Accedí. Accedí porque me trajeron engañado, o quizá no.
Quizá fue mi subconsciente que me advirtió que era hora de crecer, pero ahora
no quiero saber nada. No escucho la voz que me acompaña, esa voz gruesa y
embaucadora que intenta distraerme. Intento descifrar qué me dice, pero mi oído
esta pendiente al golpe persistente de la puerta, a las hojas que acomodan y
desacomodan solas, al teléfono que no para de sonar y principalmente al
parloteo aniquilante de dos señoras que me miran de reojo.
Murmuran sin pudor “la vestimenta inapropiada” de la
muchacha que se ubica a tres asientos de distancia, ella no las escucha o sí,
pero prefiere interiorizarse en la revista que sujeta rígidamente. De un tema
al otro, saltando sin filtro ni pausa, sin ton ni son; del conflicto interno
que hay en su edificio al exuberante precio de la obra social. Me las imagino
en un ring, batiéndose a duelo, con las lenguas afiladas, los labiales
pronunciados y el entrecejo arrugado. Golpeando con frases cortas, largas,
rebuscadas o clichés de la edad.
Repugnan al oído, pero a la vez causan ternura o un
sentimiento parecido al de admiración, pero no llega a ser eso. Son
impenetrables porque pueden comentar lo que sea, de quién sea, sin caer bajo el
juicio de un dedo acusador. Es su naturaleza y nadie va a discutir una norma
general; señora mayor equivale a lingotes de paciencia. Todos lo piensan, nadie
lo dice, como esas cosas tácitas que cortan el aire, pero están ahí,
carcomiendo la cabeza.
Una voz hace eco. Pronuncia un apellido al final del
pasillo. Una de las señoras se levanta triunfal y eso me da a entender que no falta
mucho. Tres personas o dos. ¿Y si soy el siguiente? Realmente perdí la cuenta,
porque mi mente divaga en cosas insulsas para no darle vueltas al asunto. Un
autoengaño.
Es una injusticia… pero también es cierto que me lo había
buscado. Invertir la plata que me habían dado en caramelos masticables, tarde o
temprano iba a traer sus consecuencias. Ahora las estoy pagando. La racha
perfecta arruinada por el deseo goloso de estrujar mis molares en pasta
artificial. No tengo cura.
La aguja superior marcha una carrera silenciosa,
avergonzada de tantos ojos que la acosan. Avanza como escapándose, pero no sabe
que solo esta pisándose los talones. Parece que va a los piques, pero al mismo
tiempo se burla de nosotros aminorando el paso. Quiero explicarle a mi papá que
no importa cuántas veces la mire, las cosas del otro lado van a seguir
estáticas; explicarle que no estamos automatizados ni condicionados a ella.
Su compañera es más lenta, se toma su tiempo, esta como
dormida. Quizá se siente abrumada por la otra, que es mucho más alta, ágil y se
lleva toda la atención. Pero no importa, la entiendo y me compadezco. A veces
no es fácil ser el más chiquito, te pasan por arriba con muchas vueltas, una y
otra vez. Uno no puede decir mucho.
Se
cruza una pierna, después cambia, mira a un costado, después a otro. Sigo sus
ritmos armoniosos y sistemáticos. De un momento a otro me encuentro haciendo lo
mismo, sintiéndome un poco más grande de lo que soy. Me asusto y
automáticamente me desparramo en la silla, queriendo aparentar que no me
importa estar esperando, pero si, me molesta y ya siento mis palpitaciones, la
desesperación por estar mirando la misma pared hace más de una hora.
Y ahora
me acuerdo porqué accedí. Accedí porque iba a ser un “tramite rápido”, porque
en un cerrar y abrir de ojos se iba a solucionar el taladro que me tortura al
masticar cualquier cosa. Me engañaron, una vez más. Ahora cierro y abro los ojos
como un chiquilín, esperando que pase eso, que se solucione todo, pero no. Sigo
ahí, en la misma posición, inquietándome cada vez más. Apoyándome en un brazo,
después en otro, refunfuñando porque ya nada me parece cómodo.
Sale la
señora robusta y ya no tiene el aire triunfal de hace un rato. Está mas
avejentada, con los ojos caídos y la cara más regordeta que antes. Su amiga,
cómplice de conventillo la mira igual de alarmada, le murmura algo, pero no se
le entiende nada. Parece que carga una papa en la boca y la otra niega con la
cabeza. Se van, ahora con un andar derrotado.
Estoy
más ansioso y le repito que en realidad “no me duele mucho”, que es sólo una
molestia. Mi papá se ríe y no me responde nada. Insisto una vez más, terco y me
dice “que no le tome el pelo”. Mi voz suena a suplica, porque se acerca mi hora
y nada funciona.
La
puerta se abre una vez más y estoy entregado. Me acorrala la responsabilidad de
ser un hombre, pero no es mi turno. Llaman a otra persona y no sé si eso me
alivia o me perturba. Se para una mujer con aire risueño e intenta convencer
a una nena que esta igual de negada. Todos la miramos porque empieza a hacer un
berrinche, llora y se aferra a la silla. La quiero ayudar, decirle que no es
tan grave, pero ni yo me lo creo. Así que prefiero quedarme callado. Al final la
arrastra y se pierde en el pasillo. Todos siguen inmutables, como si no hubiese
pasado nada, pero yo me encuentro más alarmado.
Al lado
mío sólo escucho que reniegan el doble; “que nos tocaba a nosotros, que llegamos
tarde a no se dónde”. Finalmente se articula mi apellido, con esa voz temida y
carrasposa. Me da la sensación de que rebota contra las pareces blanquecinas,
pero nadie más la ataja. Me niego, avanzo y me vuelvo a negar. Levanto el pecho
y termino cediendo porque sé que es la única salida.