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28 de abril de 2014

Y un día..

La ansiedad y la desesperación sólo iban a ser sentimientos encontrados, pasajeros, pensó. En menos de una hora todo el revuelto emocional estaría extinto y por primera vez en su vida iba a tocar el cielo con las manos. Entonces estiró su cuerpo para palpar la gloria, y en un intento fallido, casi torpe, sus dedos rozaron los bordes celestiales de lo irreal. Sintió el placer de lo infinito, de la cabeza a la punta de los pies.
Estaba renaciendo en un mundo que ya estaba muerto, y la vida, totalmente cínica, segura de sus movimientos, le ofrecía una ardua revancha. Y ella, con la frente en alto y con el miedo en el bolsillo aceptó, porque en ese momento no tenía nada que perder.
Se colgó del ensueño, de las expectativas y de lo que parecía real. Sólo necesitaba atravesar un obstáculo ínfimo para llegar a su paraíso. El edén que le habían prometido después de tantas idas y vueltas. Sólo un paso que iba a encaminar su vida de otra manera. Era la ilusión de sentirse elegida entre tantas personas.
Era una oportunidad única e inexplicable, casi misericordiosa. Internamente sentía que era un manojo de sentimientos, angustia, felicidad y sobre todo miedo. Sin embargo, estaba convencida de que había tomado esa responsabilidad con adultez, con el afán de no defraudar a su entorno, a la institución, a su familia, a la persona que había apostado por ella. Era consiente de eso y mucho más, porque a pesar de haber vivido dos décadas sus ojos estaban bien abiertos y su espalda bien erguida.
Y como por arte de magia la vida ya no parecía ser una carrera de supervivencia, llena de obstáculos y personajes siniestros, sino todo lo contrario: Ahora se vislumbraba como una aventura efectiva, llena de impulsos y riesgos que enfrentar.
Con la garganta seca y casi sin aliento se agazapó al límite, muy confiada de su suerte. Sólo una patada del destino podía retorcer esa realidad inigualable. Entonces abrió los labios y exigió lo que era suyo: La oportunidad de pisar fuerte, de crecer y ser alguien.
Y de un segundo a otro, imperceptible, el mundo se vino abajo. Lo que era imposible se revirtió y ahora vivía la más desolante de las pesadillas.
Atrás del mostrador unos labios carmesí repetían incansablemente que era tarde, que la oportunidad se había ido.
Su pecho en un arrebatado auto reflejo se hundió, perforando la ilusión que había construido a regañadientes. Ahora no era más que retazos esparcidos en la inmensidad de la nada.
Dio un paso atrás y la situación le pareció absurda. Miró a la rubia despampanante que disfrutaba de su miseria y esperó. Un minuto, dos, tres. Nadie decía nada. Nadie se retractaba ni pedía disculpas.
Su negación estaba siendo aplastada por hechos concretos y reales. Un error humano que recaía en ella, y que sin piedad, había cortado el único hilo de su utopía.
Sintió como sus palpitaciones se aceleraban e intentó enumerar la secuencia escalofriante. No entendía cómo había terminado en esa circunstancia.
El entorno parecía impenetrable; las personas seguían de largo, rebosantes y el mundo no paraba. Su hemisferio estaba alineado en otro sentido. Un sentido muy ajeno al de ella.
Quedarse en ese lugar era un martirio y cada minuto abría un nuevo interrogante. Preguntas y supuestos. Nada resulto.
Entonces se dejó caer en el asiento y reprimió un sollozo infantil. Todas las cartas estaban echadas, postradas sobre la mesa.
No había fortuna, solo resignación.  



9 de abril de 2014

           Micaela mira el grabador, después el techo y las paredes. Con una sonrisa impredecible y un suspiro largo se acomoda en el sillón. Sigue pensativa, remando en un mar de sentimientos, buscando alguna manera de contar su historia sin sentirse perturbada. “Son cosas impredecibles, momentos únicos, personas que pasan por tu vida y dejan retazos, imborrables. Marcas profundas”. Hace una pausa corta y sonríe “O capaz soy muy enamoradiza e idealizo demasiado a las personas. Cuando uno carga de expectativas las cosas tiende a decepcionarse” puntualiza exasperada.