Me dolió la valentía.
Me dolió la duda.
Me
dolió verme enfrentada a una exigencia ínfima y que rompía toda (mi) la
estructura. La hoja, la circunstancia, la imperiosa necesidad de ser
otra. El vomito del alma. Me dolió hasta los huesos (juro que me dolió).
Ese desafío que uno está esperando para hacer «algo» que nunca pensó
hacer. La boludez de romper. La boludez de soltar (floja boludez eh). Y
ahí, temblando, mirando las letras como quien mira a su peor enemigo (y
quizá a uno mismo), adosé la punta de mis dedos al papel y el tacto me
dejó humana. Y ahí, temblando y una voz en el fondo de mi cabeza
gritando que estaba «haciendo una locura» (¿para tanto?). Arranqué. Me
arranqué. Y la lentitud del movimiento me dejó pálida. Perpleja.
Enfrentada. Llena de analogías; los libros y mi relación de respeto; la
vida y mi actitud políticamente correcta. Prescindible. Pequeño fetiche.
Me arranqué.
Me
miré y si, la cara fue de vergüenza, no por lo que hice, sino por las
vueltas que di. Calesita traicionera. Pucha. Es verdad, si el libro es
bueno se mete adentro tuyo (y cómo duele!), te descoloca, te deja en
jaque, minúsculo, te transforma en un don-nadie.
Me llora la consciencia, el irremediable despertar, este balde de agua fría.
Me
llora esta «cuota de lo inesperado en la absurda cotidianidad». Los
libros son revelaciones. Mundos a-parte que literalmente te parten.
Son y te dejan ser. Te habilitan a saltar sobre las palabras.
Qué liberación.