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18 de septiembre de 2017

Carta a una hermana, carta a la vida

Vuelvo al vicio recurrente, que flaquea entre aceptación y nostalgia; vuelvo al vicio de hurgar sobre momentos eternizados como golpe en seco. Una risa, un baile, una anécdota, ese viaje fugaz, la escapada, el crecimiento. Una palabra que se concatena con otra, destinadas a ser o a encontrarse. La hermandad del simbolismo lingüístico, que establece una relación con el mundo concreto (aunque este muy lejos de alcanzarlo) y este engranaje que me atraviesa. Vuelvo porque vale la pena, porque hoy (18 de septiembre) se abre una bifurcación en nuestro camino. Y por eso quise rememorar todo eso que fuimos, lo que hicimos, lo que escuchamos y lidiamos; todas esas rutas momentáneas o permanentes; los sentimientos que dejamos a flor de piel, los corazones entregados, el llanto partido al medio, el silencio, las impotencias, los vuelcos abruptos, los sincericidios, las noches que miramos todo lo ordinario como un regalo divino, las charlas presenciales o virtuales que saltaban de Platón a una nota bizarra sobre la convención de emojis (y con ella nuestros anhelos de formar parte), los replanteamientos sobre las cosas que nos pasaban (y nos van a seguir pasando), los porqué impotentes, las preguntas sin respuestas o las teorías reformuladas para dar lugar a un sentido que capaz sólo nosotras entendemos (un mensaje críptico). Un ejercicio exhaustivo que “no lleva a ningún lado”, porque la practicidad exige otra cosa (ese famoso rendimiento al cual estamos sometidas). Muchas veces me imaginé a los otros pensando “que al pedo ser vos” y otras tantas efectivamente me acusaron de “complicada”. Comentarios que me dejaron sin cuidado o que me hicieron sentir un poco descolocada. Me replanteé y acosé a mi círculo más cercano; todo un estudio de campo para dictaminar que al final es más feliz el mediocre que se revuelca en su zona de confort (porque en definitiva no conoce otra cosa). Buscarle la quinta pata al gato está pasado de moda y sospecho que sigue siendo algo retrogrado, pero a mí no me gustan las cosas dadas, aunque las tenga que aceptar y moverme con esa estructura. Paradójica (al palo) por querer romper las cuatro paredes y al mismo tiempo darme el lujo de abrazarlas. ¿Será que está en nuestra naturaleza ser duales? La diferencia radica en nuestra aceptación de “eso” que hace ruido: NO, quiero otra cosa. Llamalo expectativas, llamalo pelotudez, PUF, que lindo tenerlas e idearlas (sino ¿cómo te moves a la utopía? Los pasos los quiero dar). De nuestra queja quiere nacer la acción, de esta incongruencia construimos un universo de posibilidades. Así que tomo todo, esa línea cronológica que sólo está pasmada en el abismo de la nube, para repuntar este día clave. La puerta está acá, la estamos golpeando. Y si no es esto, será aquello. Vinimos al mundo para ensordecer de colores, para llegar a eso que nos mueve de miedo: lo desconocido. Después de muchas noches colmadas de añoranzas y lapsos oníricos, un 18 de septiembre tenemos la oportunidad de dar el primer paso a todo eso nuevo. Hoy pataleamos la existencia y nos llevamos todo por delante.
Cruzamos los dedos y tiramos (muertas de miedo y atestadas de preguntas), pero avanzamos.