Generalmente
busco transmitir mis experiencias a través de palabras rebuscadas. Sinónimos
narcisistas o cerrados. Quizás en un intento de ser eternamente indescifrable o
revolcarme en mi propio dialecto apocalíptico. Y
esa catarsis obsesiva (que también marca mi estilo literario) es desgastante y
autoexigente. Muy fiel a mi persona. Justificar lo injustificable, encontrarle
una razón a lo que simplemente es.
Gracias a
determinadas circunstancias percibí que deposito puntos suspensivos en donde
sólo corresponde un punto final. No porque algo este resuelto, sino porque hay
capítulos que merecen ser cerrados. Historias que nos corroen o nos hacen mirar
atrás. Y una amiga me enseñó que el ser humano tiende a construir el futuro con
proyecciones del pasado, un error garrafal.
Escaparse
de vez en cuando de la realidad no es un acto cobarde, sino reflexivo. Ese
recorte nos marca como actuar, qué decir y cómo vivir. Ni siquiera me atrevo a
llamar “realidad” a una costumbre que varía en cada individuo. Sencillamente
son modos de encarar la rutina. Ni buenos ni malos.
Por
diversos motivos, mi cabeza adoptó un modo automático o piloto. Un estilo de
vida bastante mediocre: sobrevivir. Aceptar que las cosas se hacen de una
manera porque sí, con una estructura o un esquema diagramado. Como si todo
(oportunidades, desgracias, decisiones, perdidas) estuviera determinado desde
el minuto cero. Aceptar y seguir. Sin discusión. Una marioneta que dispone sus
hilos a la mismísima nada.
Mi
subconsciente me alertó continuamente que estaba perdiendo el camino, incluso
mi propia esencia. No sólo estaba viviendo por vivir, sino que perdía mi eje
personal. No me interesaba saber quién era (o quén podía llegar a ser), porque
sencillamente no tenía el derecho o la fuerza para descubrirlo.
Lo tomé
como una etapa de transición, pasajera, que sola llega y se va. Sin embargo, no
me percaté que yo misma había construido ese infierno y que, no sólo no se iba a
ir, sino que lo estaba alimentando. Engordando una realidad corrosiva.
Me pregunté
mil veces como salir de ese laberinto que había construido. El cielo era la
solución, pero me hacia cada vez más chiquita y las paredes más prominentes. En
resumen, sabía que quería salir de esa mediocridad (que había algo mejor), pero
no tenía la fuerza.
Escuché a
lo largo de los años que era una guerrera; una luchadora hasta los huesos, pero
nunca tuve la certeza que sea así. Como suelo repetir, todos tenemos la misma
voluntad, pero a veces más ofuscada o dañada por diversas circunstancias.
En lo
personal aprendí a recibir los golpes y aminorarlos. No porque quisiera ser una
mártir (si algo odio en la vida es la lastima ajena), sino por costumbre. Es
como la frase “una vez que sentís un dolor tan grande, los otros dolores son
secundarios”. Pero también en estos días me enseñaron que decir “estoy
acostumbrada” es un vicio dañino, porque uno asume que sufrir está bien, que
uno se merece lo malo, lo que sobra, y no, no es así.
Uno tiene
que tomar el dolor y redescubrirlo (no acumularlo en un pozo) porque tarde o
temprano corremos el riesgo de explotar (de múltiples formas).
Lo que
pasó, pasó. No pienso retroalimentarme del pasado. Conocí personas que
potenciaron mis mejores aristas y otros individuos que sencillamente disfrutaron
menoscabar mi cabeza; que prometieron utopías, mil soluciones, y sólo me
regalaron dolor. Pero asumí (duramente) que la culpa fue exclusivamente mía por
permitir que me afectara.
Hoy soy
otra persona, que se alegra de lo vivido, pero no se nutre de eso. Qué recuerda
cada gajo, cada dolor, para salir adelante. Rozo la más pura de las
imperfecciones, y en el fondo me encanta, porque me permite tener metas y
soldar quién quiero ser. Sí tuviera las cosas resueltas sería muy aburrido.
Tengo una marca
de por vida que me recuerda una cosa: Redescubrirse. La búsqueda del eterno
aprendizaje, el desapego a
situaciones que nos alejan de nuestro centro común (bienestar).
Ser niñez,
madurez y vejez, y al mismo tiempo, pasado, presente y futuro. Mente, cuerpo y alma.
Hoy tengo la certeza que muero, pero que
también vuelvo a renacer.
