♦

25 de enero de 2018

Alarma!



Señales, mensajes, recordatorios y alarmas. Estamos rodeados de esas energías vibrantes y lapsos estelares que nos dicen cosas. Hablan en el silencio. Hablan en la casualidad y denotan cosas importantes. Mirá(te) los pies, mirá quién sos, mirá de dónde venís y hacia dónde vas.
De tanto en tanto las escucho y muchas otras veces las ignoro. Debe ser por el miedo o por las palpitaciones que me agarran cuando me doy cuenta de la automaticidad que destilo, ese aire de duda que tiene olor a podredumbre-humana. Como si sentir que el mundo se “pone de cabezas” fuese algo terriblemente malo. Me vibra el cerebro, me hace ruido, todo me resulta incongruente (las decisiones que tomo e incluso las palabras que digo).

Y de repente me encuentro pensando que estoy pensando y se arma un malabarismo de ideas tan descomunal que hasta el Cirque Du Soleil estaría encantado de contratarme. El punto es que, a lo largo de estos meses-semanas-vida, me di cuenta que no hay peor sendero que el de uno mismo. Mejor dicho y, me retracto, no hay peor enemigo que el “propio andar”, no hay peor enemigo que ese fanático del auto-boicot en el que a veces te convertís. El tercero-ajeno es anecdótico, su maldad es un poroto inservible para lo que de verdad estás construyendo (tu <gran yo>). Porque de última, si te quiere embaucar o busca la manera de frenarte, el que le da entidad sos vos.

En primer lugar sí, tengo muchos lapsos reveladores, a veces más obvios de lo que uno pretende y que también me hacen sentir una-re-boluda, porque es bastante sencillo darse cuenta (o no) pero mucho más complicado darle un verdadero parate. Más allá de eso (que resulta ser otro enrosque y  ramificación Belenística, ¡eureka!) me parece lindo recordar y no pasar por alto esos zumbidos furtivos. A mí me llegó uno ayer en forma de video, era un discurso de un señor que resaltaba el pánico de convertir su gran YO (la escritura) en una actividad que sólo le retribuyera plata y cuotas de presión. Me trastocó y me dejó pensando en esa y otras tantas cosas, como el valor de sobrepasar los límites de lo posible, auto-soltarse para disfrutar el viaje y el reconocimiento de los errores (y/o fracasos) como sinónimo de un gran “estás haciendo”. Amar lo incierto con todas sus matices, con la capacidad de auto-preguntarse ¿Dónde está la gracia de hacer algo que ya sabemos que va a funcionar? Parece un mensaje de auto-ayuda, un coaching motivacional, una pelotudez, en el fondo yo lo llamo “eso que hace eco”. Señales importantes. Palabras que te llevan a motorizar –accionar- la vida. Mi alimento para el alma.