Cuando Olga Lengyel recapituló su vida, y miró hacia atrás, anheló fervientemente desechar todos los recuerdos del infierno que tuvo que padecer. Al revolver sus memorias personales intentó cumplir su único mandato: honrar a sus compañeros caídos, quienes habían sido empujados hacia los mantos de la muerte.
Esta víctima que sobrevivió a las crueldades del gobierno nazi en 1947 reunió documentación y ordenó sus recuerdos para escribir “Los hornos de Hitler”, que servirían como testimonios para la sentencia de Irma Grese, una de las más crueles y famosas criminales de la historia, quien sería ejecutada el 13 de diciembre de 1945 bajo leyes británicas.
Ni los años ni la fatiga pudieron borrar los detalles, las voces y los llantos. Los rostros desconcertados y resignados. Cada vez que recordaba sus días en el campo de concentración un escalofrío indescriptible recorría su espalda.
En la primavera de 1943 el doctor Lengyel había sido citado por una junta militar para prestar servicios en Alemania. Sin muchas explicaciones fue retenido en la estación de policías junto con otros hombres. Olga sabía que no podía volver a su antigua vida, pero la separación sería mucho peor e instantáneamente tomó una decisión fatal: preguntó a las autoridades alemanas si toda la familia podía acompañarlo. Con incredulidad el oficial de la SS afirmó que no tenía ningún inconveniente, que ella y todos los integrantes eran “más que bienvenidos”. <<No había nada que temer>>.
La desesperación por encontrarse con su marido había nublado su juicio. En ese momento no había engaños ni traiciones, sólo incredulidad.
De pronto, había caído en la cuenta de que la estación estaba rodeada por centenares de soldados. La escena adquirió carácter de pesadilla: En las vías esperaba un tren interminable que no estaba formado por coches para pasajeros, sino vagones para ganado. Las miradas se entrecruzaban, silenciosas, aterradas e indiferentes. En aquel momento las protestas eran inútiles. Los soldados se fueron acercando, empujando a la multitud como ovejas. La única puerta del vagón se cerró y un estruendo de gritos y llantos sucumbieron la “tranquilidad”.
El tren comenzó a moverse a un destino incierto, a un mundo desconocido. Las horas pesadas como hierros eran interminables. Toda la fuerza de la naturaleza se había predispuesto en contra. No había escapatoria.
La situación se tornó intolerable. Hombres, mujeres y niños se disputaban histéricamente cada pulgada cuadrada de terreno. Cuando cayó la noche se perdió toda idea de comportamiento humano y el vagón se convirtió en un verdadero infierno.
Las mentes mas “serenas” intentaron imponerse para mantener el orden y la moral del grupo, algo extremadamente imposible ya que todos estaban al borde del colapso y la desesperación. Con el pasar de los días aquel ambiente se había convertido en un matadero, un foco de infecciones y enfermedades.
Al terminar el séptimo día, el tren de la muerte se detuvo. Rodeados de agonía, en un mundo desértico, lúgubre, caótico, en donde sólo predominaban rocas, polvo, alambres de púas, perros feroces, guardias amenazantes y hectáreas tras hectáreas de barracas oscuras extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
El tren había descargado a cuatro o cinco mil pasajeros, todos tan perplejos y consternados como aquella muchacha rumana. Los treinta hombres de la SS empezaron una rigurosa selección: Aquellos que iban a ser sacrificados, para después ser enviados a los crematorios (cosa que era impensada hasta ese momento), en su mayoría ancianos, enfermos y niños menores de doce años, todos imposibilitados de brindar un servicio “eficiente”. En un intento protector, Olga se impuso ante uno de los guardias.
- A mi madre le gustaría quedarse con los niños- dijo.
- Muy bien -accedió- Todos van a estar en el mismo campo... Y al cabo de unas semanas volverán a reunirse... -añadió cínico. Con una sonrisa de oreja a oreja-
El único intento de aferrarse a su familia había resultado en vano: A partir de ese momento no volvería a verlos de nuevo.
Gritos desesperados, llantos
frenéticos y voces ínfimas que clamaban a sus familiares. Voces que serían eco
en la vida de Lengyel. Al caer la noche, desfalleciente de hambre, pero sin
comida a la vista, en una “habitación llena de desconocidos, se quedó dormida, casi
de inmediato. El sueño fue un alivio casi misericordioso.
Demasiado pronto, las luces se encendieron. Aunque afuera estaba oscuro, los guardias golpearon con sus bastones las literas, exclamando “¡Steh auf, Steh auf!” (Levántense, levántense). Iban a realizar otra “selección periódica” para mandar a nuevas victimas a los crematorios. Todo el mundo tenía que presentarse a la formación, aunque estuviesen enfermos: No había excepción, ni siquiera para los muertos.
Demasiado pronto, las luces se encendieron. Aunque afuera estaba oscuro, los guardias golpearon con sus bastones las literas, exclamando “¡Steh auf, Steh auf!” (Levántense, levántense). Iban a realizar otra “selección periódica” para mandar a nuevas victimas a los crematorios. Todo el mundo tenía que presentarse a la formación, aunque estuviesen enfermos: No había excepción, ni siquiera para los muertos.
