Paradójico
es todo lo que esconde una contradicción, es lo inverosímil, lo absurdo, pero
también lo extraño; una realidad que parece verdadera y se contradice sola, que
empuja el sentido común hacia un hueco inhóspito. Es un poderoso estímulo para
la reflexión, ignorado y finalmente desdibujado por la desidia humana. Las
paradojas son las vetas que la rutina esconde para ser olvidadas y que están distribuidas
proporcionalmente a lo largo de toda la ciudad; presentes y enmascaradas por el
velo “inigualable” de la urbanización.
Personas
rebosantes en la noche porteña que disfrutan del ocio o que simplemente
terminan un arduo día laboral, inmutadas de la periferia y atentas a mantener
estable su “espacio vital”. A escasos metros, un grupo de indigentes busca
atención; una moneda suelta, una pequeña contribución que pueda representar un
cambio. De un momento a otro la perspectiva se perturba y los individuos se
plantean una nueva polémica sobre qué hacer en esos casos. ¿Hay circunstancias
en las que conviene dar o simplemente se genera un “mal vicio”? ¿Puede una
práctica habitual volverse perpetúa o una mala costumbre?
Aparentemente
algunos consideran que ese acto representa reafirmar roles, del que da y el que
recibe, y que el problema no se resuelve con proporcionar plata. Cuando se
intenta ayudar, especialmente cuando hay menores involucrados, se percibe
cierta culpa por ser participe o cómplice de su extorsión infantil. A muchos
otros se les cruza la frase “no les des
pescado, enséñales a pescar” y ven como opción más viable dar a
organizaciones que trabajan directamente con ellos. No falta quien afirma que
en esas circunstancias, el gran porcentaje de “solidarios” sólo utilizan la
ocasión para lavar culpas y la propia conciencia.
Sin
embargo, es complicado trazar una línea y ser inflexible con el “cuando sí o
cuando no”. Más allá de los casos particulares, es más aberrante notar que esa apatía
e indiferencia se traslada a todos los ámbitos de la vida; un estado afectivo
neutral con un “radio visual” que se limita a los propios pies.
Este
error básico de la mente conduce a una anestesia afectiva, frialdad emocional y
una actitud neurótica; consecuencias del posible temor que implica involucrarse
con un tercero: ser menospreciado, desconsiderado, herido o prejuzgado.
Lamentablemente,
quienes incorporen está ceguera a su personalidad nunca podrán medir las
necesidades de sus pares y/o semejantes; se mantendrán al margen y permanecerán
inactivos con un argumento alborotado de excusas.
En
definitiva la peor situación no es el odio, el rencor o la ira, sino la
nulidad, el hablar por hablar, el estar rodeado de personas que no prestan
atención, y que finalmente, mueren en su propia percepción del mundo.
