Cuando Mario Massaccesi tenía 8 años se plantó frente al televisor y dijo convencido que quería estar ahí. Enamorado a primera vista del periodismo, siempre se pregunta cuál fue el motivo de esa reacción y repite anonadado “que la profesión lo agarró por asalto, desprevenido, y no lo dejó pensar”. Hasta el día de hoy lo analiza, pero sabe que “no podría estar en otro lugar”; todo lo que es, su forma de pensar y sentir lo definen completamente, y que a pesar de las adversidades de la vida, siempre supo que esa era “su vocación”.♦
22 de septiembre de 2014
“El mayor derecho de piso que pagué fue el descreimiento de mi mismo”
Cuando Mario Massaccesi tenía 8 años se plantó frente al televisor y dijo convencido que quería estar ahí. Enamorado a primera vista del periodismo, siempre se pregunta cuál fue el motivo de esa reacción y repite anonadado “que la profesión lo agarró por asalto, desprevenido, y no lo dejó pensar”. Hasta el día de hoy lo analiza, pero sabe que “no podría estar en otro lugar”; todo lo que es, su forma de pensar y sentir lo definen completamente, y que a pesar de las adversidades de la vida, siempre supo que esa era “su vocación”.17 de septiembre de 2014
Un mundo de espejos e imágenes distorsionadas. Paper towns
Los libros contemporáneos pueden ser
una trampa mortal para los lectores, sobre todo para aquellos que buscan leer
de un mismo autor continuas maravillas y se predisponen mentalmente, ensimismados,
en repetir las mismas sensaciones una y otra vez. Es casi indiscutible afirmar
que los escritores arrastran estilos propios a lo largo de toda su vida, sin
embargo, cada creación, cada texto y cada historia responde a una esencia única
e irrepetible.
Lamentablemente, este fenómeno
desacertado se instaló con “Ciudades de papel”, la última innovación de John
Green, autor reconocido por su más reciente novela “Bajo la misma estrella”,
recibida por la prensa con aluvión de críticas apasionadas y que encabeza la
lista de ventas en todo el mundo desde su publicación.
La particularidad del autor es el
estilo único que consigue combinando humor y sensibilidad, plantando una
historia sencilla, un poco cliché, que finalmente da un giro de tuerca y se transporta
a un terreno original, con detalles y un “toque” que simplemente él puede
darle. De esta manera, Ciudades de papel cuenta la historia de Quentin, un
desastre en popularidad y asuntos del corazón, que se reencuentra con la
enigmática Margo, quién se presenta a mitad de la noche para proponerle un
“plan de venganza” contra todos aquellos que le han hecho la vida imposible a
lo largo de su adolescencia. Después de esa desaforada noche, Margo desaparece
y el protagonista está convencido de que tiene las claves para encontrarla.
A partir de ese momento se desprende
un enigma, y ese final “predecible” se vuelve un agujero negro con diversas
posibilidades y desenlaces; Un punto de quiebre que atrapa al lector y lo
obliga a seguir leyendo hasta la última página. A pesar de está característica
perfectamente lograda hay que remarcar, como se señaló antes, que “Ciudades de
papel” no es una copia mejorada de “Bajo la misma estrella”, es otra historia,
otra esencia, que no puede ser capturada por cualquier lector. Es decir, las
interpretaciones y las metáforas implementadas a lo largo de todo el texto no
tendrán la misma valoración en todos, cada uno responderá (y apreciará) la idea
de múltiples maneras.
Afortunadamente estamos frente a un
libro que busca cierta verosimilitud en sus historias, que a su vez entremezcla
cierta tragedia teatral exacerbada, pero que ofrece un final que no es el que
hubiésemos querido, un final que no es propio del cine (en dónde todos viven
felices), sino que es realista; esa realidad que pega fuerte y está llena de
obstáculos, pero que al final deja alguna enseñanza y te fortalece como
persona.
Una historia que refleja un mundo
inmerso en la rutina, de personas que se quieren parecer a otras
(superficiales), un mundo enloquecido por la manía de poseer cosas, cosas
débiles y frágiles como el papel. Personas que viven cada instante en razón del
futuro y responden a un círculo vicioso en donde estudian, pasan por el
colegio, la secundaria, la facultad, el trabajo, la casa, para finalmente
pagarles la facultad a sus hijos y lograr que continúen el mismo ciclo por
muchas generaciones.
Ciudades de papel aborda temas de la
amistad, el amor y la identidad para plantearnos si vemos en los demás, y en
nosotros mismos, sólo aquello que queremos ver. Individuos como recipientes
herméticos a los cuales les pasan cosas; personas que los dejan, que no los
quieren, que no los entienden y que tristemente se pierden, se fallan y
agrietan como final inevitable.