Contaban y recontaban, una y otra
vez, hasta que llegaron los “superiores”. En ese lapso todas se preguntaron
¿Por qué estaban libradas a la muerte? Y la respuesta en la mayoría de los
casos era nula. La incertidumbre avasallante
carcomía cualquier juicio sano. La mayor parte de las internadas de Auschwitz
se resignaban a su suerte y contaban sus días con una filosofía sumamente
sencilla: los alemanes las habían atrapado porque tenían mala suerte, en tanto
que otras seguían todavía en sus casas, gozando de libertad, porque habían
tenido buena suerte.
Antes de conocer a los supervisores
de la SS, Olga ya
había oído hablar sobre el doctor Mengerle e Irme Grese, ambos considerados
como amos del campo. Esta última
apodada como “la bestia bella”; “el ángel de la muerte”, “la perra de Belsen”
era supervisora en Auschwitz, Belsen y Ravensbrück. Un engendro
que nació el 7 de octubre de 1923 en Wrechen (Alemania). Poseía una belleza física
indescriptible que escondía la faceta más siniestra de su personalidad. En 1942
se presentó como voluntaria y en 1943 fue asignada como guardia femenina... Al
poco tiempo fue ascendida a supervisora y se convirtió en la segunda mujer con
más alto rango en el campamento.
Después de largas horas de espera y
sufrimiento, Irma Grese, se adelantó hacía las prisioneras con un andar
ondulante y riguroso. Los ojos de centenares de mujeres desventuradas, mudas e
inmóviles, se clavaron en ella. Era de estatura mediana, vestía un uniforme
sombrío y su peinado estaba impecablemente arreglado. El terror mortal
inspirado por su presencia la complacía, la deleitaba. Sin lugar a duda, esa
mujer de veintidós años carecía en absoluto de entrañas. Con mano segura escogía
a sus víctimas, no sólo de entre las sanas, sino también enfermas, débiles e
incapacitadas. Sin pudor manejaba con libertad su látigo y sacudía fustazos
adonde se le antojaba. Probablemente lo más escalofriante de todo era el placer
que se pintaba en el rostro cuando las mordidas de los perros recaían sobre
algunas prisioneras desnutridas que apenas podían defenderse y que eran
despedazadas vivas por los animales.
La mañana del 17 de enero de 1945 aparecieron tropas de las SS con intenciones de secuestrar la mayor cantidad de documentación registrada en esos años. En menos de una hora todos los papeles estaban amontonados en el suelo, formando una verdadera montaña. Entonces llegó un soldado e incinero los documentos a toda prisa.
La mañana del 17 de enero de 1945 aparecieron tropas de las SS con intenciones de secuestrar la mayor cantidad de documentación registrada en esos años. En menos de una hora todos los papeles estaban amontonados en el suelo, formando una verdadera montaña. Entonces llegó un soldado e incinero los documentos a toda prisa.
Al cabo de unas horas corrieron
rápidamente los rumores de que iban a evacuar el campo. Una muchedumbre de
prisioneras se apretaba contra las alambradas de púas que separaban el campo de
hombres y el de mujeres. Eran los maridos, los novios, los amigos que se despedían
porque no sabían si volverían a verse jamás. Todos tenían algo que decir. En
algunos casos se comunicaban a gritos direcciones donde podrían encontrarse una
vez acabada la guerra.
De un momento a otro las puertas del campo se abrieron y columnas de prisioneros se empezaron a movilizar. Después de haber recorrido unos cuantos kilómetros Olga se encontró con la carretera.
Dio media vuelta para ver por última vez Auschwitz. Recordó aquella tarde en que, rodeada de sus seres queridos, había llegado a ese lugar. En donde todo estaba sumergido en la más profundas de las tinieblas, y sólo las cenizas incandescentes de los documentos quemados proyectaban una luz sobre las barrancas, tan tenue que se perdía en el horizonte.
Pensó en sus padres, en sus hijos y en su marido; en el dolor y en el remordimiento que no la habían abandonado ni un momento.
Y en ese instante supo con extrema exactitud que todas esas muertes no serían en vano. De alguna u otra manera haría pagar a los responsables.
De un momento a otro las puertas del campo se abrieron y columnas de prisioneros se empezaron a movilizar. Después de haber recorrido unos cuantos kilómetros Olga se encontró con la carretera.
Dio media vuelta para ver por última vez Auschwitz. Recordó aquella tarde en que, rodeada de sus seres queridos, había llegado a ese lugar. En donde todo estaba sumergido en la más profundas de las tinieblas, y sólo las cenizas incandescentes de los documentos quemados proyectaban una luz sobre las barrancas, tan tenue que se perdía en el horizonte.
Pensó en sus padres, en sus hijos y en su marido; en el dolor y en el remordimiento que no la habían abandonado ni un momento.
Y en ese instante supo con extrema exactitud que todas esas muertes no serían en vano. De alguna u otra manera haría pagar a los responsables.
