e inexplicable, casi misericordiosa. Internamente sentía que era un manojo de sentimientos, angustia, felicidad y sobre todo miedo. Sin embargo, estaba convencida de que había tomado esa responsabilidad con adultez, con el afán de no defraudar a su entorno, a la institución, a su familia, a la persona que había apostado por ella. Era consiente de eso y mucho más, porque a pesar de haber vivido dos décadas sus ojos estaban bien abiertos y su espalda bien erguida.
Y como por arte de magia la vida ya no parecía ser una carrera de supervivencia, llena de obstáculos y personajes siniestros, sino todo lo contrario: Ahora se vislumbraba como una aventura efectiva, llena de impulsos y riesgos que enfrentar.
Con la garganta seca y casi sin aliento se agazapó al límite, muy confiada de su suerte. Sólo una patada del destino podía retorcer esa realidad inigualable. Entonces abrió los labios y exigió lo que era suyo: La oportunidad de pisar fuerte, de crecer y ser alguien.
Y de un segundo a otro, imperceptible, el mundo se vino abajo. Lo que era imposible se revirtió y ahora vivía la más desolante de las pesadillas.
Atrás del mostrador unos labios carmesí repetían incansablemente que era tarde, que la oportunidad se había ido.
Su pecho en un arrebatado auto reflejo se hundió, perforando la ilusión que había construido a regañadientes. Ahora no era más que retazos esparcidos en la inmensidad de la nada.
Dio un paso atrás y la situación le pareció absurda. Miró a la rubia despampanante que disfrutaba de su miseria y esperó. Un minuto, dos, tres. Nadie decía nada. Nadie se retractaba ni pedía disculpas.
Su negación estaba siendo aplastada por hechos concretos y reales. Un error humano que recaía en ella, y que sin piedad, había cortado el único hilo de su utopía.
Sintió como sus palpitaciones se aceleraban e intentó enumerar la secuencia escalofriante. No entendía cómo había terminado en esa circunstancia.
El entorno parecía impenetrable; las personas seguían de largo, rebosantes y el mundo no paraba. Su hemisferio estaba alineado en otro sentido. Un sentido muy ajeno al de ella.
Quedarse en ese lugar era un martirio y cada minuto abría un nuevo interrogante. Preguntas y supuestos. Nada resulto.
Entonces se dejó caer en el asiento y reprimió un sollozo infantil. Todas las cartas estaban echadas, postradas sobre la mesa.
No había fortuna, solo resignación.  



9 de abril de 2014

           Micaela mira el grabador, después el techo y las paredes. Con una sonrisa impredecible y un suspiro largo se acomoda en el sillón. Sigue pensativa, remando en un mar de sentimientos, buscando alguna manera de contar su historia sin sentirse perturbada. “Son cosas impredecibles, momentos únicos, personas que pasan por tu vida y dejan retazos, imborrables. Marcas profundas”. Hace una pausa corta y sonríe “O capaz soy muy enamoradiza e idealizo demasiado a las personas. Cuando uno carga de expectativas las cosas tiende a decepcionarse” puntualiza exasperada.