Ayer, mientras nos quedamos mirando lo «inmenso» (eso que está escondido en lo ordinario), nos abatió una ola de incertidumbre. Preguntas agazapadas, una tras otra, como golpes metafísicos. «Estoy ahí, al borde de lo nuevo y no sé...». Después una mueca y el silencio sepulcral de la noche. Del otro lado, un agujero negro y el vértigo inmanejable (de estar vivo). Al final, una sentencia inamovible «tenés que saltar..»