Ser consciente de los errores humanos; sentirlos, atravesarlos y finalmente arrepentirse toda la vida. Estuve días eternos replanteándome lo que
hice y cómo lo hice. Las palabras que guardé y las que dije de más.
Mucho tiempo castigando la timidez, esa que limitaba lo que realmente sentía. Hoy respondo más a
los impulsos, a decir (a veces sin pelos en la lengua) lo que me
traspasa o me parece injusto. Uno no quiere arrastrar la misma piedra ni
muchos menos refregarse contra ella. Un día cerré la boca, pero ahora
me aseguro de modular bien las palabras. Claridad que no de lugar a
dudas. Tuve que transitar caminos de cuestionamiento absoluto. Planteos personales (y a veces ajenos) para encontrar la paz. Pero es mentira si digo que me afiancé con ella, porque todavía reñimos, ofuscadas. Nos desencontramos, después nos chocamos frente a frente. Salta de etapa en etapa con pocas intenciones de ser pasiva. La entiendo. Así como el bien se nutre del mal, la tranquilidad requiere de tormentos, necesarios para tener “un golpe de horno”; ayudarnos a dar el famoso “clic”. ¿Cómo si fuese tan sencillo, no? Como si de la noche a la mañana un botón se activara solo: “Ah, era por eso”. No, no es tan mágico. Me callé y pagué (creo) el karma de la inocencia. Mujer terca ¿No? ¿A quién le recriminas? ¿A una nena de catorce años? ¿A una loca que sabía poco de la vida? ¿Cómo ibas a saber cuando decir las palabras justas? Si incluso ocho años después y con experiencias atravesadas te quedas sin habla. Es así. A veces nos exigimos más de lo que podemos dar. Le imploré a cualquier divinidad el perdón cuando en realidad estaba en mis manos. ¿Quién te va a devolver la quietud? ¿Un extraño? ¿Quién te tiene que palmear el hombro con aprobación? Nadie, porque el único que podía darme las palabras exactas no estaba. “No Belén, yo te quiero igual. A pesar de tu testarudez, de tus errores”. Mentira. Estaba tan cegada a tener que escucharlo (a esa voz tan característica y grave) que no me di cuenta que era un acuerdo tácito entre los dos; no importa cuanto uno se equivoque, el amor de un padre es eterno. Cosa que me aclaraste una vez en sueños, si, una instancia irreal. Creo que es lo único que me sigue haciendo ruido, saber que te fuiste tan rápido, tan pero tan rápido, que no me diste tiempo de “crecer”. Viejo, pará. Dejame ver la vida, chocarme con todo. Dame la oportunidad de tomar un mate con vos. Mostrarte esta parte que se forjó, esto, lo que pienso, lo que reflexiono, como me siento. Mi nueva esencia. Mirame, ocho años después, renegando con gente en el trabajo, aprobando materias y dando mis primeros pasos. Mirame, encontrando gente hermosa y sufriendo por personalidades despreciables. Mirame viejo, mira como crezco. Mira como crece Maxi, como desplegamos nuestras alas. Fijate como me atravesó la adultez sin pedirlo, como la remamos cada día, y en consecuencia, lo que aprendemos. Mirá que linda es la vida, viejo. ¿Eso me querías mostrar? ¿Por eso vivías sonriendo? Y yo tan amargada, tan niña. Tan negada a las muestras de afecto. Qué boba, huyendo del cariño, si es lo más hermoso del mundo… Pero es así, uno no entiende esas cosas cuando apenas cruza el umbral de la adolescencia. Que iba a saber que la vida es tan única e irrepetible. Quién iba a saber, a esa edad, que al final del día sólo importa una risa, un abrazo, el te quiero, una pequeña muestra de afecto. Eras (y serás eternamente) un sabio rodeado de ciegos. Un corazón que sólo daba amor y que nunca apuntaba con el dedo. No, nunca juzgaste ni pasaste factura. Lo que diste, lo diste de más, hasta lo que no tenías. Por algo encontraste un alma gemela, que te complementó y ahora sigue tu pequeño legado. Que da, a pesar de los palos, aunque del otro reciba muy poco. Que da y se merece el mundo entero. Dame el changüí de que sea eterna, porque no es sólo madre, sino compañera, amiga y confidente. En este último tiempo aprendimos a llevar muchas cosas adelante. Qué responsabilidad viejo ¿Así se sentía? ¿Todo eso hacías solo? Cuentas, equilibrio, educación y amor de más. ¿Cómo no admirarte? ¿Cómo no sentir orgullo? Se me desborda el alma… y se me desbordó, sólo que no te lo dije. Ahora sólo es algo tácito y lo entendes (o lo supiste en su momento). Sé que me abrazas el alma en cada paso y que sos un santo, no de estampita, sino de terreno. Estés donde estés, sé que estás pendiente, porque cuando una soga nos aprieta, vos la aflojas. Desatanudos. ¿Por eso eras tan devoto, no? Ahora entiendo muchas cosas y también me faltan otras mil por entender, pero así es el camino. Me siento fascinada por lo que viví y lo que puedo llegar a recorrer. Gracias por darme la oportunidad de emprender este viaje, estoy segura que recién empieza...