A pesar de los altibajos rítmicos y
un final inesperado, la obra ganadora del prestigioso premio Edgar, logra
capturar la perspectiva en primera persona de Quentin y utiliza acertadamente
la obsesión para configurar una búsqueda externa e interna dónde el propósito
es descubrirse a uno mismo y descubrir a las personas que nos rodean más allá
de la imagen idealizada que tengamos de ellas.

28 de abril de 2014
Y un día..
La ansiedad y la desesperación sólo iban
a ser sentimientos encontrados, pasajeros, pensó. En menos de una hora todo el
revuelto emocional estaría extinto y por primera vez en su vida iba a tocar el
cielo con las manos. Entonces estiró su cuerpo para palpar la gloria, y en un
intento fallido, casi torpe, sus dedos rozaron los bordes celestiales de lo
irreal. Sintió el placer de lo infinito, de la cabeza a la punta de los pies.
Estaba renaciendo en un mundo que ya
estaba muerto, y la vida, totalmente cínica, segura de sus movimientos, le
ofrecía una ardua revancha. Y ella, con la frente en alto y con el miedo en el
bolsillo aceptó, porque en ese momento no tenía nada que perder.
Se colgó del ensueño, de las expectativas
y de lo que parecía real. Sólo necesitaba atravesar un obstáculo ínfimo para
llegar a su paraíso. El edén que le habían prometido después de tantas idas y
vueltas. Sólo un paso que iba a encaminar su vida de otra manera. Era la
ilusión de sentirse elegida entre tantas personas.
Era una oportunidad única e inexplicable,
casi misericordiosa. Internamente sentía que era un manojo de sentimientos,
angustia, felicidad y sobre todo miedo. Sin embargo, estaba convencida de que
había tomado esa responsabilidad con adultez, con el afán de no defraudar a su
entorno, a la institución, a su familia, a la persona que había apostado por
ella. Era consiente de eso y mucho más, porque a pesar de haber vivido dos
décadas sus ojos estaban bien abiertos y su espalda bien erguida.
Y como por arte de magia la vida ya no
parecía ser una carrera de supervivencia, llena de obstáculos y personajes siniestros,
sino todo lo contrario: Ahora se vislumbraba como una aventura efectiva, llena
de impulsos y riesgos que enfrentar.
Con la garganta seca y casi sin aliento
se agazapó al límite, muy confiada de su suerte. Sólo una patada del destino
podía retorcer esa realidad inigualable. Entonces abrió los labios y exigió lo
que era suyo: La oportunidad de pisar fuerte, de crecer y ser alguien.
Y de un segundo a otro, imperceptible, el
mundo se vino abajo. Lo que era imposible se revirtió y ahora vivía la más
desolante de las pesadillas.
Atrás del mostrador unos labios carmesí
repetían incansablemente que era tarde, que la oportunidad se había ido.
Su pecho en un arrebatado auto reflejo se
hundió, perforando la ilusión que había construido a regañadientes. Ahora no
era más que retazos esparcidos en la inmensidad de la nada.
Dio un paso atrás y la situación le
pareció absurda. Miró a la rubia despampanante que disfrutaba de su miseria y
esperó. Un minuto, dos, tres. Nadie decía nada. Nadie se retractaba ni pedía
disculpas.
Su negación estaba siendo aplastada por
hechos concretos y reales. Un error humano que recaía en ella, y que sin
piedad, había cortado el único hilo de su utopía.
Sintió como sus palpitaciones se
aceleraban e intentó enumerar la secuencia escalofriante. No entendía cómo había
terminado en esa circunstancia.
El entorno parecía impenetrable; las
personas seguían de largo, rebosantes y el mundo no paraba. Su hemisferio
estaba alineado en otro sentido. Un sentido muy ajeno al de ella.
Quedarse en ese lugar era un martirio y
cada minuto abría un nuevo interrogante. Preguntas y supuestos. Nada resulto.
Entonces se dejó caer en el asiento y
reprimió un sollozo infantil. Todas las cartas estaban echadas, postradas sobre
la mesa.
No había fortuna, solo resignación.
9 de abril de 2014
Micaela mira el grabador, después el
techo y las paredes. Con una sonrisa impredecible y un suspiro largo se acomoda
en el sillón. Sigue pensativa, remando en un mar de sentimientos, buscando
alguna manera de contar su historia sin sentirse perturbada. “Son cosas
impredecibles, momentos únicos, personas que pasan por tu vida y dejan retazos,
imborrables. Marcas profundas”. Hace una pausa corta y sonríe “O capaz soy muy
enamoradiza e idealizo demasiado a las personas. Cuando uno carga de
expectativas las cosas tiende a decepcionarse” puntualiza exasperada.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

